SANDRA PENELAS
Hace mucho que las bibliotecas se quedaron pequeñas para albergar el conocimiento generado en los laboratorios. La investigación en el siglo XXI se realiza a escala global, con grupos de distintos países y disciplinas conectados virtualmente, y esto requiere de potentes herramientas tecnológicas. El bioinformático Julio Fernández Banet diseña estos "servicios para la comunidad científica" desde el Instituto Europeo de Bioinformática (EBI), cuya sede se encuentra en Hixton, Cambridge.
Una de las prestaciones del centro, que depende del Laboratorio Europeo de Biología Molecular y recibe un 85% de su financiación de la UE, es la de almacenar información. "A los investigadores se les exige guardar los datos en un sistema público para poder publicar, pero no todos pueden permitirse tener su propia web, por eso se lo facilitamos nosotros".
Fernández Banet está adscrito al departamento de Genómica Funcional y uno de sus proyectos está relacionado con los biobancos. A día de hoy, se contabilizan unos trescientos en toda Europa de tejidos o sangre y la gestión difiere casi en cada uno de ellos.
"Acumulan información internamente y para que un investigador sepa si tienen las muestras que necesita debe ponerse en contacto con ellos. Nosotros hemos creado una plataforma para que la información esté disponible de forma centralizada", explica.
En la iniciativa colaboran el Instituto Biomédico de Helsinki y la Universidad de Letonia y ya se han sumado nueve biobancos de Reino Unido y los países escandinavos. Todavía no han contactado con ninguno español, pero hay otros candidatos interesados, alguno de ellos de Europa del Este.
El bioinformático gallego también diseña otra herramienta para que los grupos de investigación que colaboran puedan compartir información "de una manera privada y organizada".
Fernández Banet se trasladó al EBI hace seis meses desde el vecino Instituto Sanger, el estandarte europeo en el Proyecto Genoma Humano: "Europa y EE UU colaboran, pero también se busca ser los primeros y el papel de estos centros es el de intentar agrupar lo mejor del viejo continente para competir y demostrar que aquí también se hace ciencia".
Su trabajo se centró en diseñar programas informáticos para la anotación computacional del genoma humano. "Tienes un libro lleno de letras y debes buscar dónde están las palabras y enlazarlas para crear frases con sentido. El método manual requiere mucha gente y tiempo, aunque tiene mejor calidad. También integramos los dos para comparar los datos obtenidos", explica.
El instituto cuenta con dos mil ordenadores para hacer todos estos cálculos y también una base de datos en internet de carácter público, el proyecto Ensembl, del que existe otra versión estadounidense.
Su carácter inquieto le llevó a trasladarse al EBI y, a pesar de que todavía lleva poco tiempo en su nuevo destino, ya tiene en mente buscar trabajo en EE UU. "Me gusta aprender cosas nuevas y cambiar de campo", admite.
Fue precisamente este rasgo de su personalidad el que también le llevó a descubrir la disciplina en la que se ha especializado. "Soy impaciente y el trabajo en el laboratorio me mataba porque había que esperar varios días por los resultados y repetir experimentos. Siempre me gustaron los ordenadores y gracias a una beca Barrié pude ir a Suecia a realizar un posgrado en bioinformática y unir las dos cosas que me gustaban. Sé que nunca voy hacer lo mismo y además hay mucha demanda", destaca.
Máster en Suecia
Su pasión por las ciencias de la salud le viene de familia –su padre es médico, como su abuelo, y su madre, enfermera– de ahí que estudiase Biología en Vigo y Santiago, adonde volvió tras su paso por la universidad sueca de Chalmers. "Fue un poco decepcionante porque te tenías que pelear todos los días por recursos. En España un doctorado no es nadie y no apuestan por ti hasta que no demuestras lo que vales fuera, mientras que en Reino Unido te consideran personal altamente cualificado y te cuidan", lamenta.
Aunque nació en Santiago en 1975, Fernández Banet se crio en Pontevedra y, para él, surfero confeso, "tener el mar cerca es fundamental". Las playas de A Lanzada y Vilar eran sus preferidas en Galicia, pero ahora la más cercana le queda a dos horas y, para usar la tabla, debe conducir cinco. Además las gélidas aguas no son practicables hasta primavera: "Una vez intenté ir en marzo con traje y gorro y casi me tienen que reanimar. Nunca había pasado tanto frío en mi vida".