F. FRANCO - VIGO
Y ahora Premio Planeta. De Ángeles Caso se sabe bastante de su paso fulgurante por televisión, su tarea como columnista en prensa y su ya larga labor novelística. Se sabe menos que es hija de un ex rector de Universidad (la de Oviedo entre 1973 y 1977), que creció en un ambiente culto, que estudió cuatro idiomas, música y danza, y luego se licenció en Geografía e Historia, especializándose en Historia del Arte. Abandonó todo en 1988, para dedicarse a la literatura, su pasión.
–Permítame la vulgaridad. Buena recompensa la del Planeta...
–Permítame usted a mí otra. Lo dejé todo por escribir. Para ganar dinero me hubiera quedado en la tele, que seguro que me hubiera hecho millonaria. Planeta me da 600.000 euros, bienvenidos pero, la mitad, para Hacienda; la otra, para la hipoteca.
–¿Escribió usted para ganar el premio?
–Yo escribo para mí misma, no me preocupo del destino del libro porque sería poco honrado. La única voz que debe escuchar el escritor es la suya propia. Todos intentamos, como dijo Rulfo, escribir la novela que nos falta en la biblioteca.
–Antes la biblioteca era un espacio de calor, ahora lo consideran un problema doméstico...
–Las dimensiones de las casas hoy, muy pequeñas, y las dimensiones de internet, tan grandes que quieren sustituirlo todo. Pienso en el libro electrónico. Pero yo en mi casa apenas tengo muebles, tengo estanterías para libros. Me vaya a donde me vaya, si me llevo mis libros, estoy en mi hogar. Yo no podría vivir sin eso, me sentiría desprotegida, sola sin ellos.
–El personaje real de su novela trabaja ahora en una cafetería lisboeta. ¿No acabará poniendo Il Café di Roma en una gira turística algún avisadillo?
–¡Por favor, espero que no, que la dejen tranquila! Tiene usted la mente calenturienta.
–Aquella mujer de El peso de las sombras, que escribió hace 15 años, y ésta, emigrante, del Planeta. ¿Distintas?
–Dos polos opuestos. Aquella era del mundo desarrollado, muy débil, sin recursos morales para luchar por la existencia... El caso de la emigrante de mi novela última es el de una mujer con fuerza, valor y resistencia a la adversidad.
–Los occidentales, que por tener mucho, especulamos con todo y todo es problema...
–Cierto. Soy una devota de nuestra cultura pero no por ello dejo de reconocer que tanto privilegio, tanta comodidad, nos ha debilitado. La depresión y la ansiedad son lujos de países ricos; los pobres tienen que vivir.
–Algo de eso quiso contar en Contra el viento?
-Cada novela es para mí un gran tema sobre el que reflexiono. En esta quise contar la historia de unas mujeres que son unas luchadoras natas, que pelean contra todos los malos vientos para salir adelante con su familia. Y en las mujeres emigrantes está esa condición.
–Vivir permanentemente pensando si se tendrá el favor del público. ¿No le sitúa a los escritores en un grupo de riesgo?
–En una permanente fragilidad (risas). Yo estuve los últimos 9 años con la sensación frustrante de que ya no era capaz de escribir más novela y, por eso, cultivando otros géneros. El Planeta me devolvió la confianza.