C. G. - PONTEVEDRA
Pontevedra vivió ayer una de las jornadas festivas más multitudinarias del verano con la Feira Franca. Un año más, y ya son diez, la capital de la provincia recordó su esplendoroso pasado medieval y se sumergió en un viaje al pasado retornando a la Edad Media. Los pontevedreses volvieron a hacer uso de aquel privilegio especial concedido en 1467 por Enrique IV y celebraron un mercado libre de impuestos que debía tener lugar entre el los 15 días anteriores y posteriores al 24 de agosto, festividad de San Bartolomé.
Informáticos, empleados de banca, administrativos... todos se enfundaron los trajes de época y se convirtieron en hombres de armas, mesoneros, herreros, campesinos y bufones. Y es que una vez más, fueron los pontevedreses y muchos visitantes llegados de fuera los que hicieron de esta una fiesta especial, en la que la población se convierte en protagonista, parte activa del evento y no meros espectadores.
De hecho, además de batirse el récord de asistencia (ayer se hablaba de la posibilidad de que se congregasen más de 100.000 personas), la X Feira Franca destacó por que la práctica totalidad de los participantes en el evento vestían su correspondiente traje medieval. Era difícil encontrarse con alguien que no se hubiera contagiado del espíritu de la fiesta. La mayoría eran turistas gratamente sorprendidos por la implicación de los pontevedreses en la Feira Franca y que también se lo pasaron en grande.
La representación del transporte del vino, que empezó media hora más tarde de lo previsto, dio oficialmente el pistoletazo de salida a la Feira Franca en la jornada de ayer. Recordando la llegada del vino del Ribeiro a la ciudad, un carro tirado por bueyes se adentró en el casco viejo a través de la antigua puerta de Rochaforte, en Santa Clara, para abastecer con los mejores caldos a unos pontevedreses sedientos de diversión. La comitiva estaba fuertemente protegida por una escolta a caballo y numerosos hombres de armas. Titiriteros, zancudos de grandes manos y varios dragones escupiendo fuego por el hocico dejaban boquiabiertos a los más pequeños.
Abastecida la ciudad con suficientes pertrechos, la Feira Franca pudo comenzar. El casco viejo ya se había transformado en una antigua villa medieval con enseñas y balas de paja. Ni siquiera las señales de tráfico, los buzones o las cabinas de teléfonos se salvan en este viaje al pasado y desaparecen bajo telas de saco. Los adornos de las casetas particulares que montaron las diferentes peñas rivalizaban con los que decoraban los bares y establecimientos de hostelería convertidos en fondas, mesones y posadas del siglo XV. En total, el Concello autorizó un total de 220 comidas y cenas en las calles del casco antiguo, así como en otras calles del entorno. Se calculaba que sólo en estas comidas particulares podían participar unas 6.000 personas. Todo ello sin contar con los miles que decidieron degustar el menú medieval en los diferentes establecimientos hosteleros o en los numerosos puestos que se instalaron en las calles de la ciudad.
En ellos no faltaba de nada, desde los más deliciosos postres a establecimientos de artesanía, artículos de salud y belleza elaborados con productos naturales. Pero sobre todo había comida. Y en este punto los vegetarianos lo tenían más bien crudo. Mejor dicho: asado. La carne de cerdo en todas sus versiones era la que triunfaba. Churrasco, los porquiños á brasa, chorizos de toda clase..., multitud de productos inundaban de diferentes olores las calles de la ciudad mientras se cocinaban al aire libre y al más puro estivo medieval. La empanada en todas sus variantes es otra de las comidas estrella.
Tras la opípara comida llegaron los brindis, el chupito y el café. Luego se le dio tregua una pequeña tregua al estómago y muchos disfrutaron de las justas medievales que se celebraban en la plaza de toros. Allí, doncellas y mozos vitorearon a los mejores caballeros andantes del momento. Es la Feira Franca y también hubo tiempo para conocer algunos de los maestros que se dedican a profesiones de tanta tradición como los herreros, las redeiras, las palilleiras, los canteiros, los luthiers o los cesteiros. En la plaza de A Ferrería o en Méndez Núñez mostraban al público los secretos de su profesión.