India

Kanyakumari y su lucha contra la pobreza

10.06.2008 | 19:11

La ciudad de Kanyakumari, conocida como el "fin del mundo" por situarse en el lugar más al sur de la India, acoge a 23.000 habitantes que viven con dos a cuatro euros diarios y algunas familias comparten casas de 30 metros cuadrados, pero en los últimos años su rostro de pobreza está cambiando.

La realidad de los habitantes de este lugar de peregrinación que alberga las cenizas de Ghandi, se está transformando gracias al trabajo de organizaciones como Cáritas Española y órdenes religiosas como los claretianos.

Cáritas Española llegó a Kanyakumari, ubicado en el Estado indio de Tamil Nandu, con una extensión seis veces mayor que España, a raíz del tsunami de 2004, que mató en el distrito de Kanyakumari a 800 personas.

En el tiempo transcurrido desde entonces, ha invertido ocho millones de euros en la reparación de casas y barcos dañados por el tsunami, en la formación de las comunidades, en la construcción de centros de acogida para huérfanos, en la instalación de dispensarios médicos y escuelas, y en la construcción de nuevas casas.

De dicha cantidad, algo más de un millón de euros se han destinado a Kanyakumari, lo que está sirviendo para cambiar el rostro de pobreza de esta ciudad, considerada sagrada por los hindúes porque en ella confluyen el océano Índico, el mar Arábigo y el mar de Andaman.

Con este dinero se están construyendo nuevos hogares para los pescadores, los más afectados por el tsunami, y en unas condiciones mucho más dignas que sus anteriores cobijos, a veces simples cabañas sin luz ni agua.

Las 400 familias que se han trasladado a "Claret Nage" (la Ciudad de los Claretianos), a kilómetro y medio del mar, son o bien afectados por el desastre natural o personas que ya vivían en unas extremas condiciones de vulnerabilidad en la zona portuaria.

Para poder acceder a las viviendas, han tenido que pagar únicamente el terreno -75.000 rupias (unos 1.200 euros)-, pero los más pobres han podido acogerse a ayudas concedidas por las organizaciones o bien a créditos bancarios.

Muchas familias de pescadores, que salen al mar a las cuatro de la mañana y regresan a las siete de la tarde para ganar entre dos y cuatro euros diarios, permanecen en el antiguo barrio cercano al puerto ya que no hay suficientes casas para todos en "Claret Nage".

Es el caso de del matrimonio formado por Ribolin y Ubraldal Alargaram, que viven en 35 metros cuadrados junto a su madre ciega, de 80 años, una hermana y una hija.

Aparte de los nuevos hogares, se ha apostado por la educación y la formación de las nuevas generaciones, que reciben clases de tecnologías de la información, hostelería, comercio, enfermería, mecánica, corte y confección e inglés, además de la enseñanza reglada para los más pequeños.

A pocos meses de iniciarse la línea de formación con los jóvenes de entre 18 y 26 años, los resultados son espectaculares: el cien por cien de ellos -la mayoría mujeres- han logrado después un empleo, según explica a periodistas españoles desplazados a la zona el coordinador de los cursos de formación.

Ello tiene una relevancia especial para las chicas, ya que es una vía de romper con su tradicional dependencia familiar, de su futuro marido y con la cuestión del pago de la dote que sus padres entregan a la hora de casarse.

En esta ciudad india, la dote media asciende a un millón de rupias (10.000 euros), una cantidad imposible de abonar por la mayoría de las familias de esta zona.

Majil Sagolla y su esposa Jeiya, 43 y 36 años, respectivamente, y cuya economía familiar depende de la pesca, tienen tres hijas, de 13, 11 y 8 años, y ambos están convencidos de la importancia de la educación de sus niñas para optar a un futuro mejor, explican a la prensa.

Por cada hija desembolsan 5.000 rupias anuales en gastos escolares (casi 100 euros), una fortuna para ellos que muchos en India no pueden o no quieren invertir en las hijas.

Las hijas en la India son signo de mala suerte y suponen una carga económica muy gravosa, lo que empuja a algunas padres a quitarles la vida cuando nacen, explica a EFE el padre claretiano Gaspar Masilamani, de 44 años, y cuya orden tiene una casa de acogida para niñas que son rechazadas.

Por otro lado, el esfuerzo que ha supuesto reconstruir las vidas después del tsunami ha conllevado que las mujeres hoy tengan un papel mucho más activo en la sociedad de Kanyakumari.

Aunque desde siempre han sido las responsables de administrar los exiguos sueldos de sus esposos, ahora son una pieza clave en la organización de la comunidad y, al igual que ellos, participan en las decisiones y tienen los mismos derechos, explican ellas mismas.

Sociedad y Cultura

La política y ´la haka´ de los All Black, protagonistas de los Premios Princesa de Asturias

La gala ha estado marcada por la crisis catalana y la presencia de un presidente por segunda vez

 
Enlaces recomendados: Premios Cine