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HEMEROTECA » |
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LUIS PÉREZ BRETONES "Hasta el infinito y más allá", repetía mecánicamente aquel juguete que todavía no era consciente de serlo, llamado Buzz Ligthyear. Nunca un recurso tan propio de las malas comedias como la frase pegadiza ha explicado tanto sobre la filosofía de unos creadores tan inquietos e innovadores como los que forman los estudios Pixar, la "factoría de sueños" por excelencia del cine del siglo XXI. Porque la trayectoria de los pioneros de la animación en el séptimo arte sólo se puede explicar como un viaje hacia un territorio desconocido, hacia una selva frondosa e inédita en la que nadie jamás ha arrancado ni una sola flor; como si el cine fuera un invento tan reciente como internet o las redes sociales, en el que todo o casi todo queda por hacer.
Y tienen sus películas algo que sólo se puede explicar a través del viaje, como fuente de aventuras y autoconocimiento. Viajes como el de una cuadrilla de juguetes que se adentran en el mundo de los humanos en busca de uno de los suyos, como el de una niña que cruza la puerta de su armario y se encuentra en el planeta de los mismos monstruos que le atormentan cada noche, como el de un pez payaso -y padre- que recorre medio océano en busca de su hijo extraviado, como una rata que emigra a París en busca de su sueño, convertirse en chef del mejor restaurante de la ciudad, o como el de un robot solitario que persigue la que seguramente sea su única oportunidad de encontrar el amor verdadero.
Ayer llegaba a las salas españolas ´Up´, la última propuesta –y ya van diez- de los estudios que Disney compró tirando de talonario –7.400 millones de dólares- cuando ya se les agotaba el caudal de ideas nuevas. Y el nuevo lugar, más allá del infinito, al que Pixar se ha propuesto llegar esta vez queda en algún punto del cielo, o más allá, en una cordillera del continente Suramericano. Por eso Carl Fredricksen, un anciano que se ha quedado viudo, decide romper con la vida que le ha impuesto el destino y ata un montón de globos de helio al techo de su casa.
La fábrica que pergeñó la bellísima y decididamente poética Wall-E (Andrew Stanton, 2008), quiere continuar el juego de contar historias, provocar sensaciones, explicar sentimientos y hacer, en fin, lo que el buen cine se supone que debe hacer: emocionar y entretener. Y, más allá de los inexplicables adelantos técnicos con que los trabajadores del estudio deben contar para crear sus imágenes, las herramientas de los directores Pixar continúan siendo las más arcaicas: la superposición de imágenes y la elección del escenario, la mueca, el plano y el encuadre perfecto. Como si su misión última fuera la de hacer buena aquella sentencia del maestro Chaplin que hablaba del cine como un arte "eminentemente visual".
Sin embargo, no hay aires presuntuosos en las películas de Pixar más allá de los que quiera buscar el espectador. Porque, al fin y al cabo, sus películas son para niños o para todos los públicos, mejor dicho. No hay filmes más universales –generacionalmente hablando- que los que llevan su firma, con sus consabidos guiños adultos y referencias que difícilmente podrían comprender los espectadores más menudos; lo que puede llevar a un espectador de 30 años a descubrir que su sonrisa es la más sincera de una sala de cine abarrotada de niños.
Pixar no ha reinventado el cine, pero casi. Hoy por hoy, es una de las grandes motivaciones para que el espectador perezoso se reconcilie con las salas comerciales. Porque las de estos estudios, son películas de consumo en pantalla gigante, a oscuras y rodeado de desconocidos que ríen y se emocionan a la vez que uno mismo. Y su secreto último, además de un riguroso sistema de producción comandado por el niño cincuentón John Lasseter (Pixar elabora películas redondas como Motown fabricaba canciones perfectas hace dos y tres décadas), es que la factoría no se pone en marcha sin un guión perfecto que seguir, paso a paso. A diferencia del 80% de películas made in Hollywood que llegan a nuestras pantallas, las de Pixar no basan su éxito ni en los efectos comerciales, ni en ofrecer una fórmula que ya ha triunfado. Cada nuevo largometraje supone una nueva odisea, un nuevo viaje, un nuevo salto al vacío. Pero siempre, con una buena historia por delante.
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