REDACCIÓN - CAMBADOS
El nombre de las operaciones policiales suele darse a conocer antes incluso de que se produzca el primer detenido, por lo que extrañó que hasta ayer la Guardia Civil se guardase la denominación referida a la detención de José Lafuente y que pasará a los anales de la comandancia como Sisana.
Tres años de investigaciones y cuatro días de registros y declaraciones judiciales guardaron el nombre de una de las operaciones más importantes del año contra el blanqueo de capitales que implicó a José Lafuente, su mujer, un primo y un músico profesional.
Ayer se reveló el secreto con la entrega del "acta bautismal" con ocasión de la exhibición en la Comandancia de la Guardia Civil de Pontevedra de los efectos intervenidos en la ya conocida como "Operación Sisana".
De momento no se desveló el origen de un nombre que tiene cierto uso en América del Sur como nombre propio de mujer, pero sin otro tipo de acepciones conocidas en la lengua de la piel de toro.
"Sisana" pasa ahora a formar parte del archivo de grandes operaciones contra el narcotráfico, el blanqueo de capitales y el crimen organizado, en igual rango que otras como la Nécora o la Miñoca, con fama que ha traspasado fronteras.
De la operación que concluyó esta semana se conocía sólo el nombre del clan, el de los "Madeireiros", debido a que una parte de la familia del cabecilla está muy ligado al sector forestal, si bien se desvincula de forma rotunda de las actividades ilícitas en las que pueda habe participado la otra rama, las ovejas negras de la familia.
Con apelativo o sin él, lo cierto es que el matrimonio Lafuente, el primo de aquél y el músico profesional ya han pasado su segunda noche en la prisión de A Lama, lo que demuestra que no han sido capaces de demostrar que los 20 millones de euros que aparecen en sus cuentas de España, Bahamas, Argentina y Colombia, poco tienen que ver con la herencia del padre del cabecilla del clan.
José Lafuente también alegó su condición de toxicómano para justificar la presencia de cocaína en su mansión de Ribadumia, pero poco pudo decir de las armas que se le intervinieron en un zulo que escondía debajo de la mesa de billar.
Las explicaciones de su mujer Carmen Torres también fueron poco convincentes para el juez Carballal.