G.GARCÍA-ALCALDE
Aficionados, críticos y miembros de las sociedades wagnerianas de varios puntos de Europa se dan cita en el Palau de les Arts de Valencia para la primera representación completa, en el curso de una semana, de la también primera producción española de la tetralogía El anillo del nibelungo de Richard Wagner. Esta doble primicia tiene importancia singular en la galaxia wagnerista, la más planetaria de la melomanía actual, pues con ella se incorpora nuestro país a la cultura musical y teatral nucleada por la epopeya con la que todas las grandes casas de ópera contrastan su nivel de madurez. Guste o no, esto es así en la escala de valores de la ópera de hoy.
Comenzó el ciclo el pasado lunes con El oro del Rin, jornada-prólogo. El atractivo de la función tiene dos polos: el musical comandado por Zubin Mehta con la por todos los conceptos admirable Orquesta de la Comunidad Valenciana, joven colectivo de élite. Cada noche pone en evidencia que la falta de paralelo en los fosos del Teatro Real de Madrid y el mucho más veterano del Liceu barcelones, deja sus respectivas producciones wagnerianas intentos a medias. Desde el larguísimo acorde con que comienza hasta al resplandor final con la entrada de los dioses en el Walhalla, hace Mehta pura orfebrería con estos magníficos instrumentistas, huyendo casi siempre del gran volumen y de la pomposa retórica de otros, para constituir las sutilezas, los colores y los fraseos de lo que ya empieza a ser citado como "el Wagner mediterráneo" y quedará mejor definido después del próximo domingo, cuando caiga el telon de la última jornada.
El otro polo es el teatral, a cargo de La fura dels baus y uno de sus directores, Carlus Padrissa, que lleva la "obra de arte total" querida por Wagner a lo que él llama "obra de arte global", diferencia nada verbalista si se tiene en cuenta la ambición de globalidad de esta lectura, que sobrepasa los mitos y símbolos de la primitiva esfera pangermánica y de su extensión a la sociedad alemana del siglo XIX, para abarcar toda la tierra --constantemene citada y evocada en los videos del montaje-- y toda la especie humana. El planeta de Padrissa y su equipo es un elemento cósmico en proceso de degradación e incluso destrucción. La llamada ecològica es hoy tan urgente como lo fue en tiempo de Wagner la justa distribución de los bienes materiales y sociales. El oro del Rin no se visualiza en joyas ni lingotes sino en las dorada antropomorfia de los clones humanos salidos de una cadena de montaje industrial. Esa ideología de la conservación de la Tierra y de la recuperación de la libertad y la individualidad humanas sometidas por los distintos poderes, se aviene con los sentidos implìcitos en el texto de Wagner y da lugar a un espectáculo furero de impresionante riqueza simbólica, con el esplendor de un imaginario cibernético potenclado por la percepción musical.
El reparto de voces, con los lujos de Kapelman como Alberich, Salminen como Fasolt, Milling como Faffner y Anna Larsson como Fricka, reúne las voces wagnerianas más jóvenes y poderosas del presente: el Wotan de Uusitalo, el Loge de John Daszak, la Freia de Sabina von Walther y el resto de los dioses cantados por Charles Taylor, Germán Villar, Daniela Denschlag, con tres esplendidas "hijas del Rin".
Las clamorosas ovaciones no cedieron hasta sacar a escena, del brazo de Mehta, a la intendente el Palau, Helga Schmidt, verdadera artífice del acontecimiento.