ANDRÉS MONTES
De padre asturiano y madre gallega, el secretario de la Real Academia Española, catedrático de Teoría de la Literatura en la Universidad de Santiago de Compostela y ex rector de la misma ocho años, muestra una gran confianza en el idioma muy alejada de las negras advertencias de los agoreros. Para este filólogo al borde los 60 años, padre de dos hijos, el hablante es el auténtico dueño de la lengua.
–Hay una belicosidad en torno a las lenguas, incluso en Galicia, donde parecen darse atisbos de conflicto lingüístico.
–No existe conflicto, se está inventando, en mi opinión. Los filólogos tenemos, como los médicos, una especie de juramento hipocrático: amamos todas las lenguas y estamos a favor de todas, las estudiamos como vía de comunicación. Por eso cada vez que se instrumentaliza una lengua para dividir y para enfrentar se nos abren las carnes. Es una tergiversación absoluta de un instrumento prodigioso que el cerebro humano creó para facilitar la comprensión y la comunicación.
–Pero esos conflictos parecen más de naturaleza política, sin reflejo en la calle.
–Hablo por lo que conozco más de cerca y no existe ese problema. Los gallegos, como ocurre también con los asturianos, hemos sido un pueblo emigrante y el gallego hablante, el que tiene en su casa el gallego como primera lengua, cuando se ha ido a Buenos Aires, a Montevideo o a La Habana, se sintió amparado por el hecho de poder utilizar una lengua segunda que también era suya y no le resultaba ajena. Éstas son realidades que marcan y se imponen a cualquier otra consideración de tipo ideológico y político. Hay un sentido común lingüístico, que la gente lo tiene. y es lo que hace que esta conflictividad nos parezca tan artificial, lo que no significa que no percibamos el peligro, porque se empieza con ciertas consideraciones y se puede abrir una brecha allí donde no la había.
–En Galicia, ¿se pueden dar fricciones lingüísticas como las de Cataluña?
–Las situaciones sociolingüísticas son muy dispares. El panorama catalán o vasco no es equiparable al gallego, son sociedades distintas, con pulsiones e historias diferentes. Y luego también están aspectos inherentes a la propia naturaleza de la lengua. Catalán y gallego son de la misma familia neolatina. Otras lenguas provienen de otros troncos, con lo que es más difícil la comunicación. Pero lo importante es ese sentido común lingüístico. La lengua forma parte del patrimonio más inmediato de las personas.
–Ese sentido común lingüístico ¿es lo que convierte a los hablantes en elemento crucial de las lenguas?
–La lengua es una creación prodigiosa con un componente puramente biológico, en lo que tiene de resultado de la capacidad que ha desarrollado una determinada especie. Junto a eso está también la dimensión social. Una lengua existe porque hay una comunidad. Las academias jamás pueden considerarse ni dueñas, ni censoras, ni administradoras de la lengua. Son simplemente organismos de apoyo y de ayuda a ese organismo prodigioso de comunicación cuyos dueños son los hablantes.
–Sin embargo, hay una actitud académica o purista de la lengua que viene a decir a los hablantes algo así como “no me la hablen mucho que me la estropean”.
–Esa prudencia está justificada porque todos tenemos en mente palabras que estuvieron muy vivas en un momento determinado y a los cinco o diez años han desaparecido por completo. La Academia no puede asumir cualquier innovación, tiene que dejar que la lengua se serene y repose antes de incorporarlo, pero esa actitud no es, en modo alguno, contraria a esa fluencia del idioma, porque eso está en el propio origen de las lenguas. No existe una actitud conservacionista y menos intervencionista. Las lenguas neolatinas son un latín manipulado, tergiversado, en cierto modo violentado. Pero de ahí han salido el italiano de Dante, el francés de Rabelais, el castellano de Cervantes, el portugués de Camoens, el catalán de Joanot Martorell y el gallego de Rosalía de Castro.
–Desde esa perspectiva cambiante de las lenguas los diccionarios vienen a ser como una foto fija de un momento del idioma.
–Es una foto fija como podría serlo la foto fija de una carrera: refleja un estado que al momento siguiente ya no es lo mismo. Bien es cierto que las lenguas son sistemas estables, hay una continua incorporación de novedades, pero sobre un tronco muy estable. En el caso del español, ese tronco es estable no sólo en términos de la lengua, sino también geográficamente hablando, tiene un máximo común denominador amplísimo, que es lo que permite mantenerla unida dentro de la lógica diversidad de un instrumento que manejan 450 millones de personas.
–El cambio tecnológico acelerado en el que vivimos, ¿causa también una transformación rápida de la lengua?
–Soy muy mcluhiano. Marshall McLuhan afirmaba que la tecnología nos proporciona instrumentos que son extensiones de nuestros sentidos, de modo que cada vez que hay una novedad tecnológica nuestra condición humana se modifica. Estamos ya en lo que Manuel Castells llama la galaxia internet. Estos fenómenos los veo con esperanza. La condición humana y la facultad del lenguaje siempre acabarán acomodándose a esta extensión de los sentidos para bien. Por ejemplo, hay mucha preocupación por el uso de las abreviaturas en los mensajes de telefonía y el nuevo lenguaje que utilizan los jóvenes en ese medio. En un manuscrito medieval encontramos más abreviaturas que en un SMS actual. Todo responde a la misma razón: la economía, algo muy propio de las lenguas. Sin embargo, ese uso ya presente en los códices del siglo XII no supuso ninguna corrupción de la lengua.
–El español ¿tiene en internet el peso que le corresponde a su presencia en el mundo?
–En internet hay que progresar. Al hablar de la importancia o de la preeminencia de una lengua hay que considerar varios criterios. Está el criterio de la lengua como portadora de cultura, que en el caso del español es extraordinaria, enriquecida con aportaciones de ambas orillas del Atlántico. Luego está el factor demográfico y ahí jugamos en condiciones muy favorables porque el crecimiento vegetativo de los hispanohablantes es continuo y somos la segunda lengua más estudiada del mundo. En el terreno de la economía o geopolítica ya inciden otras circunstancias. La II Guerra Mundial la ganó el inglés, que barrió al alemán, predominante hasta entonces, como lengua de cultura y de ciencia. En internet tenemos un espacio modesto no equivalente al peso cultural de la lengua española.
–¿Y qué hay de ese nuevo instrumento tecnológico que quiere ser una reinvención del libro?
–Me gustaría que lo llamáramos “portalibros” porque eso de “e-book” es muy difícil de adaptar fonéticamente al español. Claro que esto es un brindis al sol, porque acabará llamándose como se tenga que llamar. Eso es fascinante, aunque los agoreros vuelvan a anunciar la muerte del libro, que al parecer acaecerá en el año 2018. Sin embargo, hoy en día se escriben, se editan y se leen más libros que en ningún otro momento de la historia de la humanidad.
–Congresos como el que está a punto de celebrarse en Valparaíso ¿alientan el sentido de comunidad del español?
–La comunidad lingüística se mueve a diario y en todos los ámbitos, al margen de los que hagan las academias. Los medios de comunicación y la educación son fundamentales, son los auténticos factores de la unidad del idioma y de su desarrollo en positivo. El beneficio de los culebrones en favor de la unidad del español es impagable. Son producciones que atraen a un público muy amplio y sirven para exhibirse en cualquier país de la comunidad hispanohablante. La Asociación de las Academias de la Lengua realiza una importante labor en esta misma línea.