M. R. - PONTEVEDRA
Si algo no ha cambiado desde la Edad Media es el papel central de la buena comida en toda celebración que se precie. Los centenares de mesas que abarrotaban ayer el centro histórico pontevedrés ofrecieron a los participantes en la fiesta la posibilidad de degustar menús pensados para hacer viajar al paladar hasta cinco siglos atrás.
Para olvidarse durante las horas de almuerzo de que estamos en el siglo XXI, el primer paso es ambientar la mesa. Un buen menú medieval no puede servirse de otra manera que no sea en recipientes de barro y madera, y la organización se encargó de que ninguna "vajilla" desentonase en la recreación, aunque siempre hay excepciones que se deben corregir.En cuanto a la comida servida, las decenas de brasas encendidas desde la mañana por todo el casco viejo y el entorno de Las Palmeras ya apuntaban que los protagonistas serían los asados. Sobre el fuego,mucho churrasco, sardinas, algún que otro cerdo y hasta codornices para hacer de la carne el plato estrella de la Feira Franca.
Para acompañar a los platos fuertes no faltaron el pan y el vino en todas las mesas. Como se trataba de viajar a la Edad Media, nada de modernas barras. Panes de maíz y centeno, muchos con pasas y frutos secos, llenaban ayer los manteles y se ofrecían a los visitantes en el mercado medieval. A la hora del postre, la fiesta fue la ocasión perfecta para probar los dulces medievales. Desde la tradición local a los postres árabes, se ofrecieron decenas de recetas distintas para endulzar el día.
Año tras año, la gastronomía es la gran protagonista de la Feira Franca. Un viaje culinario a la Edad Media que, si en algo cumple con el rigor histórico, es en la copiosidad de los menús que disfrutan los participantes.