Una boda para salvar a las Romanov

La obsesión de Nicolás y Alejandra por aislar y mantener a su lado a sus cuatro hijas frenó los matrimonios que hubieran servido para librarse del asesinato que en 1918 borró del mapa a la familia del último zar de Rusia

31.01.2016 | 04:40

"En 1914 no había princesas reales casaderas más ricas y deseables que Olga y Tatiana Romanov", cuenta la investigadora inglesa Helen Rappaport. Ambas, junto con sus dos hermanas pequeñas, María y Anastasia, eran a principios del siglo XX uno de los principales focos de atención de la sociedad europea y también estadounidense tanto por sus misteriosas vidas aisladas en la decadente corte de los zares como por su valor político.

Estaban llamadas a casarse con los jóvenes herederos de la realeza para perpetuar la tradicional alianza de matrimonios de la monarquía del Viejo Continente que con tanta maestría cosió su bisabuela Victoria de Inglaterra.

Pero las bellas y atractivas hermanas Romanov tenían reservado un destino -en parte, también político- mucho más trágico: morir junto a sus padres, los últimos zares de Rusia, Nicolás y Alejandra, y su hermano pequeño, el débil heredero Alexey, a manos del Ejército Rojo el 17 de julio de 1918 en la Casa Ipatiev, en Ekaterimburgo.

Olga y Tatiana murieron con 22 y 21 años, una edad suficiente para haberlas alejado hacía tiempo de las asfixiante corte de Nicolás II y Alejandra gracias al matrimonio. Pero sus progenitores, si bien tenían asumido que tarde o temprano deberían separarse de sus hijas, hicieron todo lo posible por retrasar sus enlaces y tenerlas el más tiempo posible a su lado. Así las cosas, los bolcheviques tuvieron fácil en las revoluciones de 1917 apresar al núcleo de la familia Romanov. Era raro que sus siete miembros pasaran tiempo distanciados. Juntos vivieron y junto murieron mientras el resto de monarquías europeas -con las que estaban emparentados- miraba para otro lado.

Con todo, la corta vida de las cuatro hijas del último zar de Rusia no puede decirse que fuese triste o desdichada, si se atiende al relato que Helen Rappaport desarrolla en su obra "Las hermanas Romanov" (Círculo de lectores, 2015). En él retrata a cuatro jóvenes bien educadas, consentidas solo lo suficiente, deseosas de conocer el mundo más allá de las paredes del palacio de Tsarskoe Selo, responsables con sus deberes, marcadas por una enfermiza madre y adoradas por un padre que, si bien con todo un imperio en desintegración que atender, siempre sacó tiempo para leer, tomar el té, cenar con ellas casi a diario e incluso bañarlas de pequeñas antes de acostarlas.

Una vez que entraron en la adolescencia (a su muerte María y Anastasia tenían 19 y 17 años), las cuatro se convirtieron en un poderoso foco de atención de la realeza y sociedad europeas. Sus apariciones públicas y escasos viajes al extranjero eran seguidos por una legión de fotógrafos y cronistas que se afanaban por describir sus vestidos, sus joyas, todos y cada uno de sus gestos. Eran escasas las veces que los rusos y el resto de los mortales podían ver a la familia, retirada en sus palacios de San Petersburgo en invierno y, en verano, una vez construido, en el nuevo de Livadia, cerca de Yalta, en Crimea, "la más bella gema de la corona del zar", decían los Romanov. En la primera década del siglo XX esta zona del imperio era considera una especie de riviera francesa rusa en la que los acaudalados ciudadanos del imperio se solazaban.

Las cuatro hermanas Romanov crecieron entre algodones, felices, pero también con obligaciones. Las primeras, las familiares, pues una vez que llegó al mundo en agosto de 1904 el deseado heredero, Alexey, su cometido fue cuidarlo y custodiarlo, dada su maltrecha salud, al ser hemofílico: "Toda la familia alteró sus prioridades drásticamente para protegerlo", cuenta Rappaport. "Las cuatro hermanas era muy jóvenes, pero muy sensibles y se unieron firmemente al retiro familiar intentando ser un apoyo a su madre, físicamente muy vulnerable". Así las cosas, "a finales de 1904 el mundo de las cuatro archiduquesas empezó a encogerse".

En la vida de las chicas también tuvo gran influencia el monje Rasputín, en cuyos brazos se echaron de forma que cuesta entender aún hoy en día a Nicolás y Alejandra, con fe ciega en que las prácticas del siniestro personaje ayudaban al pequeño Alexey a sanar. Lo cierto es que Rasputín no hizo ningún bien a la familia, todo lo contrario, pues algunos Romanov recelaron de su influencia (en su asesinato hubo familiares implicados), en la calle se criticó con furia a la zarina por su amistad y hasta llegaron a correr rumores de que el monje tenía demasiada cercanía con las cuatro archiduquesas, insinuando que podría abusar de las niñas.

Estas, según se recoge en la obra, adoraban estar con él, al igual que las escapadas a casa de su tía Olga, donde gozaban los domingos de cierta libertad y contacto con el mundo real que tenían vetado en palacio. También los cruceros de verano en el yate real "Shtandart" eran una vía de escape para Olga, Tatiana, María y Anastasia. En el barco las dos primeras llegaron a flirtear con algunos oficiales como cualquier joven de su edad.

Olga, la primogénita, tuvo que ser alejada de uno de ellos y sufrió su primer desengaño amoroso. Cuando todo parecía despejarse para la primogénita del zar y la boda con el Príncipe Carlos de Rumanía era un hecho, estalló la guerra -las cuatro sirvieron como enfermeras- y la idea de alejarse de Rusia se diluyó para siempre. Tatiana, la que más triunfaba por su belleza entre sus hermanas, también estuvo a punto de matrimoniar.

Nada de esto pasó y lo que vino después es conocido. La leyenda de que Anastasia sobrevivió al asesinato de los Romanov ha llenado páginas y páginas de libros e inspirado muchas películas. Pero esa es ya otra historia.

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