S. R. - PONTEVEDRA
Rueda actualmente con Achero Mañas y asegura que airearse de la televisión “me ha sentado de maravilla porque el 90% de lo que he hecho últimamente ha sido televisión y de hecho vamos a seguir en abril con la serie, salir de vez en cuando, a pesar de que le estoy muy agradecido al pater de Padre Casares, es bueno, una forma de cargar pilas, de recibir nuevos estímulos y además con una historia potentísima y un director de gran talento”. A partir de hoy Pedro Alonso promete concentrarse en el pregón del Carnaval pontevedrés que leerá el próximo viernes en la plaza de A Verdura “que también me parece un trabajo a tomarse muy en serio”, comenta, “aunque luego parezca un ejercicio de espontaneidad”.
—¿Se ha pensado el pregón o va a improvisar la mayor parte?
—El mapa básico de lo que quiero tratar el viernes está más que esbozado, lo que pasa es que estos días que estoy rodando en Madrid lo he aparcado y lo he dejado dormir un poco pero todo lo que es el proceso previo de documentación y elucubración hasta llegar a una ruta que tenga cierto sentido y desde luego que pille el tono que requiere un pregón del Carnaval, está en marcha. Por lo demás esta semana me dedicaré a darle vueltas y lo repasaré constantemente: una cosa es que no lo lea, porque pienso que se pierde espontaneidad y la frescura del directo cuando estás delante de gente en un acto como este, pero básicamente diré lo que haya escrito.
—Ha pasado en Pontevedra buena parte de su primera infancia...
—Nací en Vigo con mi hermano mellizo, Pablo, pero inmediatamente nos fuimos a vivir a Pontevedra, donde viví hasta los 7 años, de modo que asocio Pontevedra (y ése será uno de los hilos argumentales del pregón) con eso que se llama la edad previa a la razón y de hecho cuando he estado intentado buceando en mis recuerdos me doy cuenta de que la mayoría son surrealistas, algunos absolutamente absurdos.
—¿Por ejemplo?
—No puedo adelantar mucho (risas) pero digamos que hay dos recuerdos fundamentales y uno de ellos es el que me va a decantar hacia un pregón que en vez de tirar del recurso de que los Carnavales son para dar caña creo que lo que voy a hacer es exponerme y voy a hacer de traca final algo que nunca he hecho en mi vida y que básicamente es un acto absolutamente frontal y descarado de afirmación romántica a una imagen de mi recuerdo pontevedrés.
—No me diga que se va a declarar
—Más que eso (risas), más que eso
—¿Promete escandalizar o por lo menos sorprender?
—Lo de escandalizar no, porque al final todo parte de la memoria de un niño pequeño, escandalizar no, pero sí de alguna forma utilizar la idea de que el Carnaval es un momento estupendo para airear nuestros pequeños pudores, nuestras vergüenzas, frustraciones y afanes de una forma desenfadada, lúdica y en la medida de lo posible saludable, es importante que uno desdramatice un poco y más en un momento como el que estamos viviendo. Desde luego no va a ser en absoluto un pregón ni sesudo ni formal. Ahora estaba viendo una foto, no voy a decir de dónde, de un acto que tiene que ver con los Carnavales y salían varias figuras de la política y la cultura gallega y les mirabas la cara y parecía que estaban en un entierro, pues no, no quiero ser nada protocolario ni redicho, por lo que voy a contar unas milongas que tienen que ver con lo que yo soy y con lo que yo recuerdo de un espacio que viví pero con la mirada del loro Ravachol, me voy a ravacholizar y a echarme de cabeza al océano del absurdo.
—Ha asociado Pontevedra al surrealismo, un concepto en el que también han buceado otros artistas ¿es Pontevedra una ciudad surrealista o es el mundo el que lo es?
—(Risas) Creo que es el mundo en general el que es surrealista y Galicia en particular es un lugar con una longitud de onda excéntrica, que oscila entre la convención más formal y la imaginación más desatada y más desaforada. No sé si es un lugar absurdo, pero en cualquier caso el absurdo a mi me parece un registro maravilloso para salirnos de vez en cuando de nosotros mismos y tomar un poco de distancia, creo que cada vez más en tomarse el trabajo muy en serio y a uno mismo nada en serio. ¿Por qué? Porque está bien no darnos tanta importancia, al final todos somos básicamente lo mismo, todos desnudos nos parecemos muchísimo y uno lo mejor que puede hacer de vez en cuando es intentar tomarse dos o tres meses con respecto a uno mismo y relativizar un poco la vida, que al final lo que nos mueve se rige por dos o tres principios básicos: necesitamos alimentarnos, en la medida de lo posible crecer y en caso de que la vida nos lo permita pasárnoslo un poco bien de vez en cuando con nosotros mismos y con lo que nos rodea, pero que ese recorrido nos permita, y eso intento, ser mucho menos rígidos con nosotros mismos de lo que muchas veces nos hace falta en realidad.
—No falta quien piense que toda la vida es Carnaval, que siempre vamos por el mundo disfrazados, pero ¿cómo vive todo eso un profesional de la interpretación? ¿qué es lo mejor y lo peor de, por ejemplo, ser el padre Casares?
—A veces me he preguntado por todo eso, por el sentido que tiene mi profesión y a veces me lo sigo preguntando. Desde luego aprender a vista de todos, el proceso de equivocarte sistemáticamente durante años, el tener muy claro de qué va tu trabajo, tiene momentos de cierta delicadeza, de cierta angustia y duda, pero después de 16 o 17 años de dedicarme profesionalmente a esto estoy empezando a disfrutar mucho, cada vez me gusta más mi trabajo. Y es verdad que tienes que hacerte con ciertas herramientas para jugar y al final lo que me ofrece el hecho de ser actor es un ejercicio constante de concentración y de intentar ponerme en la piel y en los ojos de otras miradas exactamente como la mía para comprender como soy y como es el mundo. A mi mi profesión lo que me permite a día de hoy es divertirme mucho mientras intento crecer cada día e intento superarme cada día, para mi es un sistema de juego para al final valorar el hecho de levantarse cada mañana y tener la opción de seguir viviendo.
—Al hilo de los absurdos ¿cómo se lleva con la fama?
—¿La fama? Más que fama en mi caso yo diría popularidad, que es algo que va ligado en determinadas fases al trabajo, sobre todo al televisivo porque la repercusión de la tele, el entrar en el salón o en el comedor o en la cocina de la gente es algo que a día de hoy mueve mucho pero mueve algo que en realidad es muy voluble, creo que la memoria de esa popularidad es ligera y se pasa muy rápido. Lo que sí es verdad es que si esas rachas o esos ciclos en donde hay un cierto punto en el que te reconocen porque estas haciendo un trabajo que intentas hacerlo lo mejor posible lo que es devuelto es como en el caso mismo toneladas de afecto por parte de mucha gente que dice que durante un rato a la semana se olvidan un poco del mundo, pues bienvenida sea. Pero no le doy mucha importancia tampoco, procuro dejarla en su justa medida. Es como estar en un decorado, no puedes mirar a cámara ni a la gente que está al otro lado, tienes que estar concentrado en lo que estás haciendo para que tenga sentido. Es decir, procuro estar en lo que estoy y si alguien entra en mi decorado y me trata con respeto, con cariño y se interesa por mi yo por supuesto que le atiendo, pero si está al otro lado de la cámara yo procuro concentrarme en lo que en ese momento tengo entre manos, por eso procuro que la popularidad esté en mi caso colocada en la distancia que le corresponde y que merece.