Música

La opereta vienesa llega con todo su colorido a la capital británica

28.04.2008 | 14:33

"La viuda alegre", acaso la más famosa de las operetas vienesas, que generó en su día auténtico furor tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo, ha llegado con todo su colorido a la capital británica en una nueva producción de la English National Opera (ENO).

Al igual que todas las producciones de ese coliseo, ya se trate de Verdi, de Mozart o, como en este caso, de Franz Lehár, "La viuda alegre" se ha traducido al inglés y hay que señalar que se ha hecho con gracia y talento.

El veterano John Copley ha renunciado a toda tentación de originalidad en la representación de una sociedad en bancarrota moral y políticamente impotente: ese "apocalipsis feliz" del que habló el gran escritor austríaco Hermann Broch.

Copley ha optado por una puesta en escena tradicional, situando la acción en el momento y en el lugar ideados por sus creadores: el compositor húngaro y sus libretistas Victor Leon y Leo Stein.

Cuando la opereta de Lehár se estrenó en Londres en 1907, dos años después de su debut en el famoso Theater an der Wien de la capital del imperio austrohúngaro, fue toda una sensación, hasta el punto de que se hicieron aquí nada menos que 778 funciones.

Esta vez no serán tantas, pues sólo podrá verse hasta el 30 de mayo, pero para los amantes del género que pasen por Londres será una buena ocasión para escuchar una vez más sus agridulces melodías y deleitarse con el espectáculo de la Viena de fin de siglo y un exotismo balcánico de fuerte influencia otomana.

Desde el punto de vista estrictamente musical, resulta sorprendente que "La viuda alegre" se estrenase el mismo año e incluso el mismo mes que una obra de un expresionismo casi salvaje como la "Salomé", de Richard Strauss.

Hay que recordar, por otro lado, que uno de los grandes admiradores de "La viuda alegre" fue el dictador alemán Adolf Hitler, quien, mientras estudiaba bellas artes en la capital austríaca, asistió a una representación en el citado Theater an der Wien y se quedó prendado de la música y la historia.

Lo más chocante es que tanto los dos libretistas como la propia esposa de Lehár eran judíos, como lo era también Louis Treumann, que encarnó al personaje del conde Danilo Danilowitsch en la primera producción vienesa y que murió en el campo de exterminio nazi de Theresienstadt.

Claro que también el rey del vals, Johann Strauss, era al parecer de origen judío, lo que no impidió que Hitler y sus responsables culturales le considerasen un compositor genuinamente alemán.

El "Führer", al igual que el famoso alcalde antisemita de Viena Karl Lueger, podían decidir caprichosamente quién era o no judío.

En la opereta de Lehár, las melodías fluyen con ligereza, transportando en todo momento las emociones de los personajes, alternando sentimentalismo y carga erótica con un distanciamiento irónico que sirve muy bien al cinismo del argumento.

Al frente de la orquesta, Oliver von Dohnany logra una feliz conjunción de sensualidad y chispa sardónica en su ejecución de la partitura, pasando con la mayor naturalidad del vals vienés al parisino "can can".

Si algo hay que reprocharle, sin embargo, es que en algunos momentos, afortunadamente pocos, el sonido de la orquesta casi ahogue ciertas voces.

En el papel principal, la soprano Amanda Roocroft, transmite perfectamente el encanto de su personaje de Hanna Glawari mientras baila y juega con sus numerosos pretendientes con el ojo puesto siempre en el difícil conde Danilo.

Al tenor John Graham-Hall, que interpreta a ese último, le falta un punto de "glamour" para convencernos del todo de que será él quien se quede al final con la viuda y sus millones.

 
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