G.GARCÍA-ALCALDE
Aunque la mujer sea fundamental en su dramaturgia, rara vez asume Wagner la mirada femenina no mediatizada. La historia más próxima a esa toma de posición es La Walkiria, con tres recias mujeres que son once si se añaden las ocho hermanas de la protagonista. En conjunto, estos once personajes dan el perfil más femenino de la obra de Wagner, circunstancia que aprovecha Carlus Padrissa en su lectura teatral para el Palau de les Arts valenciano. Sin menoscabo de un nuevo código de signos visuales y evolucionando siempre en coherencia y originalidad, el escenógrafo centra en Fricka, Sieglinde y Brunilda las más elocuentes significaciones. La primera como representante de la primitiva ortodoxia de la familia y el matrimonio, la segunda como transgresora por amor y la tercera como anticipadora de la humanización de las normas, los sentimientos y las emociones frente a la masculina teocracia, cuya decadencia y fracaso precipita con su rebeldía y el castigo aún asumido por tutelar la gestación del héroe que redimirá con ella el mundo caduco y corrupto.
Padrissa y el maestro Mehta cuentan para esas tres fundamentales siluetas, más propias del siglo XXI que del XIX, con tres excepcionales cantantes: lacontralto sueca Anna Larsson, incontestable en la autoridad de una voz grande y extensa; la sensacional soprano holandesa Eva-Maria Westbroek, que renueva con emocionante poder el estereotipo de su personaje "sometido"; y la triunfal soprano heróica noreamericana Jenninfer Wilson, de proyección inundante y certeros apiananamientos de expresión, una de esas Brunildas que aparecen cada 20 o 30 años. Padrissa subraya el proceso de liberación femenina desde la Sieglinde que inicia su parte arrodillada y reptante, sujeta por un dogal, hasta la que rompe el miedo, toma los fragmentos de la espada de su hermano y esposo y huye para que nada impida el nacimieto del héroe redentor; la Brunilda que respeta a su padre, el dios, pero deja de temerle y se somete al castigo sabiendo que con él acabará el viejo régimen; y la Fricka que fracasa como guardiana de las leyes dominantes pese a la pírrica victoria de su último chantaje marital al dios omnipotente. Tres retratos de mujer incardinados en la sensibilidad del siglo presente y muy bien dirigidos a estimular reacciones de hoy.
En ese empeño se inscribe la formidablemente matizada y sutil dirección musical de Zubin Mehta, que llena de sentido los motivos y pasajes más inflados (por ejemplo, la topica cabalgata de las walkirias del tercer acto), pero vuelca su sensibilidad de gran artista en la modulación de los acentos más íntimos del miedo, el arrebato amoroso, la ternura, la rebeldía y --en una medida insuperable-- las dudas y amarguras del dios que empieza a entender las emociones humanas aunque no pueda dimitir de las prescripciones divinas sin riesgo de destruir su propia raza. El monólogo del segundo acto, casi recitativo, es en labatuta y en la magnífica orquesta de la Comunitat una antología de cuanto agita interiormente al Wotan narrador. Y en los adioses y al fuego mágico del final es difícil sonar con mayor intensidad, y emotividad, a la altura de un primer acto memorable.
No son las tres mujeres el único atractivo vocal de la función. El tenor Torsten Kerl construye un Siegmund apabullante por la generosidad del fiato y un volumen que va de menos a más, calentando siempre la pasión. Hizo interminables las dos célebres invocaciones a Welsa en el primer acto, alarde siempre esperado por el público y, que yo recuerde, nunca tan sobrado de facultadedes. El Wotan de Juha Uusitalo es una maravilla de composición vocal, contenida y reflexiva cuando conviene, enorme si lo exige la partitura y simpre musical. En cuanto al Hunding de Matti Salminen, solo un adjetivo: antológico. Las ocho walkirias, excepcionales en el delirio de grúas unipersonales de su escena, con el péndulo humano de los heroes caidos en combate marcando el tiempo inexorable. Otra apoteosis del publico que abarrota el Palau cada jornada.