JULIO BERNARDO - VIGO
Cuesta abajo en la rodada, el Celta enterró ayer sus escasas opciones de meterse en el batalla por el ascenso con una bochornosa derrota ante el menesteroso Eibar, un equipo en descenso que apenas había marcado tres goles lejos de su estadio esta temporada y que ayer le hizo dos al grupo de Pepe Murcia después de sacarle los colores. Un derrota bochornosa que eleva la cuenta negativa celeste a dos puntos de los últimos dieciocho y pone en la picota al técnico, que probablemente tiene las horas contadas.
Difícilmente se pueden alcanzar tan elevadas cotas de miseria como las que escaló ayer el conjunto vigués, que firmó uno de los mayores ejercicios de impotencia que ha contemplado Balaídos en estos desdichados tiempos. El Celta no juega a nada de nada: defiende mal, ataca peor y adolece de una pobreza de ideas aterradora.
Es el de Pepe Murcia un equipo sin gobierno, deficientemente gestionado y extremadamente frágil futbolística y mentalmente. Después del esperpento de ayer, poco se puede esperar de este grupo. Ni siquiera un final de temporada medianamente sosegado. La derrota ante el Eibar deja a los celestes a diez puntos de la tercera plaza y le acerca peligrosamente al abismo en las mismas fechas en que se desplomó la pasada temporada.
El descenso está a seis puntos y una terrorífica sensación de indefensión invade el ambiente porque al equipo no se le ven por ningún lado hechuras ni personalidad para salir del atolladero. Tampoco se ven en el recursos en el banquillo. Pepe Murcia plantea mal los partidos y es incapaz de leerlos sobre la marcha. Después de 25 jornadas de Liga seguimos sin saber a qué juega el Celta, que carece de patrón de juego, especula más que propone y rara vez saca partido de los suplentes.
Menuda pájara
El conjunto celeste entró en el partido con la agresividad de un grelo: dos medios defensivos (definitivamente a Murcia le estorba Trashorras), ocho tipos por detrás de la pelota y actitud contemplativa. El equipo vigués se dedicó al pastoreo y la consecuencia fue que el Eibar lo ridiculizó desde el momento en que el balón echó a rodar. Acuciado por la posibilidad del descenso, el cuadro armero desplegó sobre el césped de Balaídos toda la ambición de la que careció el Celta, que se limitó a seguir la pelota con la mirada mientras su rival (sorprendido de tanta generosidad) lo bailaba. Las limitaciones técnicas del adversario (el Eibar tan sólo ha marcado tres goles fuera de casa este curso) evitaron un cataclismo, pero fue el equipo vasco el que puso el juego y las ocasiones.
El Eibar hizo aflorar desde el primer momento la cicatería futbolística de este Celta, sus enormes carencias defensivas, su incapacidad para imprimir un ritmo al juego, para aguantar la pelota, en suma, para generar peligro. El Celta carece de plan de ataque. Se limita a sacudirse encima del balón a ver si Dinei la baja y le cae a alguien cerca del área y la engatilla por casualidad porque hasta en el remate franco a portería se muestra este equipo generoso con el adversario.
Después de media hora en estado vegetativo, en la que el Eibar cortejó el gol en un par de ocasiones, Murcia cayó del guindo y decidió dar entrada a Trashorras, que suplió a Rosada en la posición de pivote.
Con el lucense en cancha mejoró la circulación de la pelota aunque no lo suficiente. No obstante, Abalo, a pie cambiado, protagonizó algún detalle de clase y Ghilas (vaya tarde la del argelino) dilapidó una gran ocasión solo ante Zigor. Un balance, en cualquier caso, sumamente pobre.
El Celta no se sacudió el muermo del cuerpo tras la reanudación. Los celestes salieron de la ducha adormilados y regalaron al Eibar un gol inconcebible. El error lo perpetró Trashorras, que entregó la pelota a Carlier, que libre de marca reventó la portería celeste con un obús que hizo inútil la estirada de Falcón. Un acto magnánimo que recompensaba la ambición del Eibar.
Inesperadamente, el Celta se encontró con una dádiva que pudo meterle en el partido. Hevia Obras señaló como penalti una caída fuera del área de David Rodríguez. Ghilas recogió el balón y se fue hacia el punto fatídico sin que nadie le estorbase. Trashorras, el lanzador habitual que hace quince días arrebató de las manos el balón a David cuando se dirigía al punto fatídico, ni siquiera se inmutó esta vez. El argelino dudó y Zigor, el meta del Eibar, tuvo tiempo de sobra para rectificar y detener el lanzamiento.
Con este nuevo regalo, el Celta se desplomó definitivamente. El equipo vigués buscó la portería por inercia y cada uno de sus ataques fue cómodamente desactivado por su disciplinado oponente. Fue el del Celta un ejercicio de impotencia en toda regla. Murcia movió el banquillo dando entrada a Óscar Díaz y a Michu. El Celta propuso algo más pero todo fue en vano cuando los armeros aprovecharon una contra para sentenciar con un espléndido cabezazo de Sutil, que superó a Lucas en el salto y cruzó el balón lejos del alcance del atribulado Falcón.
El segundo tanto armero colmó la paciencia de la abochornada grada. Harta de tanto oprobio lo que queda de la afición silbó al equipo y pidió a gritos la cabeza de Pepe Murcia. Los reproches despertaron ligeramente a los celestes, que alcanzaron a reducir distancias por medio de David Rodríguez a siete.