Sólo será un minuto

El hombre sin respuestas

10.05.2013 | 07:28

Nadie podrá acusar a Haneke de no avisar desde el principio que lo suyo iba en serio. Muy en serio. Con El vídeo de Benny ya expuso sus cartas sobre la mesa, marcadas por una mirada turbadora desde la distancia, siempre al acecho, nunca entrometida hasta las cachas en las historias e histerias de sus personajes, verdadera carne de muñón. En esa película que le lanzó a la palestra (no a la fama, que tiene unas alas de palomitas que no encajan con las garras visuales de un director capaz de decirle no a Brad Pitt y luego contarlo, más por protegerse de otras ofertas similares que por soberbia),Haneke convirtió la cámara en una mirilla gracias a la cual podemos observar a los demás sin que nos vean, y no con ánimo morboso ni moralista, más bien con la precisión calculada de un científico que rastrea, sin ánimo proselitista, los misterios irremplazables de la razón humana, tan huérfana de razones a veces. No es un forense, no es un entomólogo. Formula preguntas, no entrega respuestas. Sin sermones, sin moralina, sin restos de toxicidad manipuladora. Incómodo casi siempre, al borde mismo de hacer insoportable la visión de sus películas. Más depurado y humilde que Antonioni, por poner un ejemplo de influencia posible. Funny games propone un juego nada divertido: la crueldad innecesaria, la impotencia sin fisuras, la ruina moral que no admite comprensión, ni la pide. El placer de destruir y humillar sin motivos aparentes, porque sí. Después de su película menos lograda, aunque por supuesto interesante y muy personal, "Código desconocido", Haneke se adentró en las simas del alma femenina (si es que el alma tiene sexo, si es que el sexo tiene alma) en "La pianista", su confirmación internacional como cineasta que no tiene reparos en mostrar las averías del ser humano con un desapego emocional que tritura cualquier posible identificación con sus personajes más allá de lo puramente instintivo. Las escenas de sexo entre Isabelle Huppert y su desquiciado amante son momentos con más dolor que deseo, más furia que pasión, y cuando la protagonista se autolesiona en la impactante escena final ante la gran fachada de su impotencia no sólo intenta hacerse daño: es su forma de aceptar, o acatar, un amor envenenado. De comunicarlo: si hay algo que distingue a muchos personajes de Haneke es su incapacidad para expresar lo que sienten, mucho menos lo que piensan. El tiempo del lobo es otro pequeño bajón en su carrera por su fallida parte final, aunque los bajones de Haneke serían subidones en la mayoría de cineastas contemporáneos. "Caché", con ese desenlace que deja perplejos a los espectadores que necesitan respuestas aunque sea pagando el precio de la falsedad, fue otra demostración de la peculiar forma que tiene el director de aproximarse al género de intriga, convirtiendo la tensión en un pulso con el tiempo, a ver quién aguanta más sin mover un solo músculo. Tras reírse literalmente en la cara de Hollywood rodando un remake de "Funny games" que sólo cambiaba las caras de los actores, Haneke viajería el túnel del tiempo al pozo de los horrores donde germinaría la flor podrida del nazismo en "La cinta blanca", incontestable obra maestra que, una vez más, escapaba de las respuestas como alma que vende el diablo, vestida o no por Prada. Este hombre de mirada afilada y obra escarpada que no duda en mostrar muertes reales de animales para romper en mil pedazos la "seguridad" del espectador ante lo que lo que cree pura ficción, se tomó un pequeño paréntesis antes de hacer la que podría parecer su obra más "cálida", con la que incluso ganó un Oscar y blablablá: "Amor". O la destrucción que no admite prisioneros. O la enfermedad sin piedad, qué es eso. O la memoria que se agrieta día a día, noche tras noche, latido sobre latido. Hay quien no entiende el final. Otra vez el dichoso final abierto que no contenta a quienes lo necesitan todo cerrado y con lacito. No hay respuestas. Sólo estancias vacías. Silencios ausentes. Sombras al acecho. Y la cámara de Haneke está escondida ahí: esperando para mostrar la desesperación en estado puro, sin adornos ni bálsamos, sin vendas que curen la herida. Tan cruelmente honesta.

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