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Las olas gigantes golpearon Galicia con una fuerza similar a la de un coche a 90 km/h

 
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JULIO PÉREZ / VIGO En la costa gallega se ha levantado ya la alerta naranja. La calma llega después de un fortísimo temporal, que azotó toda la cornisa cantábrica, con olas de más de 10 metros de altura, habituales en alta mar -donde se llegaron a alcanzar, incluso, los 20 metros- pero muy poco frecuentes en tierra firme, y que acabaron destrozando el entorno de muchas playas de A Coruña, Gijón, Santander y San Sebastián. Una y otra vez, las televisiones muestran las imágenes grabadas por un videoaficionado en la coruñesa zona de Riazor, con el agua devorando la barandilla y los bancos. El ejemplo más gráfico de la fuerza con la que el mar golpeó el pasado lunes, equivalente, según los meteorólogos y los expertos en Oceanografía, al impacto de un coche que circule a 90 kilómetros por hora.
Lo que permite hacerse una idea de por qué las olas pudieron arrancar el mobiliario urbano del paseo marítimo de la ciudad, elaborado en piedra; de desplazar varios coches que circulaban por allí y herir a tres personas. Los 90 kilómetros por hora es la velocidad que alcanzaría el viento con los restos de un huracán. Similar al golpe que un objeto cualquiera recibiría de una racha de viento de fuerza 10, como los temporales que pasaron por Galicia a principios de año.
Hay un tercer ejemplo para ilustrar el empuje del oleaje. Su energía. Si pudiéramos absorber toda la fuerza con la que pueden batir contra toda la costa gallega olas de 12 metros durante el tiempo que se prolongó el temporal, unas cuatro horas, obtendríamos seis veces más energía que la que puede generar en ese periodo la central de Meirama, la segunda térmica con más potencia instalada en España. Con la altura habitual de las olas en la costa de Galicia -unos tres metros- sólo se generaría un 38% de la capacidad total de la planta coruñesa de Unión Fenosa.
Y es que se juntaron todas las condiciones climatológicas que podían darse para que el fenómeno alcanzara la magnitud que finalmente tuvo. Un "tren de olas", en lenguaje oceanográfico. La borrasca se generó en las primeras horas del fin de semana entre Escocia e Islandia, su epicentro. Muy intensa, desplazando un potente frente anticiclónico hacia las Azores. Por eso en las imágenes del meteosat las isobaras -esas líneas que en los mapas del tiempo unen las zonas con igual presión atmosférica- estaban tan juntas. Fue el primer aviso. A eso se añadió que la velocidad del viento allí era muy fuerte, y su duración constante. "No es lo mismo -explica Gabriel Rosón, oceanógrafo y profesor de Física Aplicada en la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad de Vigo- que el viento sople a 100 kilómetros por hora durante una hora que durante un sólo momento, la energía que se transfiere al agua es mayor". El área en la que soplaba, además, era muy grande. Se creó "un tren de olas", ondas sucesivas, que se dan con una diferencia de entre 15 y 18 segundos.
El temporal formado en el norte del Atlántico llegó con fuerza al noroeste a través de un "pasillo" alimentado por fuertes vientos que avivaron el oleaje, según apuntan desde Meteogalicia. Lo que en términos meteorológicos se define como "mar de fondo". Imaginen el movimiento habitual del agua en una tarde de verano en la playa, con las olas, más o menos grandes, pero constantes. A diferencia del "mar de viento", cuando la borrasca se forma en tierra porque el aire sopla aquí y las olas son esporádicas, en función de las rachas de viento.
Ya en la costa, el oleaje coincidió con el momento de pleamar. Y la guinda la puso la temporada de mareas vivas -la Luna, la Tierra y el Sol se alinean-, que pueden llegar a incrementar hasta en cuatro metros la altura de una ola Por si fuera poco, en la cornisa cantábrica el viento soplaba también fuerte, "muy racheado en el litoral", indican en Meteogalicia. "Es -añaden- como si metes todo eso en una coctelera. El resultado es un cóctel muy peligroso".
Las mediciones realizadas por las boyas que Puertos del Estado tiene repartidas por el noroeste peninsular dejan constancia de la intensidad de las olas que atravesaron Galicia y el resto de comunidades cantábricas. El registro más alto, en Estaca de Bares, donde la altura significativa o significante -las boyas no tienen capacidad para almacenar los datos de todas las olas que pasan por ella, así que seleccionan las 33 más altas de cada 100 y luego realizan una media- alcanzó a las siete de la tarde del pasado lunes 10 de marzo los 12,8 metros. Ligeramente por debajo, los 12,7 metros recogidos por la ubicada en el entorno de las Illas Sisargas y Cabo Vilán, que pueden corresponderse con olas puntuales de hasta 20 metros, tal y como anunció la Autoridad Portuaria de A Coruña. Ambas boyas forman parte de la red de medida que el Gobierno tiene en aguas profundas. Están situadas a unas veinte millas de la costa y a unos 350 metros de profundidad. En la comunidad hay también otras dos boyas en aguas ya costeras, también llamadas someras. En A Coruña, con un registro a las ocho de la tarde del lunes de 10,3 metros de altura significante, y a esta misma hora, en Punta Langosteira, con 10,4 metros.
Efectos
Los efectos del oleaje se notaron también en la costa de Lugo, como Barreiros o Ribadeo. Una estación intermedia del "tren de olas" antes de su llegada a Gijón, Santander y San Sebastián, las otras zonas cero del temporal. La alturas significantes de las olas oscilaron en entre los 10,6 metros que alcanzaron en aguas profundas en la costa vizcaína en la madrugada del lunes al martes, y los 7,2 metros, ya cerca de tierra, que anotó la boya deBilbao, a las cuatro de la madrugada del día 11.
¿Por qué el fenómeno no se dejó sentir en otros puertos del norte gallego, incluso en el resto de la provincia de A Coruña y Pontevedra? "En las Rías Baixas -cuenta Gabriel Rosón- no hay poblaciones en la fachada de refracción del mar. En otras palabras, les protegen las rías". Cuando el mar entra, lo hace ya con menos fuerza. "Por eso -continúa- en Ferrol, que está al lado de A Coruña, no se notó. Tiene menos exposición al oleaje porque está dentro de una ría". Fueron las localidades con playas abiertas al mar, como Riazor en el caso de A Coruña, las que tenían todas la papeletas para sufrir un fenómeno así que, según Rosón, es más frecuente de lo que parece.

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