Conmoción en la literatura gallega

El silencio más emotivo de Carlos Oroza

El poeta de Viveiro, figura legendaria en los años 60, recibe sepultura en Vigo, la ciudad de la que se enamoró en los 80, rodeado de numerosos amigos, artistas y seguidores de su "poema total", único e inclasificable

24.11.2015 | 11:28
Carlos Oroza recibe sepultura en el cementerio de Pereiró // R. Grobas
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Pablo Fidalgo

"Estoy llegando contigo Eléncar

Tírame de las manos

Llévame contigo arriba

Coge una mano cualquiera

que salga de una puerta

Trénzale a esa mano y salta

Anda Ven Vuela"

Muere el poeta, pero queda su poesía. Ayer se leían con una renovada emoción, muchos de ellos de memoria, estos versos de "Eléncar", como una forma de abrazo para recordar a Carlos Oroza ya que, como él mismo decía, "Es un error dar por hecho lo que fue contemplado".

Vitalista, bohemio, genial conversador, jugador de las palabras, espléndido y único. Diferente a todos. Carlos era un hombre solitario e independiente. El legendario poeta que dejó una aureola de malditismo en el Madrid de los 60. Disfrutaba de su libertad. Pero no estaba solo. Numerosísimas personas -la mayoría relacionadas con la vida cultural, pero no todos, también gente de la calle con la que se cruzaba a menudo en sus paseos y a las que hipnotizaba con su palabra precisa- acudieron ayer al cementerio de Pereiró, en Vigo, para darle su último adiós y arroparse unos a otros recordando aquellos momentos preciosos que vivieron a su lado.

"Qué luna tan bonita para despedir a Carlos Oroza", comentaban, a los pies del ataúd sobre el que iba cayendo la tierra, dos amigos con los que compartió piso en Vigo a finales de los 80, la fotógrafa Marta Filgueira y el pintor Ramón Trigo. "Era un bohemio puro y duro; muy divertido, un poeta en todas partes y a todas horas; la persona más vitalista que he conocido nunca", contaba Marta, que le hizo algunas fotografías de momentos cotidianos que se publicaron en el libro "Évame". "Me quedo con la imagen de una golondrina, que es un pájaro con muy poco equipaje que apenas se posa en la tierra. Aquí y allá. Siempre viviendo en el aire. Ese era Carlos Oroza", contaba el editor Bieito Ledo.

La pintura, la literatura y la música eran sus tres grandes pasiones y numerosos artistas de estos tres mundos eran sus amigos. Los pintores Nelson Villalobos, Antón Patiño, Antón Pulido, Menchu Lamas, Din Matamoro, Barreiro, Ramón Trigo y Pedro Solveira; los escritores Méndez Ferrín, Miguel Anxo Fernán-Vello, Francisco Castro, los editores Xabier Romero y Bieito Ledo, el poeta Antón Alonso Fontán el músico Carlos Núñez y representantes políticos como el alcalde de la ciudad, Abel Caballero, la portavoz municipal del Partido Popular, Elena Muñoz, y el delegado de la Xunta, Ignacio López Chaves. En mayor o menor grado, todos unidos por el gusto hacia la palabra de Oroza.

El poeta de Viveiro, de 93 años, falleció en la noche del sábado debido a un empeoramiento en su estado de salud que, en los últimos meses, le había obligado a usar silla de ruedas y, dicen los más cercanos, eso le había sumido en una gran tristeza, aunque seguía dándole vueltas y más vueltas, de forma obsesiva, a los mismos versos.

Oroza publicó títulos como "Eléncar" (1974), "Cabalum" (1980), "Una porción de tierra gris del norte" (1996), "En el norte hay un mar más alto que el cielo" (1997) y "Évame" (2012). Fue Premio Beat y Premio Internacional de Poesía UnderGround; vivió en Estados Unidos, Madrid Ibiza y O Courel y admiraba a Whitman y Holderling. hasta, sin saber nadie muy bien las razones, decidió regresar en los 80 a Galicia y retirarse de la fama. "Oroza era un hombre de muchos misterios y no sabemos muy bien por qué decidió venir primero al Morrazo y luego a Vigo, ciudad de la que se enamoró", relata Ferrín, que le conoció en los años 60 en Madrid y le recordaba ayer como "un espléndido poeta, no solo oral, como muchos dicen, que no se parece a nadie ni nadie se parece a él".

A hombros de sus amigos, encabezado por Fernán Vello, Antón Patiño y el hijo de Uxío Novoneyra, Oroza dio anoche su último paseo y fue despedido con sus propios versos: "En el norte hay un mar más alto que el cielo". Y el aplauso de sus seguidores, como en sus mejores recitales. Y el silencio.

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