Sin cortarse un pelo de su rala barba, el presidente de Irán aclaró el otro día que en su país no hay homosexuales. "No tenemos ese fenómeno", dijo Mamouhd Ahmadineyad entre las risas y rechiflas de los estudiantes que escucharon tan sorprendente afirmación en una Universidad de Estados Unidos. Lo malo es que igual llevaba razón.
Por mucho que los universitarios nor-teamericanos se tomen a chacota los desvaríos del atómico presidente iraní, no deja de ser cierto que el régimen de los ayatolaes tiene por costumbre colgar a quienes incurran en lo que allí aún deben de llamar sodomía.
Probablemente Ahmaniyead fuese sincero, por tanto, al afirmar que en su tierra de machotes no existen mariquitas a diferencia de lo que ocurre en el corrupto y degenerado Occidente. "No tengo enemigos: los mandé fusilar a todos", solía decir cierto famoso general en el que parece haberse inspirado el presidente de Irán cuando se jacta de que en su república musulmana no haya homosexuales. Efectivamente, ya se encarga él de pasaportarlos a la horca.
Asusta un poco pensar que un sujeto con tales ideas presida un país que anda coqueteando con la idea de fabricar una bomba atómica, pero lo cierto es que las democracias occidentales no están libres de culpa en este asunto.
Fueron ellas quienes dieron asilo político y facilidades para conspirar al ayatolá Jomeini, con el singular resultado de que aquel siniestro clérigo de pobladas cejas derribase al régimen del Sha de Persia: un tirano que al menos daba juego en el "Hola" con sus Sorayas y sus Faradibas.
La corrupta dictadura pro-occidental del Sha fue rápidamente sustituida por una tiranía aún más despótica encabezada por un grupo de curas cejijuntos que decían gobernar al dictado de Alá. Y, como suele suceder con los clérigos de casi cualquier culto, los ayatolaes de Irán no tardaron en demostrar que su principal obsesión eran los asuntos vinculados a la entrepierna.
De ahí que inmediatamente empezasen a cubrir a las mujeres de velos y refajos a la vez que colgaban a los hombres que, para su desgracia, pudieran sentir inclinaciones por la gente de su mismo sexo. Aparentemente, la única vía de desahogo que dejan expedita y libre de pecado los ayatolaes es la de la masturbación. Tal vez debieran plantearse la posibilidad de rebautizar a su régimen con el nombre de República Onanista de Irán.
Resulta de lo más lógico en estas circunstancias que las amistades del pintoresco presidente iraní se limiten a cuates como su colega venezolano Hugo Chávez -con el que comparte mares de petróleo y una notable afición a desbarrar- o el cubano Fidel Castro. El comandante no niega que haya homosexuales en Cuba, cierto es; pero a cambio suele encerrarlos en granjas de reeducación para ver si les quita el vicio del cuerpo.
Con estos mimbres habrá que urdir, según parece, la Alianza de Civilizaciones que tan fervorosamente impulsa el actual primer ministro español José Luis (R.) Zapatero, quien -por pura paradoja- se ha destacado como un notable defensor de los derechos de los gays.
Mucho menos revolucionarios en este aspecto, los ayatolaes siguen el consejo que en los años ochenta les ofreció el grupo vigués "Siniestro Total" en su famoso tema: "Ayatola, no me toques la pirola" (con perdón). Dicho y hecho, los clérigos de Irán han prohibido cualquier tocamiento carnal entre personas, castigándolo además con pena de muerte si los depravados son del mismo sexo.
Para compensar, eso sí, llevan más de veinte años tocándole las narices al resto del mundo con sus juegos nucleares de la Señorita Pepis. Ahmadineyad dice que tan explosiva circunstancia no tiene por qué preocupar a nadie, y acaso no le falte razón. Después de todo, ningún desafío amilanará a quien ha obrado ya el prodigio de gobernar el único país de la Tierra donde no hay homosexuales. No se rían, que es peor.
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