SANDRA PENELAS
El desembarco de Normandía impulsó en la II Guerra Mundial el estudio de las playas, pero su consideración como seres vivos todavía es mucho más reciente. Hemos aprendido a respetar la fauna que las habita e intentamos rebajar el nivel de agresión en los arenales urbanos, pero falta por tener en cuenta su funcionamiento. "La geomorfología es el siguiente paso", apunta desde la Universidad de Sydney Ana Vila Concejo (Vigo, 1973).
Licenciada con la primera promoción de Ciencias del Mar, dio sus primeros pasos como investigadora en Samil, donde analizó el efecto negativo del paseo construido entre el mar y las desaparecidas dunas. "Me alegraría que lo derribasen. La profesora Irene Alejo ha continuado con estos estudios y la conclusión es que o lo retiran o la playa se irá pudriendo hasta que necesite arena", advierte.
Las consecuencias de la presión humana ya son muy visibles en Florida (EE UU), donde no existen arenales completamente naturales y las playas deben ser realimentadas cada año. Aun así, Ana cree que el equilibrio es posible y evita los mensajes catastrofistas: "La economía de ese estado depende en gran medida de la costa, pero se pueden hacer las cosas bien. Allí, por ejemplo, tienen mucho cuidado con las tortugas y las épocas de desove".
En este sentido, destaca el "cambio importante" que ha experimentado nuestro país en cuanto al mantenimiento de las playas. "En mi último viaje a Vigo me quedé sorprendida con lo bien que estaban aparentemente O Vao y Playa América", reconoce.
Afortunadamente, las administraciones de todos los países comienzan a ser conscientes de la necesidad de estudios científicos. La viguesa finalizó recientemente un proyecto sobre la erosión de las playas de Port Stevens, una zona turística al norte de Sydney, que ha dado lugar a un plan de gestión costera integral.
Sus estudios actuales se centran en la Gran Barrera de Coral, un paraíso de la biodiversidad cuyos 2.600 kilómetros de longitud pertenecen al Patrimonio de la Humanidad. Hace unos meses realizó una estancia en One Tree Island, un pequeño islote en pleno arrecife reservado a la investigación.
"Es una zona muy prístina y natural y poder estar allí fue impresionante. Tiene una laguna y se recorre en quince minutos. Puedes dejar el ordenador en la playa e ir a bañarte. Aunque el trabajo de campo es muy duro. Suena genial, pero estás allí de sol a sol y luego tienes que ir al laboratorio", aclara.
Cuando el coral se rompe debido a procesos naturales crea arena y se originan cumulaciones de sedimentos que cubren las zonas vivas y las matan. "No es un hecho alarmante, pero ignoramos los mecanismos y el ritmo de movimiento de la arena. Debemos estudiarlos para gestionar este sistema de cara a futuros escenarios de subidas del nivel del mar y cambio climático", comenta.
Ana se instaló en Sydney en 2005 con su marido Brad, un investigador nativo al que conoció mientras participaba en un proyecto en la universidad portuguesa de Algarve. Hace un año y medio daban la bienvenida a su hijo Gabi, que con apenas unos meses acompañó a su madre a Vigo en 2009 para participar en unas jornadas en el campus. "Estamos intentando establecer un convenio para el intercambio de alumnos y profesores", revela.
Entre las bondades del sistema australiano destaca la inexistencia de oposiciones: "Aquí valoran tus méritos y no tienes que perder un año de tu investigación para preparar los exámenes".
En una ciudad "muy extensa" y con cinco millones de habitantes se vive "deprisa" y se trabaja durante "muchas horas", pero también es posible disfrutar de calidad de vida. "Tenemos la ventaja de vivir al lado de una playa maravillosa y que no está en las afueras, sólo hay doce kilómetros hasta la Universidad", comenta.
El barrio se llama Maroubra, lugar de truenos en aborígen en alusión al ruido de las olas. Pero, ¿después de estudiarlas y de pasar tantas horas en la playa le quedan ganas de volver en su tiempo libre? "¡Clarooo!", responde Ana. "Voy a pasear y, cuando empieza el buen tiempo, me baño. Mi marido hace surf antes de irse al trabajo", cuenta. Y al pequeño de la familia también le tira el agua: "Antes de saber andar se iba gateando hasta la orilla. Pero no sabemos si con el tiempo acabará prefiriendo la montaña", bromea.
Al menos una vez en la vida, asegura, la gente del país se va de vacaciones a Europa y su pasión por las olas les lleva a lugares remotos:"Una vez Brad se metió en el agua en Foz y dos de los chicos que estaban surfeando eran australianos".
Con un carácter "muy simpático" y "amigable" hacen buenas migas con los españoles, que cada vez le parecen más numerosos en Sydney: "En el Mundial iban con nosotros. Nos despertamos a las cuatro de la madrugada para ver la final y lo que apetecía después era seguir de celebración con una cervecita en lugar de ir a trabajar".