EDUARDO GARCÍA
María Teresa Álvarez es una mujer viuda desde hace seis días. Su marido, Sabino Fernández Campo, falleció el pasado lunes a los 91 años de edad tras una trayectoria pública impecable y una biografía no menos apasionante. María Teresa Álvarez, candasina, 63 años, periodista y escritora, asegura tener tres sacas de cartas y telegramas de condolencia. “Contestaré uno por uno a todos, porque así me lo hubiera exigido mi marido”, dice.
–El vacío que deja Sabino, ¿cómo es?
–Enorme. Ando por casa y me parece sentirlo toser. Estoy sola y a veces espero que llegue en cualquier momento. Pero no quiero que nadie se quede a acompañarme por las noches.
–¿Se atreve a hacer balance de su matrimonio?
–Fue una convivencia muy enriquecedora, yo aprendí muchas cosas de mi marido; aprendí tranquilidad, aprendí a cumplir escrupulosamente con los demás y a pensarme las cosas tres veces antes de decirlas o hacerlas. Siempre me tuve por una persona generosa, esa es la verdad, pero Sabino me enseñó que con la generosidad no basta, que además es muy bonito lograr que los demás a tu alrededor se sientan importantes.
–Dicen que con la muerte las personas a las que queríamos se agigantan.
–No es la sensación que tengo ahora, quizá porque la soledad inmensa puede con todo. Pero también siento paz y sosiego. Sabino vivió 91 años en plenitud. Yo soy creyente y en estos trece días de hospital le pedía a Dios que me lo dejara más tiempo, aunque fuera en una silla de ruedas, para poder cuidarle y poder mostrarle todo lo que le quería. No pudo ser, el ciclo vital se había terminado.
–¿Recuerda la primera vez que vio a Sabino Fernández Campo?
–¡Sí! Era el Día de América en Asturias de 1976, en Oviedo. Yo tenía 30 años pero no los aparentaba, mis compañeros de Televisión Española me habían pedido que le expusiera a Sabino una serie de reivindicaciones y creo que estuve bastante ácida. Él me atendió, me escuchó y después supe que había dicho: María Teresa ha estado desagradable pero se lo puede permitir porque es muy guapa.
–Va a echar de menos su ironía.
–Es verdad. Tenía una rapidez de reflejos increible, yo me moría de risa con él. Y la ironía la conservó hasta el último momento. Hace apenas unas semanas Sabino estaba hablando por teléfono con una persona que le preguntaba por su salud. Había perdido tono muscular y le decía a su interlocutor: mira, vengo ahora de la cocina y es como si hubiera venido del Naranco.
–Un tipo elegante. Dígalo ahora sin tapujos, aunque se arriesgue a que la esté escuchando desde algún lugar.
–Elegante en todo. Con prestancia, con un cierto glamour que yo creo que tenía mucho que ver con su mirada maravillosa, melancólica y penetrante. Mirada de un hombre bueno. Cuando andaba por casa de un lado para otro lo hacía con enorme elegancia, y ahora me doy cuenta cómo se agradece vivir con una persona así. Vivir con mi marido era muy sencillo, una convivencia fantástica aunque teníamos opiniones muy enfrentadas y además las poníamos de manifiesto delante de la gente.
–¿Cuál era el reproche preferido en relación con su marido?
–Le decía: Sabino, es fantástico tratar a todo el mundo bien, pero tiene que haber diferencias. Hay impresentables que no se merecen que se les trate tan bien.
–¿Y con qué reproches contratacaba su pareja?
–Muchísimos. Mi feminismo le ponía enfermo, y entonces es cuando me llamaba la condesa roja. Pero le voy a decir una cosa: estoy segura que en el fondo se sentía muy orgulloso de que yo fuera de esta manera. Nunca me lo dijo pero admiraba la capacidad que tengo para ser sincera y sublevarme ante una injusticia.
–Seguramente él aprendió a no hacerlo.
–Sus circunstancias fueron otras. Nos llevábamos 28 años pero la diferencia se notaba poco, salvo que él no tenía ganas de viajar y a mí me sigue encantando. Pero por lo demás nos complementábamos bien. Él me dio madurez y yo le ayudé en otras cosas aunque nunca pude conseguir que se aficionara a internet ni que escribiera con ordenador.
–Usted ha dicho por activa y por pasiva que no habrá memorias de Sabino Fernández Campo.
–Es cierto. No las habrá. Lo he repetido estos días unas cuantas veces. Todo lo que él tenía que decir lo dijo en vida, y eso es todo.
–¿Escribirá algún día sobre su marido?
–No. Es imposible ser objetivo escribiendo y yo, con Sabino, sería muy, muy subjetiva.
–Ser subjetiva no tiene por qué ser malo. A veces hasta es necesario...
–Pero no, no creo que lo haga nunca.
–Antes hablaba de la diferencia de edad. ¿Aflora el recuerdo de alguna incomprensión ajena ante aquella boda?
–Ninguna. Fue una boda en secreto, así que cuando la mayoría de la gente se enteró los hechos ya estaban consumados. Nos casó el padre Ángel el día de Santa Teresa (15 de octubre) y la gente se enteró cuando fue inaugurado el busto de Sabino en el campo de San Francisco, el 23 de octubre de 1997, víspera de la ceremonia de los Premios en el Campoamor. En ese mismo acto el príncipe de Asturias le pidió a Sabino que nos presentara.
–No me imagino yo a Sabino Fernández Campo diciendo “te quiero”.
–¿No? Pues me lo dijo muchas veces, pero el día en que se declaró no me dijo “te quiero” sino “te necesito” ,