TOMÁS DEL CERRO
El 13 de febrero de 1978, Dolores Chumillas dio a luz una niña en una clínica de Bilbao. La mujer que la condujo hasta el paritorio le dejó ver a su hija una vez, pero al día siguiente la perdió de vista para siempre. La clínica borró el rastro de su estancia allí, negando el nacimiento de la niña. Ni los tribunales ni la Policía han podido llevar a cabo una investigación más allá de lo estrictamente superficial, pero esta alcantarillera de 65 años sigue buscando a su hija, para lo que ha acudido hasta al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo.
–¿Ha perdido la esperanza de volver a ver a su hija después de más de treinta años sin saber nada de ella?
–Sí, sinceramente sí la he perdido. Tengo depresión crónica desde aquel día; más tarde enfermé de cáncer y estoy encerrada en mi casa, sin ganas de vivir. Pero otras veces pienso en encontrarla, para decirle que yo no la abandoné. Me gustaría que fuera una buena persona, que tuviera buenos sentimientos, que lleve una vida ordenada y que sea feliz.
–Llegó a contratar hasta a un detective privado que le costó una fortuna. ¿No ha averiguado nada de nada?
–He escrito al Defensor del Pueblo, Tribunal de Menores, Diputación de Vizcaya, al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. He denunciado ante la Policía Nacional en Alcantarilla y en Murcia. Pero nadie me hizo ni puñetero caso. Contraté a un detective privado y me costó un millón de pesetas para nada.
–Toda su odisea, curiosamente, comenzó en una discoteca...
–Ha pasado mucho tiempo, pero el recuerdo de todo lo ocurrido me persigue intacto hasta hoy. Todo empezó en una discoteca de Murcia, La Carroza. Yo acudía con mis amigas al baile de los domingos, y allí conocí a un hombre de Beniaján con el que comencé a salir. Nos hicimos novios. En aquella época, yo no sabía lo que era un hombre, y él me propuso mantener relaciones; me dijo que si ocurría algo, él cumpliría, pero cuando me quedé embarazada me dejó.
–Después se fue a Bilbao y se casó con otro hombre. ¿Por qué escapó de él?
–Mi madre no quería a una hija soltera en su casa, así que me tuve que casar con otro hombre que conocí más tarde, y me fui con él a vivir a Bilbao. Bebía mucho, y yo era joven y guapa, así que además estaba loco por los celos. Para poder comer algo, tuve que fregar suelos y lavar ropa de la pensión, porque él no me daba ni un duro y volvía borracho todos los días. Me fui a rezar la iglesia de San Nicolás, cercana a la pensión, pero sólo pude llorar. Un cura llamado Fernando Ayala me vio y me dijo que una señora regentaba un piso de acogida para mujeres en mi situación. Fue la primera vez que oí hablar de Mercedes Gras, y vi los cielos abiertos. El cura me la presentó y ella me dijo que me podía quedar en la residencia.
–¿Sospechó de las intenciones de la mujer que la acogió, Mercedes Gras?
–Era una mujer muy guapa. Me tocó la barriga con las manos y me preguntó de cuánto tiempo estaba embarazada. Yo no lo sabía porque no me había visto ningún médico. Tenía un palacio por casa, con muchos objetos de valor, abrigos de visón, e incluso una foto en la que salía ella con el Papa. Nunca me esperé lo que me iba a pasar allí. Era la “fregona” de otras veinte mujeres embarazadas, la mayoría pudientes. Así pasé siete meses, viviendo en un infierno. Pasé mucha hambre, mucho frío y mucho miedo.
–Y llegó el momento del parto. ¿Cómo recuerda a la niña?
–El 13 de febrero de 1978, a las seis de la mañana, empecé a tener dolores y me ingresaron en la clínica San Francisco Javier. Pero la niña no nacía, tuve un parto horrible. Cuando desperté, una chica del piso me dijo: “Lola, has tenido una niña preciosa”. Me dijeron que no podía verla hasta el día siguiente, y hasta que no me la trajeron no pude ni comer, pese al hambre que había pasado, ni parar de llorar. Finalmente me la dejaron: era rubia, gordita, pesaba 3,8 kilos. Yo la besaba, le tocaba las piernas, era preciosa. A los dos días, Mercedes Gras me dijo que tenía que dejar el hospital. Me echaron a la calle sin terminar de coserme. Antes de marcharme, la hermana Amestoy me dijo que ella se quedaría con la cría.
–¿Cómo se sintió cuando su propia familia le denegó ayuda?
–Les necesitaba para poder llevarme a la niña conmigo, porque yo no podía ni andar, era un esqueleto. Pedí ayuda a mi hermana y a mi tía, pero no quisieron saber nada de mí. Después a mi madre, pero me echó a la calle. Así que volví sola a Bilbao. Cuando llegué a la clínica, me dijeron que yo no había estado nunca allí, y que jamás había tenido una hija en ese lugar.
–Pero esa clínica existió y esas personas también...
–Sí, yo he llamado por teléfono a Mercedes Gras hasta el día de su muerte, que fue hace 10 o 12 años. Y siempre me decía: “Nunca volverás a ver a tu hija”. También he llamado al cura y al ginecólogo, que viven aún. Y dicen que ellos no saben nada. Una compañera me dijo que a mi hija la habían vendido por 200.000 pesetas, pero no supo decirme a quién. Entonces recordé que las mujeres siempre salían de la clínica sin barriga y sin bebés, así que caí en la cuenta de que no sólo habían vendido a mi hija, sino a todos.
–¿No volvió a tener más hijos?
–No. Me dediqué a mi casa y a mi trabajo. Cogí miedo a los hombres.