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ILDARA ENRÍQUEZ - VIGO Cualquier parte del cuerpo es susceptible de convertirse en el lienzo perfecto: la boca, los dedos, las uñas, los pies… no existe un solo milímetro de la anatomía humana que se quede fuera. Y el pincel, más que una fina brocha que cosquillea la piel, es una punzante aguja que despierta temores hasta entre los más valientes. El tatuaje es un arte cuya existencia se remonta a los orígenes del ser humano. Una tinción que, dependiendo de la cultura donde se realice, adquiere un significado diferente, ya sea como un rito de paso a la madurez, una vergonzosa marca para los malhechores o un símbolo de poder y jerarquía.
Llámese como se quiera, tatuaje, tatú o "tattoo", que su significado es siempre el mismo: marcar de forma casi que permanente la piel. Este tipo de xilografía corporal ha recorrido un largo viaje hasta adquirir la popularidad y propagación que tiene hoy en día. Los hay que lo consideran una aberración, un error que te marca – como a las reses – para toda la vida. Otros lo ven como un arte, una forma de expresar lo que sienten, han vivido o lo que no quieren que caiga en el olvido. Sea como fuere, está claro que esta forma de expresión corporal no puede describirse bajo un único adjetivo, y lo que lo hace especial es el carácter personal y subjetivo que hace que una simple calavera, tres palabras o un retrato adquieran el valor sentimental y artístico del que presumen hoy en día.
Lo que comenzó con el típico "amor de madre" o el corazón del enamorado ha evolucionado tanto que no es raro encontrarse entre tribales celtas, caracteres chinos y retratos, algún que otro diseño personal que se aleja de lo que uno podría decir que es lo "convencional" en estos círculos.
"Después de tantos años en este mundillo yo no encuentro nada fuera de lo normal. Lo cierto es que la mayoría de los tatuajes esconden un mensaje propio que les otorga sentido a su manera", relata Tito, de Caramba.
La creatividad es una de las facetas más destacables de este tipo de "productos", y más de uno se decanta por jugar con su cuerpo y mostrar dobles sentidos o chistes gráficos. Entre los muchos ejemplos hay casos en los que se emulan pequeñas heridas de bala, se dibujan horribles criaturas que parecen rasgar la epidermis en su intento de huir de la cárcel corporal, o los que piden alguna obscenidad que se extienda por las partes más nobles de cada uno.
"Quizás lo más raro no sea el dibujo en sí sino los sitios donde los piden. Antes lo típico eran los brazos, la espalda o la cadera; ahora ya se tatúa hasta por dentro de la boca y en la lengua", añade Tito.
El caso es que en España, los tatuadores aumentan, mejoran y se propagan, y la clientela tampoco para de crecer. Y es que es algo adictivo que una vez que se empieza siempre va a más. Aún así esta "ciencia" va más allá del hecho de adornar el cuerpo, y se emplea para mejorar o tapar errores pasados. "Un hombre al que había tatuado el retrato de su mujer vestida de novia, volvió tres años después para pedir que la desfigurase como a un zombie. Parece ser que el matrimonio no funcionó como esperaba", explica Tito con sorna.
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