S. R. - PONTEVEDRA
A Castelao le quitaba el sueño la rehabilitación del edificio Casto Monteagudo. Se conservan cartas en las que reconoce haber realizado cientos de bocetos de la obra (un rasgo permanente de su carácter fue el dibujo compulsivo: pintaba en libretas, servilletas, sobres, cualquier hoja posible mientras charlaba o tomaba un café) pero lo que jamás le preocupó fue tener un monumento. Muy al contrario, si quería ironizar sobre alguien que se daba excesiva importancia solía decir que “Vai para estatua”.
Vaya por delante pues que no le hubiese gustado ni la estatua que le hizo Buciños para Pontevedra (a pesar de su indudable intemporalidad y originalidad) ni mucho menos las sucesivas polémicas que acompañaron a las inauguraciones: ya van dos y tres emplazamientos diferentes. Pero también que pocos han hecho caso de su voluntad, como prueba el traslado de sus restos desde el exilio donde murió, al Panteón de Galegos Ilustres, incumpliendo los deseos de quien había dejado por escrito que “non descansarei en paz ata que un anaquiño meu volva a Pontevedra”.
Como quiera que sus restos no volvieron (por mucho que lo denunciaron figuras como Isaac Díaz Pardo) a principios de la década de los ochenta la asociación Amigos da Cultura puso en marcha una campaña para erigir la estatua e inició una cuestación.
Decenas de pintores y escultores gallegos se sumaron a la iniciativa y donaron obras, que fueron posteriormente subastadas para recaudar fondos.
La puja tuvo lugar en la antigua sede del Casino Mercantil, en donde se subastaron trabajos de artistas como Laxeiro, Moldes, Torres o Colmeiro, muchos de los cuales habían conocido personalmente a Castelao y respaldaron la iniciativa.
Finalizada la cuestación popular, la escultura fue encargada al pintor y escultor Manuel García de Buciños (Lugo-1938), un gran intuitivo de la creación, preciosista del bronce capaz de imprimir a la obra un hermoso volumen y la austeridad de una nueva obra pública.
La elevó sobre un hermoso pedestal de granito con la frase de Castelao “Hoxe temos fe no noso pobo/ e moi largo o noso pobo terá fe en nós”
Lo que no se esperaban el artista y Amigos da Cultura es la respuesta del concello. En 1983 la corporación encabezada por Rivas Fontán se opone a la instalación de la obra en una plaza de la ciudad, aduciendo según cuentan testigos presenciales de la conversación con el entonces alcalde que “no era el momento, habría un susto en la sociedad y no es cuestión de mover viejos fantasmas”.
La escultura inicia entonces su primer viaje surrealista. Fue a Moraña, en donde permaneció varios días hasta que se decidió su destino final: con o sin respaldo del concello, se instalaría en una plaza. Se eligen los jardines de Santa María, uno de los emplazamientos más bellos del centro histórico, y se convoca para arropar el acto a destacados representantes de la cultura y la política nacionalista. Más aún, el acto fue la primera comparecencia pública de Xosé Manuel Beiras tras su enfermedad y marcó el punto de inflexión en el que retomó las riendas de su carrera política.
El dramaturgo Varela Buxán escribió el discurso para esta inauguración “de tapadillo” realizada cerca de la noche que se convirtió en realidad en todo un acto público en el que no faltaron artistas, académicos, docentes y políticos de distintas sensibilidades, el homenaje de la ciudad de Pontevedra pero también de toda Galicia al Castelao que quiso ser pontevedrés.
Los versos de la poetisa Xaquina Trillo y una ofrenda floral sirvieron para rubricar esta inauguración simbólica que ahora recuerdan con nostalgia los integrantes de Amigos da Cultura, molestos por la nueva ubicación de la escultura en la plaza de A Leña.
De hecho, el presidente de Amigos da Cultura a principios de los ochenta, Fernando Martínez Vilanova (que con Paco Cimadevila, Villalta y Augusto Fontam llevó a cabo la campaña de recaudación de fondos para la obra) ha presentado al concello su protesta formal por el traslado de la escultura.
Traslado sin autorización
Consideran que la obra “non é propiedade do concello e decidiuse trasladala sin o consentimento do escultor, sin un informe da Xunta, coma se fose parte do mobiliario urbano”.
En su opinión, no se ha tenido en cuenta su carácter simbólico, colectivo y de memoria de la ciudad, equiparándola a las “esculturas fotografiables”.
Muy especialmente, temen por la integridad de la escultura, que de hecho ya ha resultado parcialmente dañada, y que se haya descartado el pedestal de granito con la inscripción original.
En semejantes términos se pronuncia el historiador y biógrafo de Castelao Enrique Acuña. Éste fue uno de los que asistió a la inauguración popular de la escultura e insiste en que “Castelao non é mobiliario, é historia da cidade e a remodelación da praza na que estaba a obra non tiña porque significar necesariamente o cambio de ubicación, pero moito menos sin telo consultado aos autores, a administración etc”.
No falta quien piensa ya en una nueva cuestación, esta vez para sacar a Castelao “dun espacio esquinado no que a obra aparece mirando ao chan, sin perspectiva, coma si fose a esculturiña amable para facer fotos os turistas e non unha obra pública co esforzo de todos”. ¿Las nuevas alternativas? La futura plaza de España, ante el que fue su instituto, o de nuevo una vuelta a Santa María, siempre sobre su pedestal original. Castelao, a buen seguro, no para de reírse; el que no iba para estatua.