Se acabó la fiesta

Liderada por un inmenso DiCaprio, una obra que va de lo brillante a lo vulgar en un metraje excesivo que no deja indiferente a nadie

20.05.2013 | 16:52

Crítica de cine
"El gran Gatsby"
De Baz Luhrmann. Con Leonardo DiCaprio, Tobey Maguire, Carey Mulligan.

Baz Luhrman puede ser muchas cosas negativas pero no es un traidor: no te engaña. Bueno, hizo un amago con "Australia" y se puso un poco clasicón, pero el patinazo le ha devuelto a la pista del circo en la que más cómodo se siente. Sin llegar al delirio de "Moulin Rouge", su adaptación de la obra maestra de Scott Fitzgerald es, como ya hiciera con Shakespeare, una apuesta al todo o nada, un frenesí visual que (un inservible 3D al margen) juega con las cartas muy marcadas de la casa para imponer un estilo impermeable a la indiferencia: irritante, ingenioso, vulgar, elegante, pretencioso, sublime y tedioso.
Una mezcla explosiva que no estalla en mil pedazos porque, a diferencia de otras versiones lamentables del clásico, el reparto que la sostiene mantiene el tipo en un tiovivo que da vueltas y vueltas y vueltas hasta llegar a marear. Primero, un Leonardo DiCaprio que llega al papel en su mejor momento: ya no es el cara de niño que hacía poco creíbles algunos de sus mayores empeños y su madurez, confirmada por su breve y bravísima colaboración con Tarantino, unida a un atractivo físico untado de carisma, hace de él un Gatsby perfecto. De hecho, lo mejor de la película siempre le tiene a él dominando la escena, y cuando el director se olvida de marear la cerviz, la pantalla sí merodea el espíritu del texto literario. Su primera aparición, por ejemplo, es impresionante. ¡Ojalá todo lo demás fuera igual! Carey Mulligan, sin llegar a su altura, también compone una Daisy creíble, a años luz de la insoportable Mia Farrow en el apolillado Gatsby de los años setenta que desaprovechaba a todo un Robert Redford en la cima. Y Tobey Maguire, por fin libre de telarañas, crea un personaje consistente que es algo más que un testigo en la sombra.
Comparar la película con la novela tiene poco sentido pero es inevitable. Luhrman no pretende contentar a los admiradores de Scott Fitzgerald (a quien seguramente le hubiera hecho mucha gracia saber que, si viviera ahora, sería un escritor muy popular y no un guionista extinguido entre ruinas y alcohol) sino ganarse la atención de las nuevas generaciones. Y lo hace sin complejos, aunque a veces eso le lleve a rozar el ridículo.
La idea de incorporar música actual a los años veinte puede ser discutible pero, aunque se pase de rosca, sirve para poner celofán de modernidad a una época de gustos musicales muy distintos pero de espíritu vecino. El desenfreno de las fiestas, la codicia sin límites, las ascensiones meteóricas por caminos tenebrosos y las caídas fulgurantes que eran el plan nuestro de cada día en aquellos tiempos son un calco inquietante de nuestra histeria más reciente. La película responde entonces con fidelidad a una palabra que el escritor coloca al final de su novela de forma concluyente: orgiástico. Ese volcán de orgía perpetua entra en erupción en la pantalla cada dos por tres y si el director fuera un poco menos caprichoso y egocéntrico habría logrado que la lava no se le fuera de las manos. Habría evitado el tedio que asoma el hocico demasiadas veces entre movimientos de cámara imposibles y filigranas que tenían mejor encaje en un musical disparatado como "Moulin Rouge", donde el drama se expresaba cantando y no contando como aquí.
Con un desmesurado despliegue de medios para que no falte detalle, El gran Gatsby se desmarca de la prosa intimista de Scott Fitzgerald, que prefiere dejar mucha información entre líneas y ocultar pasados de sus personajes en la penumbra, y hace explícito lo que literariamente se sugería. De la precisión de la palabra se pasa al estallido de fuegos artificiales, sólo calmado por las escenas en la que los actores toman las riendas y dan lo mejor de sí. El personaje de Gatsby (no por casualidad era la novela que leía el hastiado protagonista de Fuego fatuo, de Louis Malle, antes de quitase la vida) es arrancado de su escondrijo secreto y en el camino pierde gran parte de su misterio, de ahí que el sombrío tramo final no alcance la intensidad que una historia así merece y necesita.
Sin llegar a la regocijante adaptación de los años cuarenta en la que un impávido Alan Ladd arrancaba la peli pegando tiros cual gangster de pacotilla, el afán de Luhrman por darlo todo masticado, hacerlo puré para que la taquilla no se atragante, le resta grandeza a Gatsby y, con tanto foco encima, lo apaga.

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