En una tardía recreación del popular cuento infantil "El castillo de irás y no volverás", la familia Franco se ha acogido al alto patronazgo de Santa Rita para recordarle a los gallegos que lo que se da no se quita. Y aunque la Xunta no quiera quitarles, ni mucho menos, el pazo de Meirás (y no volverás), los celosos herederos del "Caudillo" se niegan a permitir siquiera una modesta inspección del estado del edificio. Con los rojos nunca se sabe.
Oficialmente, el ahora noticioso pazo cuya construcción costeó la escritora Emilia Pardo Bazán fue donado al general Franco por el pueblo coruñés mediante una suscripción ejecutada a escote entre la ciudadanía en el año 1938.
Colectas "voluntarias" como aquella proliferaron durante los tiempos de la guerra civil, aunque algunos judeomasones revirados duden de la supuesta voluntariedad de los donativos. Más que nada porque debía de resultar difícil esquivar ese tipo de invitaciones a soltar la pasta en plena guerra civil, cuando el generalísimo de todos los ejércitos aprovechaba la hora del café para firmar largas listas de condenados a muerte.
Tan voluntaria fue la cuestación que a los funcionarios del Ayuntamiento y de la Diputación de A Coruña se les detrajo un porcentaje de sus nóminas al objeto de contribuir -con gusto, como es natural- a ese patriótico empeño. Bonos de aportación voluntaria tuvieron también notable éxito de venta entre el público, dadas las circunstancias ambientales. Con gran generosidad, el "Caudillo" aceptó el obsequio; aclarando, eso sí, que lo hacía "exclusivamente porque se trata de una donación de mis queridos paisanos".
Setenta años después de aquella singular ofrenda al dictador, el Gobierno gallego se ha fijado el propósito de declarar Bien de Interés Cultural el pazo donde Franco solía presidir sus consejos de ministros veraniegos en los ratos que le dejaba libres la pesca.
Ni de lejos se trata de una expropiación, como es natural. Simplemente, la Ley de Patrimonio Histórico establece que los propietarios del mentado Bien -el pazo, en este caso- están obligados a permitir visitas del público durante al menos cuatro días al mes, previo acuerdo sobre fechas y horas.
Pues ni por esas. La hija del general negó el otro día la entrada en Meirás a los técnicos enviados por la Xunta, de tal modo que a la Consellería de Cultura no le quedó otra salida que recurrir al juzgado. Y entre pleitos y legajos anda ahora el asunto.
Atrincherada la familia Franco en sus posesiones, no falta quien sugiera -un tanto ingenuamente- el recurso a la vía de la expropiación para que el pazo pase a ser propiedad del Estado y se abra su disfrute público a la ciudadanía. Infelizmente, ese propósito tiene muy escasas posibilidades jurídicas de prosperar a juicio de los expertos en Derecho, con lo que la única vía factible sería, en apariencia, la de la compra.
No parece que esa sea una opción muy popular ni juiciosa. Difícilmente se entendería, desde luego, que el Gobierno gastase el dinero de los impuestos en la adquisición de un pazo que ya fue regalado con los cuartos de los ciudadanos a quien entonces ejercía como Centinela de Occidente.
La medida exigiría cuantiosas aportaciones de dinero público que acaso se precise para atender necesidades de mayor urgencia que esta. Y tampoco es cosa de pagarles dos veces a los Franco: una por recaudación "voluntaria" y la otra por la vía obligatoria que se le exige a los contribuyentes.
Sabedores de que los pactos de la Transición les amparan, los herederos del "Caudillo" parecen firmemente resueltos a que el pazo de Meirás sea un regalo de no volverás, o lo que es lo mismo: de los que no se devuelven.
Queda el recurso de apelar a su generosidad, pero eso ya sería entrar en el territorio de los cuentos de hadas. Como el del famoso Castillo de Irás y no Volverás.
anxel@arrakis.es