M. FONTÁN - VIGO
Su seña de identidad era una jeringuilla. Con este instrumento y en ocasiones también con un cuchillo habría intimidado a sus víctimas para perpetrar once robos –dos frustrados– en un período de menos de dos semanas en comercios de Vigo en marzo de 2009. Casi un año después, el presunto ladrón, R.F.R.B., de 39 años, se sentó en el banquillo para responder por unos hechos que le reportaron un botín de más de 2.000 euros y por los que el fiscal pide una condena de 44 años y medio de prisión. Pero el acusado, lejos de reconocer la autoría, declaró que sólo entró en cuatro establecimientos y que las empleadas le dieron el dinero tras “pedírselo” él de buenas maneras y sin mediar amenazas. “Les dije que necesitaba dinero, que se lo devolvería y que no iba a hacerles daño”, explicó el imputado, quien negó además que llevase una jeringuilla u otro arma: “Era una llave”.
El acusado, que afirmó que nunca fue “violento” ni tuvo “problemas con la justicia”, justificó el hecho de entrar en los comercios “para pedir dinero” por su adicción a las drogas, agravada en esa época por estar en paro. “Al quedar sin empleo –trabajó en una empresa eólica– entré en una espiral de consumo catastrófica, si no fuera por eso no creo que estuviese aquí ahora; las circunstancias adversas me hicieron perder la cabeza”, testificó el supuesto “atracador de la jeringuilla”, para quien su abogada demanda su absolución o, en caso de condena, su exención de responsabilidad penal por actuar bajo los efectos del síndrome de abstinencia.
Versión
Pero frente a la versión del acusado –refrendada por la declaración de su madre, que relató además que ya en la adolescencia cayó en una depresión al separarse ella de su marido–, las víctimas, la mayoría mujeres, ratificaron en el juicio la identificación que hicieron en su día en comisaría del autor de los robos ocurridos entre el 3 y el 13 de marzo de 2009 en la ciudad –algunos de ellos en un mismo día–. El supuesto ladrón insistió en su declaración en que se limitó a “pedir ayuda” a las encargadas o empleadas de los comercios “porque estaba muy necesitado”. Sin embargo, las afectadas contaron, casi todas protegidas tras un biombo, que fueron intimidadas con una jeringuilla o cuchillo para que entregasen el dinero de la caja amenazándolas con “pincharlas” y, en ocasiones, con transmitirles el sida. “Pasé miedo; él estaba más tranquilo que yo”, dijo la empleada de un solarium. La trabajadora de una tienda de decoración contó que el procesado le mostró la jeringuilla. “Cuando salió me dijo que no hiciese nada, que me seguía mirando, y lo hizo a través del escaparate”, recordó.
Las declaraciones de las víctimas son una de las principales pruebas del fiscal, quien, en sus conclusiones finales, señaló que la actitud del acusado “generó una tesitura interna de carácter terrorífico” en algunas de estas mujeres. Y sobre la drogodependencia del reo, afirmó que “no justifica once robos en once días”, para añadir, además, que según los forenses no tenía afectadas sus facultades por el síndrome de abstinencia. Al contrario, la acusación estima que tenía pleno “dominio de la situación” y actuaba “tranquilo”: “Razonó con las empleadas que le aseguraron que no tenían dinero y a una llegó a decirle que esperaba que le mejoraran las ventas”.