F. FRANCO - VIGO
“Los amables sentimientos entre don Juan Carlos y Suárez, que venían de lejos, ayudaron mucho a conducir a buen término la difícil empresa del cambio de régimen en España”. Eso afirma el periodista Abel Hernández, que ayer estuvo en el Club FARO y fue presentado y entrevistado en público por el periodista Ánxel Vence.
Su charla, “Desmontando a Franco. El Rey y Suárez en la Transición”, fue una crónica de la relación personal y política que existió entre ambos, dos personajes claves de la Transición española que colaboraron en el cambio de la historia del país. Abel Hernández habla de tres actos “en lo que tiene mucho de tragedia griega en las relaciones entre ambos”: el encuentro, el desencuentro y el reencuentro. “Algo tan evanescente y variable como los afectos –señaló– va dando forma o va deformando la acción política en un momento clave de la vida nacional. Pero las dos personas merecen, en mi opinión, ahora que caminan con el tiempo a la espalda, un tributo de admiración, gratitud y respeto”.
El hecho es que los sentimientos personales quedaron entumecidos después de aprobada la Constitución y celebradas las segundas elecciones, cuando el presidente se vio obligado a gobernar consultando más a su partido que al monarca y éste antepuso, con el paso del tiempo, el deber a los sentimientos. “Fue cuando se conjugaron las desavenencias políticas –explicó–, el tremendo acoso a Suárez dentro y fuera de su partido que le dejó bloqueado y la decisión del Rey de ejercer su oficio pensando sobre todo en el afianzamiento de la Corona”.
El reencuentro
El reencuentro tuvo lugar cuando el primer presidente constitucional, acosado por las desgracias y el decaimiento de su alma (dijo Hernández que su enfermedad psíquica, precursora del Alzheimer, venía de lejos), le hicieron perder a Suárez su ambición política y se sintió aún más desamparado al morir su mujer. “Ya no sabe quién es –dice–, no conoce a sus hijos ni al Rey. Justo ahora que ha perdido el pasado y carece de futuro se ha convertido en un mito viviente. Y en el corazón del Rey han revivido los viejos sentimientos de afecto y gratitud, teñidos de compasión, que perpetúa esa foto de cuando le visitó en su casa y aparece con la mano en su hombro”.
Entre dificultades sin cuento y gracias a su cercanía afectiva, afirma Hernández que llevaron a cabo la Transición de la mano. “Eligieron con buen criterio –dijo– el camino de la reforma, evitando el inmovilismo y la ruptura”. El conocido periodista, que acaba de publicar en Espasa “Suárez y el Rey” (Premio Espasa de Ensayo), contó que “ambos fueron recibidos con desconfianza, cuando no con hostilidad. Para unos eran herederos y continuadores del franquismo y para otros los traidores al mismo”.
Una equivocación
Suárez, al día siguiente del golpe, le dijo al Rey, según relató el periodista: “Creo, señor, que me he equivocado, pensaba que Armada era un golpista”. Pero el monarca le contesta que no estaba equivocado y le confirma que Armada había sido el autor del golpe. Antes del 23-F, Suárez ya había aventurado: “Este nos dará el golpe”. Había un clarísimo enfrentamiento entre Armada y Suárez, que le pone firme en la Zarzuela y le manda de gobernador militar a Lérida. El principal error del Rey fue fiarse más de Armada que de Suárez en aquel momento. Es verdad que luego lo arregla la noche del 23-F.
A una pregunta de Vence, respondió Hernández que “ya siendo Príncipe, el Rey sabía que la futura monarquía no podría ser del Movimiento. Sabe que su padre sufre mucho con la decisión de aceptar él la sucesión pero también que si quería que la monarquía subsistiera no podía negarse porque ya le habían dicho que o él o nadie. Sabe que sólo él puede salvar la continuidad de la monarquía en España. Y se da cuenta de que el cambio sólo se podría hacer desde dentro. Podríamos decir que en ese momento eran dos hombres y un destino y estaban solos ante el peligro, parodiando al cine. Hicieron una tarea fantástica para España con su complicidad”.