Más sustos y programa de periferias

El Papa Francisco propone un esquema de Iglesia revolucionario

31.03.2013 | 09:20
El Papa Francisco, durante la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo, en Roma. // Efe
El Papa Francisco, durante la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo, en Roma. // Efe

Sigue mesándose las barbas el ala tradicionalista del catolicismo, que durante esta Semana Santa ha llevado varios sustos de gran alcance por gestos del Papa Francisco, que mantiene su línea de gran libertad de espíritu: por un lado, se ha quitado el anillo del pescador y, por otro, lavó los pies a dos mujeres, una musulmana. "¡Anatema sit!", decían los clásicos. ¡Sea anatema! Pero aparte de esos sucesos es momento ya para fijar una de las líneas maestras de su pensamiento pastoral: la salida de la Iglesia de sí misma hacia las "periferias" de la fe.

Enunciemos primero los referidos sustos con brevedad, aunque insistimos en que habrán de tener gran alcance si es que son síntomas de cómo va a ser este Pontificado, que no deja de crear gran expectación.

El asunto del anillo saltó el miércoles de esta semana, durante la primera audiencia general del Papa. En el dedo anular de su mano derecha no estaba el "anillo del pescador" que el día del inicio de su pontificado (19 de marzo), le había impuesto Angelo Sodano, decano del Colegio Cardenalicio. En su lugar estaba el anillo que Bergoglio venía utilizando como arzobispo y cardenal de Buenos Aires, más sencillo que el de por sí sobrio que había elegido como una de sus insignias papales. "En el noveno día desaparece el anillo", decía desgarradamente un medio tradicionalista.

El sobresalto anular continuó y se elevó el Viernes Santo, ya que el dedo del Papa estuvo desnudo -ni un anillo ni el otro-, durante la ceremonia de Adoración de la Cruz en la Basílica de San Pedro y durante el Via Crucis en el Coliseo de Roma. Si enlazamos estos hechos con la parquedad de Francisco en referirse a sí mismo como "Papa", pero sí como "obispo de Roma", obtenemos un coctel que está cayendo como ácido en determinados estómagos.

Evidentemente, un Papa no puede renunciar a la primacía que prescribe la misma Constitución Dogmática sobre la Iglesia (documento "Lumen Gentium" del Concilio Vaticano II, además de toda una tradición de siglos), pero a Bergoglio habrá que darle tiempo para saber a dónde quiere llegar. Se intuyen dos zonas de resonancia: el ecumenismo y el gobierno de la Iglesia. La primera, porque la primacía del Papa y de Roma es uno de los principales obstáculos, si no el mayor, para aspirar a una reunificación de las iglesias cristianas. Y la segunda porque su insistencia en ser, ante todo, obispo, apunta tal vez a un objetivo de gobierno de la Iglesia, con mayor colaboración de los obispos, sucesores de los apóstoles. Puede que estemos en los umbrales de la célebre colegialidad episcopal por fin aplicada.

Pero todo lo expuesto no levantó tantísimo nerviosismo como el hecho de que el Papa Francisco lavara los pies a dos mujeres, una de ellas musulmana, durante la celebración de la Cena del Señor de Jueves Santo en la cárcel de jóvenes "Casal del Marmo".

Las normas litúrgicas imponen que el lavatorio de los pies se realice en todos los templos católicos únicamente con doce varones. Otros documentos doctrinales del Vaticano reafirmaron dicha prescripción cuando a Roma llegaron noticias de que en algunas parroquias se lavaban los pies también a mujeres.

Pues bien, el revuelo ha sido tal que el portavoz de la Santa sede, el jesuita Federico Lombardi, hizo público un comunicado en el que explicaba: "El rito era para una pequeña comunidad compuesta también de mujeres, una situación específica en la que excluir a las chicas habría sido inoportuno a la luz de la simple intención de comunicar un mensaje de amor a todos en un grupo que ciertamente no incluía refinados expertos en normas litúrgicas".

Genial respuesta, pero, tal vez por jesuítica, peligrosísima para las almas temerosas. ¿Acaso en las comunidades parroquiales de todo el mundo no hay hombres y mujeres?

Y yendo al caso de la chica musulmana, ya ha habido algunas exclamaciones: "¡Y qué pensaran los católicos que son perseguidos en países con mayoría musulmana!". Corto argumento, no obstante, como si la Ley del Talión continuara vigente.

En todo caso, los hechos y dichos de un Papa crean Derecho, son ley para la Iglesia, aun cuando ello deba de ser sancionado mediante documentos del magisterio. Esperaremos novedades al respecto.

Hasta aquí las alteraciones; ahora el programa. El cardenal de La Habana dio a conocer hace unos días la intervención de Bergoglio en las congregaciones de cardenales reunidas durante el precónclave. Sinteticemos dos frases. Primera: "La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las de toda miseria, las del pensamiento".

Y segunda: "Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma en una suerte de narcisismo teológico, ese vivir para darse gloria los unos a otros". Dicho en plata: la Iglesia que se mira al ombligo se muere.

Semejantes ideas las enunció de nuevo el Papa en una excelente homilía durante la Misa Crismal de Jueves Santo. Aludió a la Liturgia de la Iglesia de forma rotunda y estremecedora para el tradicionalismo: "Su belleza no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado", y "la unción no es para perfumarnos a nosotros mismos".

Y de nuevo incidió en la Iglesia que sale hace la periferia (término que repitió insistentemente): "Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia".

Lo contrario, es decir, "el sacerdote que sale poco de sí", deviene en que "en vez de mediador se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor; sacerdotes tristes y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con olor a oveja".

Esta es la Iglesia que propone Bergoglio, y que postula en coherencia con lo que lleva diciendo desde hace años. En un entrevista publicada en 2007 el entonces cardenal proponía esta reflexión: "Nuestros sociólogos religiosos nos dicen que la influencia de una parroquia es de seiscientos metros a su alrededor. En Buenos Aires hay casi dos mil metros entre una parroquia y otra. Les he dicho entonces a los sacerdotes: "Si pueden, alquilen un garaje y, si encuentran a algún laico disponible, que vaya, que esté un poco con esa gente, haga un poco de catequesis y que dé incluso la comunión si se lo piden". Un párroco me dijo: "Pero padre, si hacemos esto la gente deja de venir a la iglesia". Le contesté: "¿Pero por qué? ¿Vienen a misa ahora?". "No", me dijo. ¡Entonces!».

Y respecto a los creyentes dentro de la Iglesia, Bergoglio lamentaba que "su clericalización es un problema; los curas clericalizan a los laicos y los laicos nos piden que les clericalicemos? Es una complicidad pecadora".

Todo lo recogido hasta aquí evidencia que hay ideas muy claras en la mente del Papa Francisco, y varias de ellas enlazan con el jesuita Bergoglio, pues la Compañía de Jesús se ha caracterizado en las últimas décadas por una disminución de las autoreferencias y una salida hacia las periferias. Dicho con otras palabras, haber salido -sin abandonarlos- de los grandes centros institucionales (universidades, colegios, etcétera), hacia los lugares donde la fe es problemática.

No obstante, no conviene eludir el hecho de que Jorge Mario Bergoglio ha sido un jesuita particular y que los enunciados de la justicia le produjeron rechazo en el pasado por el riesgo de detrimento en la espiritualidad.

Pero su síntesis vital parece apuntar al rechazo de una Iglesia que "coleccione" tanto "antigüedades como novedades" y, sobre todo, "autorreferencial y clericalizada".

Tales postulados son francamente revolucionarios: reforzándose y restaurándose a sí misma tras las crisis del Vaticano II, la Iglesia ha podido perder sentido. Véase esa curia vaticana envuelta en intrigas y disensiones, o el "carrerismo" eclesiástico que tanto denostó Benedicto XVI. El Papa Bergoglio comienza a plantear otro esquema de Iglesia que subvierte las seguridades adquiridas. Este Pontífice cada vez resulta más interesante.

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