El Pontífice de San Francisco y San Ignacio

El Papa Bergoglio, jesuita que denuncia la "mundanización" de la Iglesia, explica la adopción de su nombre, pese a que fue un Papa franciscano el que suprimió en el s. XVIII la Compañía de Jesús

17.03.2013 | 00:00
El Papa acaricia al perro lazarillo de un periodista. // Reuters
El Papa acaricia al perro lazarillo de un periodista. // Reuters

¿Cuánto de jesuita y cuánto de franciscano hay en Jorge Mario Bergoglio, Papa Francisco? Un miembro de la Compañía de Jesús respondía de este modo al día siguiente de la elección del cardenal argentino: "Hombre, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio no los habrá olvidado, y el amor al Compañía no lo habrá perdido". Adviértase el tiempo verbal de la respuesta: futuro perfecto, acción pasada probable.

Aunque con mucha prudencia, puede trazarse un paralelismo explicativo. Salvando las distancias entre el uno y el otro, sendos nombramientos episcopales, en un plazo de tres lustros, han separado de la Orden de San Ignacio a dos jesuitas: a Bergoglio (designado obispo auxiliar de Buenos Aires en 1992), y a Juan Antonio Martínez Camino, nombrado obispo auxiliar de Madrid en 2007. Ello significaba que cesaba el voto de obediencia a sus superiores jesuitas (la relación jurídico canónica), aunque podía seguir existiendo el vínculo espiritual con la Compañía.

De hecho, Martínez Camino nunca ha renegado de la Orden a la que pertenece, sino que, al contrario, ha reconocido lo bueno que recibió de ella. De Bergoglio tampoco se tiene constancia de reniego alguno, pero de ambos casos se sabe que había llegado un momento en el que ni ellos estaban a gusto en la Orden, ni la Orden lo estaba con ellos.

Pero Bergoglio ha seguido dirigiendo Ejercicios Espirituales ignacianos y el pasado viernes por la mañana, en una misa con cardenales, citó la célebre frase de San Ignacio de que "en tiempo de desolación no se haga mudanza". Sin embargo, la espiritualidad personal que evidencia el Papa Francisco es más bien la espiritualidad diocesana, no precisada en los manuales de Teología y suficientemente amplia para que quienes la profesen beban en diferente fuentes de la historia de la Iglesia.

El jesuita Bergoglio, que se autoimpuso el nombre de Francisco, inspirado en San Francisco de Asís, explicó ayer cómo tomó dicha decisión tras ser elegido en el cónclave. Lo describió durante la audiencia con los 6.000 periodistas que han cubierto la informacion del Vaticano durante estas fechas. "En la elección tenía junto a mí al arzobispo emérito de Sao Paulo, el cardenal Claudio Hummes: ¡un gran amigo, un gran amigo! Cuando la cosa se estaba convirtiendo en algo un poco peligroso, él me confortaba. Y cuando los votos alcanzaron los dos tercios, llegó el aplauso porque el Papa había sido elegido. Él me abrazó, me besó y me dijo: "¡No te olvides de los pobres! ". Y esa palabra entró en mi cabeza: los pobres, los pobres. Después, inmediatamente pensé en Francisco de Asís, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación, el hombre pobre... ¡Ah, cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!».

Ya al final de la audiencia, Francisco relató un suceso simpático. Tras elegir su nombre algunos cardinales bromearon: "Pero tú deberías llamarte Adriano, porque Adriano VI fue el reformador, es necesario reformar? ". Y otro me dijo: ''No, no, tu nombre debería ser Clemente". "¿Por qué?". "Clemente XV: ¡así te vengas de Clemente XIV, que suprimió la Compañía de Jesús!"».

En efecto, Giovanni Vincenzo Antonio Ganganelli, que era fraile franciscano, fue Papa de 1769 a 1774, y en 1773 cedió a la presión de las monarquías borbónicas de Francia y España para que fuera disuelta la Orden de San Ignacio. Así lo hizo, pero no por inquina personal (había estudiado en el colegio de los jesuitas de Rimini), sino por los movimientos "geoestratégicos" de aquel tiempo.

La rivalidad entre las órdenes religiosas se ha exagerado con poco fundamento histórico, pero sí hubo una zona, entre otras, de aspiraciones enfrentadas: el anhelo mundanal en las altas esferas de gobierno de las órdenes por estar cerca del poder absoluto de la Iglesia, el Papa, o al menos gozar de su beneplácito. Dominicos, Jesuitas, Franciscanos, Teatinos... no han sido ajenos a tal impulso y la Compañía de Jesús se llevó la parte del león a lo largo del siglo XX, hasta Pablo VI, ya que Juan Pablo I tenía preparada una dura admonición a los jesuitas que al morir y ser elegido Juan Pablo II éste envió con una nota adjunta a mano: "Como si la hubiera escrito yo". Era el comienzo de la ruptura y la puesta en jaque de la Compañía remodelada y reformulada por el Padre Pedro Arrupe bajo el lema "Fe y Justicia". La trombosis sufrida por Arrupe en 1981, y el movimiento de la Orden para nombrar un responsable interino en la persona del estadounidense Vicent O'Keef, muy progresista, precipitaron que el Papa Wojtyla realizase un gesto sin precedentes en la historia intervino la Compañía y nombró al Padre Paolo Dezza, brillante profesor y jesuita de corte clásico, en lugar de O'Keef.

En aquellos años y en los precedentes, Jorge Mario Bergoglio había discrepado de la definición "Fe y Justicia" y de su efecto de arrastre hacia la Teología de la Liberacíon y fenómenos semejantes en Latinoamérica. Era esa situación incómoda que sólo cesó cuando en 1992 fue elevado al episcopado por el Vaticano.

Sin embargo, el Papa Francisco, según relata el vaticanista Sandro Magister, "no ha dejado de citar también a San Ignacio de Loyola en sus primeros días como Papa". El pasado viernes en una misa con cardenales en la Casa Santa Marta, "improvisó una breve homilía" que no ha sido hecha pública. En ella citó una de las reglas de discernimiento de espíritus -la más famosa-, contenidas en los Ejercicios Espirituales del santo guipuzcoano: "En el tiempo de la desolación no se hagan nunca cambios, sino que se permanezca estables y constantes en los propósitos y en las decisiones que se tenían en el tiempo de la consolación".

Ese mismo viernes por la mañana el Papa llamó personalmente pro teléfono al Padre General de los Jesuitas, Adolfo de Nicolás (que tiene previsto visitar Asturias el próximo mes de mayo). El contenido de la conversación no ha trascendido, pero está claro que Bergoglio no se ha olvidado de los Jesuitas, y menos de San Ignacio. Ahora bien, el fuerte movimiento de secularización en la Iglesia desde los años sesenta y setenta del pasado siglo suele ser atribuido a efectos no deseados del Concilio Vaticano II (1962-1965). Y el "Vaticano II" de la Compañía de Jesús acaeció en 1974, en su 32.ª Congregación Geeneral, momento en el que se redefine el carisma de la Orden orientádolo al «servicio de la Fe y la promoción de la Justicia».

La secularización subsiguiente tuvo dos notas fundamentales: por una parte, se secularizaban gran número sacerdotes y religiosos, es decir, abandonaban su condición de presbíteros; y por otro lado, muchos de los que permanecían inciaban un proceso de desclericalización que para ellos era la condición, y la consecuencia, de un más cercano trato con las relidades del mundo.

El citado Magister ha exhumado una entrevista que en 2007 le hizo a Bergoglio la revista "30 Días", del movimiento Comunión y Liberación. Al ser preguntado "¿qué es para usted lo peor que le puede pasar a la Iglesia?", el arzobispo de Buenos Aires respondió: "Es lo que De Lubac llamaba "mundanidad espiritual". Es el mayor peligro para la Iglesia, para nosotros, que estamos en la Iglesia".

El aludido Henri de Lubac era teólo jesuita, y de gran prestigio. Su trayectoria vital ha sido consideradaun ir y venir entre la avanzadilla teologíca más respetable y la moderación final de sus posturas progresistas. En 1950 fue suspendido de la enseñanza por el Vaticano de Pío XII, pero con Juan XXIII fue perito del Vaticano II, y en 1983 Juan Pablo II lo creó cardenal.

La "mundanidad" de la que hablan los jesuitas De Lubac y Bergoglio tiene mucho que ver con el espíritu de la secularización que se ha atribuido en particular a las órdenes religiosa, a todas: Jesuitas, Franciscanos, Dominicos. Juan Pablo II, al intervenir la Compañía dio el pistoletazo de salida al auge de los nuevos movimientos de la Iglesia -Comunión y Liberación, Kikos, Schoenstatt o la Legión de Cristo (antes de la debacle de Maciel)-, y de otros no tan nuevos, como el Opus Dei.

En una Iglesia ernormente expectante ante los primeros pasos del Papa Francisco, su condición de jesuita -que ha conocido la Compañía desde dentro-, y su nombre franciscano podrían orientarse a un apoyo decidido a las órdenes y congregaciones religiosas, pero con la condición de que se alejen de la "mundanidad". Uno de su primeros mensajes ha sido: "Si no confesamos a Jesucristo, la cosa no funciona; nos convertiríamos en una ONG piadosa". Esa es su doctrina, y su praxis la entrega a los pobres pero sin teologías político sociales de liberación.

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