S. R. - PONTEVEDRA
A principios de esta década Xesús Alonso Montero, un gran especialista en la obra de Federico García Lorca, pronunció una conferencia en Pontevedra sobre el poeta granadino. Recordó que Lorca “morreu coma un cobarde, suplicando, porque os inocentes morren así”. Y es que casi ni los héroes pueden mirar fijamente al dolor, pero aquellos que dejan la vida por una causa justa, por mucho que hayan huído de ese destino, a nuestros ojos se vuelven eternos.
Es lo que sucede con los protagonistas de los 120 textos recopilados durante años de trabajo y pesquisas por Alonso Montero, que reúne así el primer corpus epistolar de este género. Los autores de las cartas son 57 republicanos de todas las edades, la mayor parte de los cuales (a excepción de reconocidos líderes como Víctor Casas o Alexandre Bóveda) hacen gala de una dolorosa inocencia; la mayoría muere sin saber muy bien por qué ha sido condenado.
El autor de la obra llama la atención sobre este hecho: “Eles, que nada fixeran a partir do 20 de xullo de 1936 ou que se limitaran a defender incruentamente o goberno legal non comprenden por qué os condenan. Ignoraban, na súa boa fe, que os alados acababan de imponer una legalidade encamiñada a considerar delicto, ademais de certas acción, o pensamento… Só así podemos entender o asombro ou desconcerto dos autores dalgunhas das presentes cartas”.
Un ejemplo paradigmático es la del albañil socialista Manuel Estévez, un hombre poco instruido que no obstante se explica con talento y sinceridad en la conmovedora carta que escribe para sus seis hijos pequeños. En una secuencia dedicada a su primogénita, Emilia, relata: “Pues te diré que me matan por ser bueno, por querer que vosotros no pasedes hambre, no andedes descalzos, en una palabra por defender un gobierno que está constituido”.
Manuel Estévez es el involuntario protagonista de otro hecho singular: el pintor gallego Benito Prieto Coussent retrata a este pobre hombre poco antes de su muerte, un dibujo que se convierte “no único capitalciño que lles deixaba á súa muller e ós seus fillos, os que deixa na miseria”, indica Alonso Montero.
En pago por este retrato, el albañil le escribe: Bendito seas pintor/ que tal retrato has pintado/ en los últimos momentos/ que a muerte me han condenado/ Tan bueno es tu corazón/ y es tanta su bondad/ no permitió me mataran/ sin tal obra terminar.
El pontevedrés Víctor Casas comparte pocas cosas con el obrero Estévez. Para empezar se había destacado por su gran actividad política y cultural y era autor de una importante obra periodística, pero la condena a muerte le resulta igual de asombrosa.
En la carta que escribe a sus hermanos aporta un dato que horroriza al lector: “En el Consejo pudimos comprobar como todo venía ordenado así y el Fiscal lo manifestó claramente diciendo, entre otras cosas, que no se podía tener en cuenta los cargos, que bastaba saber quienes éramos para matarnos”.
Muchas de las cartas expresan este mismo desconcierto. “Tamén nalgunhas se fala de venganza, se ben hai despedidas nas que só piden xustiza; algúns perdoan, perdoan a todos, pese a seren conscientes de que os matan por cumpriren co seu deber de defensores da legalidade republicana”, recuerda el autor.
Éste constata que, sobre todo, abundan las misivas “no políticas” ya que la mayoría sólo busca despedirse de su familia y no oculta su temor por el futuro de los huérfanos que dejan en muy precaria situación económica.
Por el contrario, las cartas más acusatorias en las que se denuncia tanto la injusticia como la perversidad de las nuevas autoridades y de sus ideas, llegaron a las familias o a las organizaciones políticas por vías clandestinas.
Otro hecho que sorprende es la poca homogeneidad entre las víctimas: son distintas sus circunstancias familiares, su cultura, las responsabilidades políticas y las ideologías; de hecho los rebeldes se ensañaron con el partido más moderado de los que componían el Frente Popular.
El alférez Jacobo Zbarsky había nacido en Rusia en 1914 y murió en Pontevedra el 10 de agosto de 1936. Como la mayoría de los solteros, le duele especialmente el disgusto que dará a sus padres.
“Querida madre”, escribe, “perdóname este último gran disgusto que te doy. Dentro de tres horas moriré, tú bien sabes cuanto te quiero, sin embargo no he querido ver a ninguno de vosotros por última vez, porque si así lo hiciera no tendría el valor de afrontar mi suerte”.
Una semana después de la muerte de Zbarsky el impulsor del Estatuto y secretario de organización del Partido Galeguista, Alexandre Bóveda, es conducido a A Caeira para ser fusilado.
Redacta su despedida (una de las pocas escritas en gallego) en la madrugada del 17 de agosto, apenas unas horas antes de su muerte: “Choliñas, miña Peque, Vidiña: Quixen escribirse moito. Mais xa sabes canto puidera decirche. Perdoame todo, que os peques me lembren sempre... Eu, Almiña, estarei sempre en vós, como che prometín. Faltan uns minutos e teño valor, por vós, pola Terra, por todos. Vou tranquío. Adeus, Vidiña. Vive pra os peques e os vellos; abrázaos, confórtaos. Sé Ti, miña Pequeniña ademirable, a máis valente de todos. Alá sentirei ledicia e satisfacción de Ti e de todos. Lembrareivos sempre, velarei sempre por vós. Adeus. Contigo, cos peques, cos vellos todos, estará sempre unha lembranza, na máis grande, na máis fonda, na máis infida das apertas, o voso Xandro”.
El abogado católico, masón y diputado en Cortes José Miñones Bernárdez (Pepe Miñones) escribe dos meses después: “Esta fotografía de mis hijitos me acompañó en mis momentos de amargura. Sobre ella he llorado. La besé mil veces, conservadla. Me quedo con otra igual, de tamaño más chico, y con la de Maruxiña, que me acompañarán en la muerte...”
“Perdónalos Dios”
Pepe Miñones (autor de otra conmovedora carta en la que pide perdón a sus suegros “si mi carácter, mis nervios y mi estado de ánimo os hizo algún mal”) es uno de los autores que en sus últimos momentos pide a Dios que “perdone a los que han hecho tanto mal”.
También el maestro socialista Antonio Mojón (A Cañiza 1915-Vigo 1936) pide para sus verdugos la piedad que a él le negaron: “Madre mía, ya el pulso me falla, ya las lágrimas me vendan los ojos y el dolor me trastorna el cerebro, y aquí quiero dar fin a esta carta, la última que he de escribirte, la última de mi vida...Adiós para siempre mamaíña. Perdona a los que me han causado mi muerte, lo mismo que yo he hecho”.
Este maestro envió una significativa carta a su confesor, sabedor de hasta qué punto la Iglesia fue cómplice de estas muertes. Son sólo dos líneas: “Confiésense ustedes. Examinen su conciencia”.
También es breve la carta que envía en capilla José Adrio Barreiro a Rafael Areses en noviembre de 1936, ya en capilla: “Gracias amigo mío y un abrazo con toda el alma”.
Los 57 expresan su gran amor por los suyos, por su patria y por la libertad.
Tal vez las últimas palabras escritas de Ramón Fernández Rico, teniente de alcalde de A Estrada, a sus amigos y correligionarios, resuman en parte el sentimiento de las 120 cartas: “El último pensamiento será para vosotros; muestra que seremos firmes y enteros ante el piquete, gritaremos con toda la fuerza de nuestros pulmones ¡Viva la República! ¡Viva la Libertad! Viva la Democracia y abajo los tiranos... Para que jamás la historia del mundo tenga que soportar tan horrendos crímenes”.