ANTONIO G. GONZÁLEZ
–El mar y la mujer. En A ciegas dice: “He amado al mar más que a la mujer, antes de comprender que son lo mismo”. El mar es tanto conceptual como físico...
–Ambas cosas. De niño el mar fue el lugar de las primeras aventuras, juegos, de los primeros encantamientos amorosos. Después el mar fue “lo abierto”, donde no se sentían las fronteras. Y yo no siento tanto el mar de la tempestad, de la tragedia, la caída de Constantinopla, el mar que trae la porquería.
–En Utopía y desencanto identifica Trieste como el lugar en el que desemboca la porquería del Adriático. ¿Lo dice en sentido simbólico o real?
–[Risas] Sí, como un cul-de-sac. Contemporáneamente veo Trieste como una parte del Adriático, mar bellísimo, que se limpia por vecindad con Grecia. También siento al mar como abandono, lugar que refleja el destino de los grandes ciclos, un respiro épico que devuelve la unidad de la vida. Y también el Eros, impensable el mar sin el Eros. Somos de agua, venimos del agua como especie, nadamos dentro de la madre antes de andar. Y luego está el mar como apertura, comunicación, aventura.
–Ambivalente Trieste, su tierra natal. De ahí su interés constante por la frontera, las identidades...
–Sí, es una relación ambivalente. Lo de la frontera es curioso porque de niño lo que teníamos a escasos kilómetros era el Telón de Acero y detrás un mundo que era ajeno y familiar. Ajeno porque representaba algo oscuro, pero familiar porque esa zona había sido italiana hasta casi la II Guerra Mundial. Pero no habría acabado de construir de Trieste un mundo simbólico sin mi paso por Turín, que es la otra ciudad de mi vida, la de estudiante, la ciudad de la historia, de la política, de la protesta, capital del antifascismo, la gran población con inmigrantes de la bolsa del Sur, mientras que Trieste declinaba. Turín me dio la libertad de crecer de forma autónoma.
– Usted organiza un encuentro con lo real, entendiendo por tal aquello de lo que no podemos saber casi nada. Eso es muy Mitteleuropa: Es Svevo, es Freud.
–Siempre digo que en La Exposición [pieza teatral de 2001 en la cual una mujer muere por un hombre, un poeta Activista, para salvarlo del conocimiento de “la horrorosa nada”], mi obra más autobiográfica, es un libro de naufragio, sin duda, pero también de grandes pasiones y de una gran humanidad. También está ahí la historia de aquel grupo de partisanos que, por construir la felicidad del mundo a través del socialismo, lo sacrifican todo, abandonan el amor y acaban, sin embargo, sus vidas en el gulag de Goli Otok.
–En A ciegas, libro que narra de forma despiadada el fracaso del comunismo, también contiene un homenaje a la grandeza del comunismo...
–Sin duda, porque en muchos de aquellos hombres y mujeres se ve la fidelidad, no a la bandera roja, sino a los ideales de justicia e igualdad, a la determinación radical de cambiar el mundo, aunque con esa bandera luego se hicieron cosas terribles.
–Ha dicho que en su reconstrucción de la Mitteleuropa [una auténtica cultura europea a comienzos del siglo XX] fue clave poder conocer los países del Este antes de la Caída del Muro.
–Tuve la gran oportunidad entre 1981 y 1986 de recorrer los países del Este viendo cosas pequeñas, pero significativas de la convivencia de culturas, desbrozando sustratos de historia de ese mundo danubiano, una imbricación de culturas diversas, plena de matices, muy rica, perfectamente perceptibles, por ejemplo en Rumania, que vivía en una relativa tranquilidad entonces, y que habría sido imposible volver a encontrar después del gran acontecimiento de 1989.
–Usted primero abrazó lo alemán, pero en Turín descubre que la Mitteleuropa tocó de lleno a Trieste y se pone a reconstruir lo europeo.
–Del mundo alemán me interesó la capacidad extraordinaria de penetración de los profesores al explicar los textos de Lutero, o exponer la significación histórica de Enrique VIII, pero también el mundo más disparatado y trágico, faustiano; una impresionante contradicción que, sin embargo, tenía su correlato en la literatura italiana. El mundo danubiano fue como un espejo en el que de golpe yo me reconocí.
–Y vuelve a metaforizar Trieste como extraterritorialidad.
–Sí, mi interés por lo judío, que es tan europeo como lo alemán. Y también por lo que fue una intuición de la literatura judía de entre guerras, que el centro estaba más en la periferia que en sí mismo. Hoy corremos el peligro de que la periferia intente ser centro pero no dentro de una unidad, esa unidad que representa que usted y yo hablemos y nos reconozcamos partes de un común, lo europeo.
El peligro es la creación de pequeños mundos que son centros negativos. Cierto que la globalización unifica tanto que la gente necesita hoy preservar alguna identidad. Pero es una gran oportunidad para reencajar particularidad y universalidad. Dante decía que había bebido tanto el agua del [río] Arno que un pedazo de mar entraba ya en Florencia y que esto llevaba a nuestra patria el mundo, como una peripecia del mar. Claro, el miedo al gran agua del mar ha aumentado con la globalización. Creo que está sucediendo hoy en todo el mundo lo que ocurrió en la Grecia antigua durante el siglo II antes de Cristo, cuando la crisis del clan y de la familia hace nacer la polis y la democracia ateniense, que hace saltar todas las estructuras sociales anteriores. Lo que necesitamos es una percepción elástica de la identidad. y verla siempre en movimiento.
–La frontera. A pesar de que hay fronteras físicas endurecidas, como saben los inmigrantes ilegales, hoy lo fronterizo ya no es sólo de orden geográfico
–No, ciertamente. En Trieste la frontera ya no es la que había con el mundo eslavo, sino que son las fronteras invisibles, sociales y culturales, dentro de la ciudad; con los inmigrantes de Senegal, los chinos, de los que no sé nada, y que no llevan a sus niños al colegio. Temo a esas nuevas fronteras. Se trata de mundos de espaldas pero dentro de Europa