CARMEN VILLAR - SANTIAGO
Milagros Frías define “El verano de la nutria” como su primera novela de aventuras y un “cambio radical” con respecto a sus trabajos anteriores. En el libro, que presentó ayer en Santiago, arrastra a Clara, su protagonista, a una isla desierta, como una Robinson Crusoe de esta época.
–Dice Proust que las novelas no se inventan, sino que el escritor sólo las traduce. Usted incluye esa cita. ¿Le pasa lo mismo?
–Todas las novelas que están por escribir en algún momento han estado en un libo en la cabeza del escritor esperando un estímulo externo que las saque. En este caso fue uno muy concreto, la imagen de la mujer en la isla desierta. Me parecía una raíz perfecta para iniciar lo que pretendía escribir emulando a Homero.
–Ella es como una Robinson Crusoe moderna. ¿Pretendía rendir un homenaje a las novelas de aventuras de Defoe?
–Es un homenaje clarísimo porque a mí tanto Mark Twain como Conrad, Defoe o London me parecen grandes maestros, autores de obras literariamente magníficas y con una hondura emocional y una sabiduría que merece la pena visitar y revisitar. Son las típicas novelas de las que uno se prenda en la adolescencia, pero que resisten la prueba de ser leídas en la madurez.
–¿Cree que es ese tipo de libros el que debería recomendarse en los centros de enseñanza para fomentar hábitos de lectura entre los jóvenes?
–Creo que acertar en las obras que los chavales leen en las escuelas es fundamental y esas obras de las que hablamos son muy adecuadas. A ciertas edades obligar a leer El Quijote no sé yo si eso significa hacer de alguien un lector del futuro.
–Ha conseguido convertir en una aventura una materia tan compleja como la soledad y el tiempo. ¿Cómo se hace eso?
–La soledad, el tiempo, el peligro en nebulosa que te rodea un poco, pero que se concreta de una manera violenta, son materias para novelar muy subjetivas porque hay un misterio y unas expectativas, y a la hora de escribir es complicado porque se tiene que hacer todo muy rápido. Pero si se consigue, a la hora de leer, el efecto es el de no estar leyendo, sino viviendo una aventura en la piel del protagonista, en la que uno se va metiendo a medida que va pasando páginas.
–En la isla, ella siente que deja la humanidad para volver a la horda de la tribu. ¿No vivimos en ella ya de alguna manera?
–Creo que una de las mejores cosas que le han pasado al hombre es la civilización, con sus pros y sus contras. En una situación de soledad forzosa, el recuerdo de la tribu de la horda es potentísimo, es el acicate que se tiene para luchar por volver.
–Pero no es fácil regresar de la tribu a la civilización...
–El hombre siempre está en ello. Dentro de nosotros hay un animal primitivo que convive con ese otro animal tecnificado y que va en línea recta caminando hacia una sociedad en la que el ciborg se ve ya a medio metro.
–Al pensar en el mundo civilizado, lo primero que se le ocurre a su protagonista es Google. ¿Es el ejemplo total de civilización?
–Sí, Google ya es como las antiguas catedrales, el centro donde se concita la fe, la sabiduría y el rumor. En Google está todo ya.
–Esa sofisticación tecnológica hacia la que vamos, ¿no nos atrofia la capacidad para renovarse, para enfrentarse a la naturaleza?
–Es el hombre el que consigue esa capacidad tecnológica, aunque a medida que pasa el tiempo el progreso va a una velocidad que va dejando rezagado al propio hombre que lo propicia. El gran reto del hombre es no deshumanizarse. En ello estamos.
–Clara reflexiona sobre que cada infierno tiene su época. ¿Cómo serían las calderas de ultratumba de Dante si fuese contemporáneo nuestro?
–Como las describo en el libro: una frontera huidiza entre el bien y el mal que está cada vez más difusa. Eso me parece peligrosísimo porque los niveles de violencia y el potencial informativo es tan grande, vivimos tan en primer plano todo lo que sucede en toda su crudeza, que a la fuerza la sensibilidad se adormece.