Escrito en el viento

El gran Miyazaki se despide del cine con una obra extraordinaria repleta de momentos bellísimos

27.04.2014 | 01:46

El cineasta japonés Hayao Miyazaki ("Porco Rosso", "Mi vecino Totoro") se jubila con el largo animado "El viento se levanta", un título significado por verso de Paul Valery, "¡El viento se levanta!... ¡Hay que intentar vivir!". Esa intención de supervivencia recorre el metraje de la misma manera que el sueño de un niño de convertirse en ingeniero de aeronáutica.

El chiquillo en cuestión está basado en un personaje real, Jiro Horikoshi (1903-1982), responsable de diseñar la flota de aviones japoneses en la Segunda Guerra Mundial y, en especial, el caza "Mitsubishi A6M Zero". La importancia de lo onírico se reitera durante la película pero es especialmente acertada en el arranque: un niño mira al cielo y comienza a imaginarse montado en un aeroplano imposible que acaba derribado por una extraña nave sombría.

La capacidad de Miyazaki para controlar cada uno de los detalles de "El viento se levanta" (las caras de la gente, ese terremoto, el incendio de Tokyo, las pruebas de los aviones?) hacen del metraje una ejemplar (y cuidadísima) prueba de esfuerzo. Todo en él posee delicadeza y amor a cada uno de sus personajes: lo increíble es que, para el cineasta japonés, la globalidad de lo que maneja requiere de su control. Y no se le escapa nada: esa sombrilla que desaparece, ese jefe enano de la fábrica de Mitsubishi o esos cielos inmensos que rodean las escenas se integran en la respiración del celuloide de una forma sencilla, casi sin importancia. Pero no son detalles vanos o vacíos: el filme posee un calado terriblemente hondo. Un niño que ve cumplido su sueño a un coste altísimo; esta es la moraleja de la biografía de Horikoshi, reinterpretada por Miyazaki. Cuidado con lo que deseas.

Nosotros, como espectadores, sólo podemos colocarnos bien en la silla y dejarnos llevar por las dos horas de una película extraordinaria. No se puede perder la ocasión de verla en un cine, en pantalla grande. Miyazaki ejerce con nosotros el mismo papel que el conde Caproni, un ingeniero aeronáutico y mentor con el que recurrentemente sueña Horikoshi. Él nos conduce a través de su mundo, de la Historia y, aunque sea con una conclusión amarguísima, nos pide que intentemos vivir.

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