De acuerdo con lo previsto por las encuestas y el sentido común, el ganador de las elecciones de ayer en Europa fue paradójicamente aquel que no se presentaba. Ni conservadores, ni socialdemócratas, ni nacionalistas, ni neofascistas, ni comunistas de nuevo cuño: el que de verdad acaba de vencer en los comicios es el partido de los que no votan, con una aplastante mayoría del 55 por ciento. El triunfo del Partido de la Indiferencia (PI) ha sido de tal calibre que sus votos excedieron la suma de todas las demás fuerzas concurrentes a las elecciones.
Poco importa, pues, que en una votación reducida a los hinchas incondicionales de cada partido los conservadores de Rajoy ganasen en España por un escaso tanteo de dos diputados a los socialdemócratas de Zapatero. El resultado no tiene más valor que el de un partido amistoso de pretemporada o, si se quiere, el de una encuesta. Tanto es así que en Galicia se ha repetido –voto arriba o abajo- la cifra de las recientes autonómicas.
Nada hay de extraño en la victoria del PI si se tiene en cuenta que Europa (o al menos la Europa política) suscita el mismo desinterés entre los ciudadanos no votantes que entre sus diputados. Basta la imagen de las gradas no infrecuentemente vacías del Parlamento de Estrasburgo para llegar a la fácil deducción de que ni siquiera a los bien pagados parlamentarios del continente les importa gran cosa lo que allí pueda decidirse.
Tampoco los partidos, al igual que los diputados y sus electores, parecen tener especial interés en el asunto. Lejos de considerar a la gran Cámara continental un organismo influyente y digno de respeto, lo habitual es que todos ellos la utilicen –como al inútil Senado- para colocar a los políticos fracasados en la escena doméstica. Así ocurrió en su día con el ex presidente de Galicia Gerardo Fernández Albor, con el candidato a la Xunta Antolín Sánchez Presedo y ahora con la ex ministra de Fomento Magdalena Álvarez, que podrá ejercer sin mayores daños su incompetencia en la asamblea parlamentaria de la UE.
No deja de resultar injusto ese desdén por las instituciones de Europa. Particularmente, los ciudadanos de los países menos ricos –España, Grecia o Portugal- debieran sentir al menos algo de agradecimiento. De no ser por los multimillonarios cheques que durante las dos últimas décadas firmaron los socios más prósperos (Alemania, mayormente), hubiera sido imposible la construcción de las autovías, los puertos, los aeropuertos y las líneas ferroviarias de alta velocidad que, junto a los fondos sociales, le han cambiado la piel y sobre todo la renta per cápita a España.
Tampoco se trata de que seamos especialmente desagradecidos. Es que no nos han querido o sabido explicar como debieran la trascendencia de una integración en Europa que, además de garantizar la libre circulación de ideas, personas y mercancías, ha quitado a los gobernantes de cada Estado los poderes sobre la devaluación de la moneda y la política financiera en general. Un detalle más importante de lo que pueda parecer en un continente que, así a la izquierda como a la derecha, cuenta con gobernantes tan dados a parir ocurrencias como Berlusconi o Zapatero.
Gigante económico y enano político, la Unión Europea paga con el magro resultado de las elecciones de ayer ese pertinaz vicio de origen. Quien mejor definió el carácter gaseoso y más bien inane de la UE fue un ministro de Exteriores de Estados Unidos, Henry Kissinger, cuando en su día se preguntaba: "¿A qué teléfono debo llamar para que se ponga Europa?". Nadie supo responderle.
Esa ha de ser probablemente la razón de la tradicional apatía de los votantes europeos ante "sus" elecciones. El atractivo de cualquier votación reside, como en los partidos de fútbol, en saber cuál de los equipos aspirantes al triunfo se hace con el gobierno. Y en ese sentido, las elecciones europeas equivalen a un encuentro amistoso donde no se juega título alguno, de tal modo que los equipos se limitan a sacar al campo a sus reservas: Mayor Oreja el equipo azul y López Aguilar el colorado.
Unas elecciones en las que no se decide el gobierno son, por su propia naturaleza, una contradicción. De ahí que el interés por estos comicios se limite a los forofos incondicionales de cada equipo. Los mismos que llenan las gradas de los estadios aunque el partido carezca de importancia son los que acuden a las urnas para darle color a unas elecciones en las que aparentemente nada se juega, aunque en realidad se esté decidiendo el futuro de la leche y de la pesca en Galicia o el reparto de los cuartos que puedan tocarle a cada socio de la UE.
El resultado, en este como en cualquier otro encuentro amistoso, es lo de menos. Tal vez por eso haya vuelto a ganar –y por goleada- el Partido de la Indiferencia, que ni siquiera quiso salir al campo.
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