Reflexión

Delibes: "Los protagonistas de mis relatos son invariablemente perdedores"

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Foto tomada el pasado mes de agosto del escritor Miguel Delibes, quien asegura que "los protagonistas de mis relatos son invariablemente perdedores", al reencontrarse con sus personajes en los textos que ha escrito para introducir las novelas reunidas ahora en las dos nuevas entregas de sus obras completas.
Foto tomada el pasado mes de agosto del escritor Miguel Delibes, quien asegura que "los protagonistas de mis relatos son invariablemente perdedores", al reencontrarse con sus personajes en los textos que ha escrito para introducir las novelas reunidas ahora en las dos nuevas entregas de sus obras completas.  EFE

"Los protagonistas de mis relatos son invariablemente perdedores", asegura Miguel Delibes al reencontrarse con sus personajes en los textos que ha escrito para introducir las novelas reunidas ahora en las dos nuevas entregas de sus obras completas.

EFE Los volúmenes segundo y tercero de estas obras, que publica Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg y Destino, recorren veinticinco años de la trayectoria como novelista del escritor castellano, desde 1953 hasta 1978.

Hace un año, cuando comenzó la publicación de sus obras completas, Delibes anunció que daba por concluida su producción literaria, tras confesar que desde hace nueve años le resultaba "imposible" volver a escribir a causa de su salud.

El autor, de 88 años, ha retomado brevemente su actividad para escribir unas notas para esta edición en las que constata que "los personajes de novela, una vez que cogen confianza, tiran por donde les da la real gana".

Esta reflexión está inspirada en Lorenzo, uno de sus personajes más emblemáticos, protagonista de las tres novelas que abren el segundo volumen de las obras completas: "Diario de un cazador" (1955), "Diario de un emigrante" (1958) y "Diario de un jubilado" (1995).

Los Diarios de Lorenzo han sido agrupados en esta edición y su tercera entrega constituye una excepción en el orden cronológico en que se presentan las novelas de estos dos volúmenes, prologados por Gonzalo Sobejano y Víctor García de la Concha.

"Con Lorenzo, el cazador, creí descubrir un héroe distinto de los que proporcionaba la época, un hombre original, para quien la felicidad no radicaba en el dinero ni en el sexo", señala Delibes en un texto fechado en octubre de 2007.

Con el tiempo, Lorenzo, esta "especie de mirlo blanco", fue envejeciendo y pegó "el cambiazo". "Yo le reconvine -explica Delibes-, andaba en malos pasos, no me agradaba su conducta actual, había hecho tabla rasa de su verdadera personalidad".

Pero los esfuerzos del autor resultaron inútiles: "Lorenzo, a pesar de mis esfuerzos, se me había escapado de las manos. Con otros muchos, había renunciado a sus limpios ideales empujado por el ambiente del siglo. Una pena".

En la nota que acompaña a "Parábola del náufrago" (1969), Delibes revela que el Don Abdón de su novela, "capicúa y hermafrodita, que reúne todos los defectos típicos del tirano", ha sido "una obsesión" en su vida.

"Haciendo buena la opinión de quienes consideran al novelista un ser de una sola idea con diversas variantes, pienso que yo podría ser uno de esos novelistas", admite Delibes.

El escritor argumenta que sus protagonistas "son invariablemente perdedores, aplastados por la sociedad, la ignorancia, la política, la organización o el dinero, es decir, aquellos recursos de que se vale el dictador para imponer su dominio".

Quico, el niño de tres años que protagoniza "El príncipe destronado" (1973), surgió de una discusión que el autor mantuvo una tarde con dos amigos en un café de Valladolid.

Recuerda Delibes que con aquella novela quiso demostrar que "un ser humano podía centrar un relato una vez supiera expresar de alguna manera sus sentimientos".

La novela fue un éxito. "Yo había ganado la apuesta, aunque mis amigos no lo reconocieran", asegura Delibes.

El tiempo ha modificado la opinión del escritor vallisoletano sobre algunos de sus personajes. Es el caso de Mario, el marido difunto de su popular novela publicada en 1966, y de Menchu, la viuda que protagoniza un monólogo durante el velatorio.

"Una lectura actual me ha llevado a revisar mi juicio inicial: creo que Mario se pasó de rosca, se mostró un marido radical ante un problema baladí. Menchu, como era frecuente en la época, no era más que una burguesita con un lenguaje mecánico, lleno de tópico y unas ideas heredadas, pero sin ninguna tacha profunda", admite.

Pero el tiempo no sólo ha influido en el autor y en sus personajes. Delibes destaca que, después de unos años, los lectores de "Cinco horas con Mario" "ya no se mostraban unánimes en sus juicios: Mario no era el bueno ni Menchu la mala".

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