Nabokov y la dulce nostalgia

Las mariposas inspiraron la obra literaria y científica del autor de "Lolita", el escritor que mejor supo expresar la felicidad

14.04.2014 | 00:48
Vladimir Nabokov, en una de sus salidas en busca de mariposas.

Se dice que Vladimir Nabokov fue el escritor que mejor expresó la felicidad. Para él era un sentimiento producto de los días de su infancia en Vyra, donde a los siete años capturó la primera mariposa. Su institutriz había intentado matar al insecto, encerrándolo por la noche en un armario. Por la mañana, la mariposa, persistente en su ansia de libertad, salió revoloteando por la ventana. Nabokov recordaría cinco décadas después cómo se imaginó al lepidóptero volando lejos, en dirección a América.

Más tarde serían las mariposas las que impulsarían los viajes del propio Nabokov por Estados Unidos, exponiéndolo, además, a ese ambiente de pequeños moteles que inspirarían su novela más famosa: "Lolita". Las mariposas motivaron también una carrera paralela en la ciencia, que culminó con una hipótesis evolutiva entonces ignorada, que se reivindicaría 34 años después de su muerte, utilizando las herramientas del análisis genético moderno. ¿Tenían entonces algo que ver las mariposas con la felicidad de Nabokov? Desde luego. ¿Con su literatura? Indudablemente. De hecho, alrededor de las mariposas giran los recuerdos de la infancia más queridos del autor de una obra impregnada de melancolía.

Vladimir Nabokov nació en San Petersburgo en el seno de una familia aristocrática y pasó gran parte de su infancia en la finca de Vyra, a unos cuarenta kilómetros de la ciudad. Los Nabokov se vieron obligados a huir de Rusia en 1919 a raíz de la revolución bolchevique. Tras repartir sus estancias entre Inglaterra, Alemania y Francia, el autor de "Lolita" llegó a Estados Unidos, volviendo en los años finales de su vida a Suiza, donde murió en 1977. Nabokov lamentó la pérdida de Vyra, y la calificó como una ruptura del destino. "¿Volver para qué?", se preguntaba. "Todo está destruido, aniquilado. Me gustaría describir cada pequeño arbusto, cada tallo de nuestro parque...". Cuando pudo comprar una casa a su medida, no lo hizo. Vivió en hoteles hasta el final de sus días, porque nunca iba a encontrar un lugar parecido a aquel donde pasó la feliz infancia.

La casa familiar a las afueras de San Petersburgo y las mariposas eran inseparables, la idea se repite en sus cartas y en los trabajos científicos. Pero sobre todo en su autobiografía, "Habla, memoria" (1951). Fue en Vyra donde su padre, un noble de mentalidad liberal, le hizo practicar el juego de muñeca apropiado para empujar con decisión la red sobre un insecto revoloteando. También fue allí donde su madre, nieta del primer presidente de la Academia Imperial Rusa de Medicina, le enseñó a dibujar y a clasificar los lepidópteros. Cuando su padre fue encarcelado por actividades políticas, Vladimir, de ocho años, le llevó una mariposa a su celda como regalo.

Aunque no se encuentra en un paraje montañoso, Vyra está rodeada de bosques de álamos. Los inviernos rigurosos y largos y los veranos cortos hacen de ella un hogar ideal para las mariposas alpinas. Nabokov persiguió esta especie a lo largo de su vida, viajando por Europa y Estados Unidos con su esposa, Vera, y más tarde su hijo Dmitri. Brian Boyd, su mejor biógrafo, escribió: "Si se especializó como científico en esa clase de mariposas fue debido precisamente a la nostalgia".

En 1945, se le ocurrió la gran hipótesis sobre las mariposas que estudiaba, el grupo conocido como Polyommatus azul. Las veía migrando hacía el Nuevo Mundo desde Asia a través de millones de años en oleadas. Curiosamente el mismo pensamiento que le asaltó siendo un niño cuando la mariposa encerrada por la institutriz salió volando por la ventana. Pocos científicos tomaron en serio la hipótesis de Nabokov. Veían sus tesis como una ensoñación literaria. Pero a partir de las celebraciones que acompañaron el centenario de su nacimiento en 1999, los lepidopterólogos modernos comenzaron a revalorizar su trabajo.

Frente a la incredulidad científica de entonces, el escritor que mejor expresó la felicidad sonreía: "No puede haber ciencia sin fantasía; como tampoco hay arte sin hechos".

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