cine

La gran pantalla de papel

De "Ciudadano Kane" a "La sombra del poder", el periodismo impreso siempre ha inspirado al cine

 
Fotograma de "Todos los hombres del presidente".
Fotograma de "Todos los hombres del presidente".  

TINO PERTIERRA

La sombra del poder imprime en la gran pantalla el sello del periodismo impreso como fuente de inspiración. Es el último título añadido al sumario de las películas que dan a los periodistas el papel de investigadores en busca de la verdad. Una fecunda filmografía que tiene como obra fundamental, y casi fundacional si nos atenemos a su capital importancia en el Séptimo Arte, a Ciudadano Kane, el avasallador debut de Orson Welles como multicreador. El conductor de la historia, que nunca da la cara en pantalla, es un periodista, un explorador de misterios, un observador que pregunta, cuestiona, profundiza, duda y, finalmente, aventura lo que él piensa que es la verdad y lo que debe mostrar a sus lectores. Kane era un magnate de la prensa al que importaba muy poco la veracidad, la ecuanimidad, el rigor o la decencia. Sólo quería vender periódicos y para ello no dudaba en comprar en pleno la plantilla de periodistas de la competencia o convertir su periódico en un burdo panfleto amarillista. Se movía al compás de sus caprichos y esos caprichos casi siempre servían a los más bajos instintos del público: “Yo no sé dirigir periódicos, yo hago lo que se me ocurre”.

El cuarto poder

La visión negra y despiadada que Ciudadano Kane ofrecía del periodismo tenía su contrapunto luminoso en El cuarto poder, otro título clave. Comandaba el ataque el mismísimo Humphrey Bogart como director de un periódico de cabecera seca y elocuente: “El Día”. Bogart estaba con los buenos, con los profesionales íntegros y fajadores que se enfrentaban día a día a la corrupción en todas sus manifestaciones. Pero “El día” corría un grave peligro: sus propietarios pretendían venderlo, lo que significaría convertirlo en otro producto amarillista y zafio. Bogart era el director ideal, que siempre tiene respuesta sabia para todo, que defiende a su personal a capa y espada y lucha por llevar a la primera página lo que de verdad importa a la sociedad. La película estaba dirigida por un liberalote de Hollywood, Richard Brooks, que había trabajado muchos años como periodista y sabía lo que se traía entre planos. En esa película, hoy tan ingenua en su optimismo que resulta candorosa, hay una de las mejores descripciones de un periodista de los de verdad, no de esos de diseño que salen en series como “Periodistas” o peliculitas como Detrás de la noticia o Íntimo y personal. Lo dice una mujer veterana y con la mirada cargada de tinta y fatiga al referirse al periódico en el que ha trabajado: “Es un simpático cadáver. Pobre muerto. Le conocí bien. Le di los más maravillosos catorce años de mi vida y ¿qué recibí a cambio? Ochenta y un dólares en el banco, dos maridos difuntos y, lo que es más importante, tres críos que siempre deseé, pero que jamás conseguí (...) Y ¿sabéis una cosa?, nunca conseguí ver París. Pero no cambiaría estos años por nada del mundo”. Al final, las rotativas seguían su curso honesto y los papeles se llenaban con las noticias que alguien, en algún lugar, había intentado ocultar. Bogart por teléfono al tipo que le amenazaba al otro lado de la línea: “Es la rotativa, amiguito, y no puede usted nada contra ella. Nada”.

La precisión y la objetividad llegó con A sangre fría. Las esquinas más repulsivas del oficio salieron a la luz en Chantaje en Broadway, donde un memorable Burt Lancaster oficiaba de columnista vitriólico y despiadado que vampiriza al arribista y vulnerable Tony Curtis. Glenn Ford aprendía en Cimarrón que ser periodista en los peligrosos tiempos de la conquista del Oeste te podía llevar a la tumba si publicabas algo que no le gustaba a determinada gente. Sam Fuller, otro viejo periodista de la buena escuela, se adentraba en los pasillos de la locura en la espeluznante Corredor sin retorno. Hitchcock se fue a ganar la guerra acompañado a su Enviado especial y el cáustico George Sanders daba en Eva al desnudo varias lecciones de inteligencia, socarronería y lucidez. Billy Wilder pellizcaba la conciencia con El gran carnaval y recordaba que el periodismo, entendido como fábrica de espectáculos, puede ser una inagotable fuente de crueldades. La parte más amable iba dentro de Historias de Filadelfia, donde un irresistible y fanfarrón James Stewart encarnaba a un periodista con pretensiones de ser escritor y que acaba haciendo crónicas de sociedad. El hombre que mató a Liberty Valance fue otro hito. Otra vez los héroes enfrentados a mil peligros y como telón elocuente de lo que interesa a la gente y lo que algunos periodistas a veces convierten en necesidad prostituida, esa celebérrima frase: “Entre la verdad y la leyenda, hay que imprimir la leyenda”.

Frank Capra, con su habitual bondad no exenta de mala uva, se ocupó de dejar claro en Juan Nadie que los medios de comunicación podían fabricar ídolos a su conveniencia, y luego derribarlos si dejaban de interesarles. Los personajes de Luna nueva, con un Cary Grant extraordinario como director de periódico irreverente y de nuevo sin escrúpulos, dieron una visión más luminosa y sonriente de la profesión, pero no por ello menos dura y explícita, parecida a la de Vincente Minelli en la deliciosa Mi desconfianda esposa, donde, por cierto, el protagonista, Gregory Peck, tenía la ventaja de ir escoltado por un fornido ex boxeador agradecido. Fritz Lang, con su afilado bisturí para abrir en canal el cuerpo podrido de la sociedad americana, hizo sentir escalofríos con Más allá de la duda y Mientras Nueva York duerme, dos documentos de precisión asombrosa sobre las complicadísimas motivaciones que mueven tanto a los periodistas como a los objetivos de sus pesquisas.

La imagen del periodista

En Primera Plana, el personaje de Walter Mathau, un director implacable y sin escrúpulos, ofrece una visión despiadada de sus colegas: “Sé todo acerca de los periodistas. Son como un regimiento de tipos furiosos corriendo de un lado para otro para que unos cuantos aburridos sepan lo que pasa por el mundo. ¿Y eso para qué sirve?”. Todos los hombres del presidente daba la respuesta: dos reporteros tumban solitos a todo un presidente de los Estados Unidos. Y El año que vivimos peligrosamente contaba la historia de un corresponsal de guerra que era al mismo tiempo un villano. El personaje de Mel Gibson tenía una especie de Pepito Grillo en Billy, su cameraman, quien ve en su jefe un rastro de inocencia e integridad que le ilusionan. Por eso le espeta: “Abusas de tu condición de periodista y el riesgo empieza a emocionarte. Dibujas cuidadosamente una raya que te separa del mundo. Has convertido tu profesión en una especie de fetiche, imposibilitando toda clase de relaciones duraderas porque crees que pueden entorpecer tu carrera. ¿Por qué no sabes darte? ¿Por qué no sabes amar?”. Qué buena pregunta.

  HEMEROTECA
El historietista e ilustrador Mauro Entrialgo, autor de personajes clásicos del cómic español como Tyrex, Ángel Sefija, El demonio rojo y Herminio Bolaextra, conversa con nuestros lectores el próximo lunes 7 de mayo a las 12:00 horas.Envía tu pregunta »

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