Cine

Un retrato de la urbe chilena bajo la mirada de Andrés Wood en La buena vida

02.04.2009 | 14:30

La buena vida es según Andrés Wood, "una película con historias robadas de la calle", retazos de vidas que se cruzan sutilmente en Chile y que "sugiriendo mucho y mostrando poco" van conformando el retrato de la urbe latinoamericana de hoy.

La película, que se estrena mañana en España, se ha convertido esta noche en la triunfadora de los Premios Pedro Sienna, máximos galardones del cine chileno, obteniendo los de Mejor Largometraje, Mejor Dirección (Andrés Wood), Mejor Guión (Mamoun Hassan, Rodrigo Bazaes y Andrés Wood), Mejor Interpretación Protagónica Femenina (Aline Küppenheim), Mejor Montaje (Andrea Chignoli) y Mejor Música Original (José Miguel Miranda y José Miguel Tobar).

Rodrigo Bazaes, director artístico del anterior filme de Wood, "Machuca", conocía una peluquería emblemática del centro de Santiago de Chile y hasta allí le condujo con la intención de hacer un documental, que finalmente se convirtió en la "La buena vida", elegida Mejor Película Extranjera de Habla Hispana en la última edición de los Premios Goya.

En los títulos de crédito de la película, en la que Wood firma el guión junto a Momoun Hassan, se lee la etiqueta de "inspirada en historias reales" y es que fue posible "gracias a los relatos de gente muy sencilla" que "abrió su corazón" para ayudar a construir los personajes de Teresa, Edmundo, Mario o Patricia, según ha contado por teléfono Andrés Wood a Efe.

Teresa (Aline Kuppenheim) es una psicóloga que da clases de sexualidad a prostitutas y cuya hija de 15 años se queda embarazada; Mario (Eduardo Pacheco) es un joven clarinetista que quiere entrar en la Orquesta Filarmónica, pero que termina en el Orfeón de Carabineros, Edmundo (Roberto Farías), un peluquero que se debate entre usar un crédito para comprarse un coche o pagar la tumba de su padre; y Patricia, una prostituta enferma que no quiere aceptar ayuda.

Sus vidas se tocan a través de una estructura de historias cruzadas que, según describe Wood, supuso un auténtico "reto".

"Queríamos que fuera una película musical, en el sentido de que las historias se van moviendo libremente, sin buscar la coincidencia extrema", señala.

Es en este fluir, que propicia que "uno entre en un estado emocional por encima de las historias particulares", donde Wood cree que su propuesta se aleja de la de otros directores y guionistas latinoamericanos como Alejandro González Iñarritu o Guillermo Arriaga -responsables de "Amores perros" o "Babel"- y se acerca más a la de Robert Altman y sus "Vidas Cruzadas".

Tras los actores, Santiago de Chile ejerce "un personaje más" y refleja lo que es hoy en día todo el país, tras sufrir durante casi dos décadas la dictadura del general Pinochet.

"El personaje de Mario, por ejemplo, muestra lo que significa ser un joven talentoso en un país clasista", apunta Wood, quien siente que la cinta es optimista "en el mundo micro", en la mirada cariñosa a los personajes, y pesimista "en el mundo macro", en el tipo de sociedad que se está creando.

Toda esta propuesta lleva por título "La buena vida", que "no es el más adecuado" -confiesa- y que se toma de la novela que escribe uno de sus personajes.

Poco se sabe del contenido de esa novela, al igual que de las motivaciones que se esconden tras la acción, pues Wood, fiel a su concepto de que el cine "tiene que abrir puertas más que cerrarlas", deja que los personajes callen y que el espectador especule sobre el su mundo interior.

"Siento que la literalidad está casi en contra del formato del cine", admite el cineasta, que para lograr que esta fórmula de "sugerir sin mostrar" funcione se rodea de un "casting de lujo", en el que el Premio Nacional de Arte de Chile, la veterana Bélgica Castro, se mezcla con actores debutantes y otros ya recurrentes en su filmografía, iniciada en 1997 con "Historias de fútbol".

Con ese largometraje, Wood ha recibido también varias menciones en distintos festivales de cine; sin embargo, los problemas de distribución y para hacer público en Chile llevan al director a plantearse qué hay que hacer para dar a entender que, por encima del producto norteamericano, "películas como éstas son necesarias para hablar de los chilenos" y "construir una identidad cinematográfica propia".

Él seguirá trabajando en esta senda, cuya próxima parada, aún incierta, puede ser una cinta sobre la compositora Violeta Parra.

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