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HEMEROTECA » |
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PABLO GALLEGO - AVILÉS Mucha gente pensó que era una broma. ¿Brad Pitt en Avilés? ¡Anda ya! Pero no. El mismo Brad Pitt que posa con Angelina Jolie en la alfombra roja o recorre el mundo junto a sus seis hijos hizo una parada en la villa asturiana para visitar las obras del Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer, e interesarse por el proyecto de la futura Isla de la Innovación.
Poco más de veinte horas –desde la tarde del domingo y hasta las 15.36 horas de ayer, momento en el que el avión Falcon del actor despegaba del Aeropuerto de Santiago del Monte rumbo a Francia– fueron suficientes para que Pitt enloqueciese a sus fans avilesinas y demostrase hasta qué punto su visita al Principado no tenía nada que ver con su faceta como actor.
El protagonista de "Leyendas de pasión", de "El club de la lucha" o de "El curioso caso de Benjamin Button" pasó por Asturias como un capataz-empresario interesado en conocer nuevos proyectos en los que desarrollar su declarada pasión por la arquitectura. Sin comparecencia ante los medios ni concesiones a la legión de admiradoras que comenzó la mañana de ayer como había terminado la noche del domingo: con el colapso de la entrada principal del hotel Palacio Ferrera.
"¿Y quién es Brad Pitt?", preguntaba un caballero atrapado entre una avalancha de fans armadas con teléfonos móviles y cámaras de fotos. Paparazzis a la caza del "divino", como le denominó la encargada de responderle, "pues quién va a ser, el que está con la Jolie, hombre, la de los labios". Ahí la cosa ya estaba un poco más clara y, para salir de dudas, el caballero se quedó a la espera.
Mientras tanto, el actor y el arquiteto Lars Kruckeberg se reunían con el director del Centro Niemeyer, Natalio Grueso, que cambió la camisa negra del domingo por la blanca de ayer, pero con las mismas zapatillas rojas. Pitt, con gorra, manga corta, camiseta interior y pantalones beige. Dos de sus asistentes entraron y salieron del hotel. Primero, para situar el coche en la entrada, un Peugeot distinto al Audi del domingo. Después para ayudarle a salir de allí, meter y sacar maletas, entregar libros o traer ropa de la tintorería. En este punto, sobre las diez de la mañana, Pitt ya llevaba en Asturias más de trece horas. Pero aún no era suficiente.
De guardia ante la puerta, Manuel Valledor. De profesión, "caza-autógrafos", en dura pugna con Ander Azcárate, profesional del asunto. La noche del domingo tuvieron un primer encontronazo. Azcárate lucía ayer su trofeo, una foto con el actor. Valledor, no. Y eso después de haber pasado la noche ante el hotel al que Pitt llegó para refugiarse de sus fans, tras cenar en el Faro de San Juan de Nieva.
Los cinco minutos de descanso para fumar un cigarrillo fueron ayer un poco más largos. Sobre todo en la puerta del Ayuntamiento avilesino que da a la plaza del hotel. Allí se fueron sumando los de un turno con el siguiente, y al final sólo faltó sacar las mesas a la calle. Otras fueron un poco más allá. "No me saques fotos que estoy en horario laboral", le espetó una de las admiradoras del actor a uno de los fotógrafos que se apiñaban frente al lugar que parecía destinado a albergar "el advenimiento de Pitt".
Pero el actor no aparecía, y según pasaba el tiempo, el espacio libre en el pórtico del Ferrera se hacía cada más pequeño. Cada cual justificaba por qué había abandonado sus obligaciones matutinas con tal de satisfacer la curiosidad por ver a Brad en carne, hueso, gafas, gorra y perilla. Una, "para ver si es verdad que es guapo o no"; otra, "para enseñarle el niño, que igual le gusta y lo adopta".
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