La muerte de "Harambe" siembra dudas

La decisión de abatir a un gorila del zoo de Cincinnati por temor a que dañase a un niño caído a su recinto abre un intenso debate global, que trae a colación los derechos de los grandes simios

05.06.2016 | 02:29
La muerte de "Harambe" siembra dudas

El pasado 28 de mayo, Michelle Gregg y su hijo de 3 años visitaban el zoo de Cincinnati (Ohio). En un momento dado, cuando se encontraban junto al recinto de los gorilas, el crío se saltó la protección y se precipitó en su interior. "Harambe", un macho de 17 años de edad y 180 kilos de peso, lo agarró y lo arrastró por el foso. Luego lo puso cuidadosamente en pie, lo examinó, y volvió a arrastrarlo por el agua. Las imágenes del incidente volcadas en Youtube no muestran nada más. "Harambe" fue abatido a tiros. El niño apenas sufrió rasguños. El suceso ha incendiado las redes sociales, que hierven de indignación tanto por la decisión de matar al gorila como por el descuido de la madre del niño.

No es la primera vez que un niño se cae en un zoológico al foso del recinto de los gorilas, aunque con resultados bien distintos. Ocurrió el 30 de agosto de 1986 en el zoo británico de Jersey (fundado por el famoso naturalista y escritor Gerald Durrell), donde "Jambo", un gorila macho de más de dos metros de altura, apartó al resto de miembros de su grupo para que los cuidadores pudiesen bajar a rescatar al niño de 5 años accidentado, con fractura de cráneo y un brazo roto.

Diez años después, en Illinois (Chicago), "Binti Jua", una gorila de 8 años, salvó la vida de un niño de 3, tomándolo en brazos y situándose con él junto a la puerta de entrada de los cuidadores para invitarles a recogerlo. En ninguno de los dos casos los responsables de los zoológicos se plantearon disparar a los animales, ni siquiera con tranquilizantes. "Jambo" ya ha muerto (en 1992), pero una estatua en bronce perpetúa su memoria. "Binti Jua" continúa siendo una celebridad local.

¿Fue precipitada, innecesaria y, a la postre, errónea la decisión de disparar al gorila? ¿Tenía el recinto unas medidas de seguridad adecuadas? ¿Cabe culpabilizar a la madre por desatender al niño? Son las preguntas más inmediatas que plantea el caso, y son preguntas con enjundia y sin respuestas fáciles. Sobre la tercera, cabe decir que la Policía de Cincinnati ha abierto una investigación criminal. Acerca de la seguridad, una clave radica en la propia concepción de las instalaciones: están pensadas para que los animales no salgan, no para que las personas no entren (o caigan) en ellas, dando por supuesta la responsabilidad de los visitantes (y su cordura: ya son varios los suicidas que han buscado la muerte entrando al recinto de los leones).

La cuestión más peliaguda es qué hacer en una situación como la planteada en el zoo "Gladys Porter" de Cincinnati. Cualquier padre no tendría dudas: la seguridad del niño, ante todo.

El gorila es un animal muy poderoso, capaz de destrozar de un golpe a una persona adulta si se lo propone. Lo que complica la valoración, frente a otras especies potencialmente mortales o peligrosas, es que los gorilas no son agresivos por naturaleza. "Harambe", en concreto, no lo era en absoluto, según las declaraciones de su cuidador, Jerry Stones. "Nunca fue agresivo o malo con la gente", ha afirmado. No obstante, no quiso valorar la decisión de matarlo ante la posibilidad de que dañase al niño, aunque fuese por accidente, ya que, incluso jugando, un gorila puede no medir su enorme fuerza. De hecho, Stones dejó de entrar en el recinto de "Harambe", por precaución, a partir de su séptimo cumpleaños. Por otro lado, aunque la agresión no forme parte del carácter de los gorilas, sí amenazan y gesticulan mucho, pero es puro fanfarroneo y nunca llegan a las manos. De eso se trata, precisamente. Y, por paradójico que parezca, por eso pueden producirse ataques a personas, como han advertido científicos de la Universidad de Stirling a partir de un estudio sobre los gorilas de la República Centroafricana en relación con el turismo para observarlos. "Si nos acercamos demasiado a un gorila, éste envía muchas señales de alerta (como las que transmite a otros gorilas para mantener el orden en el grupo o entre clanes vecinos). Si no hacemos caso a esa advertencia, porque no vemos un peligro real, es cuando puede producirse una carga completa. Y pueden matarnos fácilmente", señalan los investigadores.

El caso del zoológico es distinto, es otro ambiente y son animales criados en contacto con personas. Pero queda la duda.

Otra ramificación del suceso apunta a los derechos de los homínidos no humanos (grupo de primates que agrupa gorilas, chimpancés, bonobos y orangutanes), en concreto a la ética de su privación de libertad para exhibirlos en público, aunque ésta se argumente por razones de sensibilización (fáciles de rebatir, pues se sensibiliza a favor de la imagen del animal cautivo) y de conservación (que en la práctica no son tales porque los gorilas nacidos en zoológicos no son puestos en libertad, sino que simplemente nutren el stock del sistema).

"No hay un criterio claro para delimitar entre humanos y homínidos no humanos, ni biológica, ni mental ni socialmente", sentencia Volker Summer, experto en chimpancés y profesor del University College de Londres, en una afirmación que desacredita de un plumazo el trato de estos animales como "objetos". Nueva Zelanda legisló ya en 1999 sobre los derechos de los homínidos, garantizándoles protección frente al maltrato, la tortura, la esclavitud, la muerte y la extinción, y posteriormente lo hizo en España el Parlamento balear. Este planteamiento, trasladado al suceso del zoológico de Cincinnati, complica moralmente la decisión de abatir al gorila.

El caso, de momento, ha reavivado un ya largo y tortuoso debate sobre el sentido de los zoológicos (los argumentos contrarios pesan más que los favorables, aunque hay zoos y zoos), y ha servido para dar otro toque de atención a la cuestión abierta de los derechos de los animales, cuya defensa crece en adeptos y en razones, pese a que la sensibilización social avanza lentamente, sobremanera a la hora de destronar al hombre de su privilegiada posición de ser superior y equipararlo con sus primos hermanos.

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