F. FRANCO - VIGO
Aunque el libro salió ahora, ya hace al menos dos años que Reverte hizo el recorrido por la geografía de la fiebre del río en Alaska, y se le nota porque la barriga se le ha sublevado, nada que ver con aquel cuerpo que sacó tras remar quince días en canoa por el hermosísimo río Yukon. “Tendré que hacer otro viaje para bajarla”, dice este Reverte recurriendo al buen humor del que disfruta.
–Tanto viajar, tanto viajar ¿Es que aún no se ha cansado de ver mundo?
–Al contrario, tengo más ganas de viajar que nunca. Cuando era niño soñaba con viajar y conocer otros mundos pero cuando me casé y me asenté como periodista en Madrid u otras ciudades extranjeras no era un loco de los viajes. Empecé a viajar para hacer libros y esto se ha convertido en mi modo de vida.
–Le ha cogido el tranquillo...
–Es como una droga y cada vez precisa más sustancia.
–¿Para qué se va a mover uno si puede hacer viajes maravillosos en el sofá leyendo a quienes como usted hacen el trabajo sucio?
–(Risas) No es lo mismo. Yo creo que viajamos para reflejar nuestra vitalidad con la vitalidad del mundo, para poner en marcha los sentidos, sea el olor, la vista, el tacto.
–Uno se imagina un lugar y luego el lugar no tiene que ver con lo imaginado...
–Las cosas son según cómo se miran y, en mi caso, la realidad mejora la imaginación.Yo viajo tras leer mucho y por tanto cargado de expectativas y aun así la realidad nunca me defrauda. Quizás por eso me gusta viajar más ahora que antes.
–Imagino que para encontrar la belleza hay que estar predispuesto a ello...
–Una verdad como un templo. Cuenta mucho tu predisposición, es decir, si estás dispuesto a recibir mucho el mundo se abre más a ti; si estás cerrado, menos. Es como el amor, en definitiva.
–¿Tiene usted recursos para sobrellevar los contratiempos?
–A menudo me pierdo en el camino, sobre todo porque soy un poco despistado. Y entonces recurro a la risa, a reírme de mí mismo. Es la manera de sobrellevar mommentos difíciles, como significa desandar lo andado. También, en una ocasión reciente volcó mi canoa en unos rápidos, los del Yukón, y tuve que salir nadando. Salí riéndome porque me preguntaba qué narices hacía yo allí a mi edad.
–Pero oiga, está usted en la edad en que otros empiezan a cultivar su jardín...
–Yo me siento muy niño todavía o, dicho de otro modo, intento buscar el niño que fui en cada viaje, aquel que tenía muchos sueños en la cabeza. A veces me pregunto ¿estaré a la altura del niño que fui?
–Ha navegado por el Amazonas, el Congo, el Yukon... ¿por qué tanto río?
–Para mí el río es sinónimo de vida porque a sus orillas crece la ciudad, la arboleda, las huertas...
–Dice usted que cada río tiene su alma.¿El Amazonas la tiene diferente del Congo?
–Claro. El río Congo es un río maléfico, lleno de peligros, muy desconocido. El Amazonas es insano, transmite enfermedades, está rodeado de pobres. El Yukon en Alaska es el río de la luz, lleno de vida y de fuerza, transmite vigor y vehemencia.
–Caerse al agua en un recorrido de 750 kilómetros es algo verosímil...
–Volcamos en unos rápidos y tuvimos que recuperar como pudimos nuestros enseres, secándolos en una hoguera que hicimos en la orilla. Recuerdo el olor de mi ropa tras haber estado cerca de la hoguera.
–Cada geografía tiene sus aromas...
–Cierto, tenemos una memoria olfativa. Mi infancia, por ejemplo, la asocio con el olor de los pinos de la sierra madrileña.
–¿Y el amor?
–Con jazmines, que es mi flor favorita.
–¿Es difícil seguir caminando después de veinte años por África y otros lugares del Mundo?
–No es nada difícil seguir caminando porque se está mejor mundo adelante que aburriéndose en Madrid, en donde siempre se está hablando de las mismas cosas. En el viaje, cada día es nuevo y eso es lo interesante.
–¿Cuál es su viaje más inolvidable y cuál es el que sueña con hacer?
–El más inolvidable fue el que hice, con once años, para ver el mar por vez primera. Sueño con muchos viajes y lo bueno es que, por lo general, los acabo realizando.
–Por contraste, podría hacer una crónica de viaje del Inserso a Benidorm...
–Si hiciese un libro de un viaje del Imserso a Benidorm sería un libro lleno de ternura y de respeto, no lo dude. Algo ya escribí alguna vez aunque no sé para quién ni dónde.