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HEMEROTECA » |
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CARMEN VILLAR - SANTIAGO Trueba toca madera cuando le preguntan por el Oscar. Tal vez no se lo lleve de nuevo por “El baile de la victoria”, pero ya saldó su deuda con Billy Wilder cuando recogió el de “Belle Époque”. En todo caso, no faltan galardones en su currículo y ayer sumó otro, el Cineuropa a su trayectoria como cineasta, otorgado por el festival de Santiago. Y qué mejor homenaje que proyectar la película con la que el rostro de Darín iluminará las carteleras dentro de siete días.
–Afirma que no puede hacer una película si no se enamora un poco de los personajes. ¿Qué tienen que tener para generar en usted ese sentimiento?
–Es indefinible. ¿Sabrías decir tú que tiene una persona para enamorarte de ella? No sabes definir por qué te conquista alguien. En todo caso, el personaje debe tener complejidad, vitalidad... y para mí es importante que sean personajes con los que esté dispuesto a pasar dos años de mi vida.
–Como una relación...
–Sí, porque vives con los personajes. No sólo en el rodaje, en la escritura del guión, en el montaje... Los tienes que moldear.
–¿Y ellos qué le devuelven?
–Les ves vivir. Cuando finalmente viene el actor y se mete dentro y habla y se mueve y le da cuerpo, crees en su existencia incluso tú. Para mí esos personajes existen, están vivos.
–Darín era perfecto, dice usted, para uno de sus personajes. Pero además tenía muchas ganas de trabajar con él. ¿Por qué?
–Porque me encantó en algunas películas que me gustaron e incluso en otras que no me gustaron tanto, él siempre estaba increíble porque es un actor que siempre transmite una verdad. Le crees. Cualquier cosa que sale por su boca, cualquier mirada... la crees. Por eso es el actor con el que más ganas tenía de trabajar y no sólo de los que hablan en castellano, sino de cualquier nacionalidad.
–Otra película suya inspirada en una novela...
–Han sido novelas que al leerlas me han hecho soñar la película. Y me ha ocurrido eso que dice Dalí: “Las mejores películas son las que se ven con los ojos cerrados”, que yo interpreto que, cuando uno cierra los ojos, haces cine dentro de tu cabeza. El cerebro es una gran sala de cine. Y esas novelas me hicieron verlas ahí dentro y por eso hice las películas.
–¿Qué tal se llevó con los autores? Porque muchas veces protestan por las adaptaciones...
–Muy bien, pero depende de ellos. Si a un novelista no quiere o no le gusta que le adapten al cine, lo que tiene que hacer es no vender los derechos. Lo que no puede ser es que te guste cobrar el dinero y luego protestar.
–¿Con la crisis los cineastas en general persiguen más el éxito comercial? ¿O hay mejores ideas?
–La gente que persigue el éxito no suele hacer cosas buenas nunca. Por supuesto, a todos nos gusta que lo que hagamos tenga repercusión, guste y que vaya a verlo cuanta más gente mejor, pero eso no debe ser lo que te conduzca a hacer la película, sino el hacer la mejor película posible. Siempre hay gente que va detrás de la pasta y gente que va tras la gloria. Y lo digo con ironía pero también con verdad, en el sentido de hacer algo hermoso, que la gente lo recuerde dentro de diez años. Eso es la gloria.
–¿Y usted qué persigue?
–La gloria. A mí lo que me motiva es pensar en las películas hermosas que hicieron Renoir, Wilder... Para mí lo hermoso es algo eterno. Yo busco la belleza y la busco todo el rato. En el cine, en la música, en la pintura, en la literatura. Eso busco. Como la exposición de Hockney sobre paisajes de Yorkshire. ¡Qué bonita! Aún me pone la carne de gallina.
–Reiteradamente ha expresado sus críticas contra la televisión. ¿Sigue lamentando la labor destructiva que ejerce en el cerebro de los ciudadanos?
–Creo que uno de los grandes errores que han cometido los políticos es pensar en la televisión sólo para ver cuántos segundos les dan a ellos y si son más que los del otro partido. Es un error cotidiano y deberían tomárselo en serio porque es un caballo de Troya. En Europa ya ganó las elecciones Hitler y las ha ganado también Berlusconi y, aunque no los comparo, creo que son dos anomalías muy gordas y que los europeos deberíamos aprender la lección que cada uno de estos errores encierra. Por eso, deberíamos colocar la televisión en su sitio y redefinir su función para no permitir la berlusconización de Europa y, por supuesto, de las televisiones.
–¿Tan mal lo ve?
–Se permite que las televisiones sean una especie de cosa donde alguien puede hacer lo que le da la gana con los espectadores. Eso no es libertad. Libertad sería que todos pudiéramos tener una televisión, pero se les conceden sólo a unos pocos, cosa que no entiendo. ¿Y por qué? ¿Es que son muy buenos? ¿Están preocupados por el bien general? ¿Por la educación? No. Son el mal.
–¿Cuál sería la vacuna?
–Que los políticos se lean los libros de Roberto Rossellini sobre la televisión, que él explicaba muy bien lo maravillosa que es y la gran cosa que podía ser para la humanidad.
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