B.M. - PONTEVEDRA
Aunque para la canción 20 años no son nada, treinta años en la vida de un concello, y además en democracia, es tiempo más que suficiente para que sus gobernantes digan que "pasamos de ser políticos de bache y farola a encargarnos de todo. Pasamos al extremo contrario, ahora ya nada nos es ajeno y afrontamos políticas ambientales, de empleo, de inserción social, etc". Es la constatación que hace Carlos Fernández Castro, presidente de la Fegamp y munícipe desde hace tres décadas.
Con unos ciudadanos cada vez más exigentes, los concellos afrontan dos grandes retos: la amenaza que para la autonomía local suponen las competencias y aspiraciones de otras administraciones y el déficit de financiación que merma la cobertura y calidad de los servicios que presta cuando no, directamente, los aboca a su desaparición.
Unas jornadas sobre municipalismo que organiza el PSdeG-PSOE permitirá, entre ayer y hoy, hacer una evaluación de la aportación de los gobiernos locales a la democracia. Una evaluación que se salda de manera diferente en función del color político de los gobernantes, pues tal como recalca el presidente de la Fegamp "sí hay diferencias" y están definidas "por cómo y en qué se gasta el dinero".
Para Fernández Castro, los concellos son una auténtica "escuela de democracia". No en vano, enumera, la proximidad del ciudadano a esta administración le permite ser partícipe directo y observador de primera línea de las actuaciones de sus gobernantes, a los que tratan de tú a tú, aplaude y corrige. "Es la esencia de la democracia: participación directa, conexión permanente".