ALBA GARCÍA - PONTEVEDRA
El destierro a tierras argelinas ha marcado sus cortas vidas desde el inicio. Un pueblo entero confinado en campos de refugiados por un conflicto que ya se prolonga 23 años desde que, en 1976 tras la Marcha Verde, España dejara el territorio colonizado del Sáhara en manos de Mauritania y Marruecos. El Frente Polisario proclamó entonces la República Árabe Saharaui Democrática, iniciando así una guerra que tendría su punto y final en 1991, a la espera de un referendum que Marruecos sigue negándose a convocar.
En los campos, las condiciones rozan lo infrahumano. Sin agua corriente ni electricidad, cerca de 165.000 saharauis sufren las inclemencias del clima del desierto, con un invierno de temperaturas mínimas y un verano en el que alcanzar los 60º no es extraño. Además, existe la amenaza de los sirocos, esas temibles tormentas de arena que hacen más complicada la tarea de llevar una buena vida.
La Asociación Solidariedade Galega co Pobo Saharaui ofrece este verano, como todos desde hace años, la posibilidad a un grupo de niños de pasar el período estival entre familias gallegas que, voluntariamente, abren sus hogares para acoger a estos niños maltratados por la historia. De los aproximadamente 600 que vienen a Galicia, alrededor de 300 encuentran su destino en una familia pontevedresa.
Los pequeños que vienen son aquellos que en los campamentos destacan por su rendimiento académico y, gracias a la solidaridad de estas familias y al trabajo de la asociación, pasarán un verano diferente como premio. Una cultura, un idioma y un entorno nuevo, son sólo los algunos de elementos a los que tienen que adaptarse pero, a pesar de esto, todos los que pueden repiten año tras año antes de alcanzar los 12 años, el límite de edad para participar.
Emilio Portela es el delegado de la Asociación en Vigo y la suya una de las familias que abre sus puertas para acoger a los pequeños saharauis. Bauba y Mineto son las dos afortunadas. Para una es su segundo año, para la otra, el último. Emilio lleva diez años participando en la iniciativa, desde que vio como un vecino suyo acogía a uno de los pequeños. "A partir de ahí, me quedé completamente atrapado. La experiencia es fantástica", confiesa. "Lo malo es cuando marchan, todo son lloros".
Cada verano que participan en el programa lo más frecuente es que los pequeños acudan siempre a la misma casa que los acogió la primera vez. Es el caso de Elena, de Vigo, familia de destino del pequeño Bamba por cuarto año consecutivo. "La primera vez lloró mucho los primeros días, además era muy callado", afirma esta mujer. "Incluso se asustaba cuando encendías la luz, y para bañarlo, cuando veía la bañera con agua decía: agua no". Después de unos días superando las dificultades del idioma, Bamba se adaptó fácilmente a la vida aquí "aunque ahora tiene el corazón partido. Cuando está aquí, echa de menos a su familia, pero cuando está allá, quiere volver", afirma Elena. Además, en casa de esta familia el pequeño comparte techo y vivencias con otros cuatro niños españoles que Elena tiene en acogida.
"Nosotros empezamos porque nos enteramos de que en Cangas quedaban dos niños sin casa y decidimos colaborar un poquito". Así dio comienzo la relación de Cecilia y su familia, de Bueu, con la pequeña Lala, de 10 años, una relación que se prolonga ya desde hace cuatro. Cuando viaja a Pontevedra, Lala se mantiene en contacto con su familia por teléfono e incluso este verano pudo ver en Ourense a uno de sus hermanos. "La experiencia es genial", aunque coincide con las demás familias de acogida al afirmar que el proceso de adaptación es complicado ya que, uno de los principales problemas, es el idioma.
Sin embargo, el lenguaje no fue un problema para Sandra y Adrián, una joven pareja de A Lanzada que el año pasado acogió por primera vez al pequeño Sale. "Cuando vino ya sabía hablar, leer y escribir español, aunque los primeros días era un poco reacio", afirman. Por motivos personales, este año la joven pareja no pudo hacerse cargo de la estancia de Sale. Sin embargo, trabaron amistad con la familia de destino, "y pasa con nosotros los fines de semana", afirman.
A pesar de las diferencias, estas familias pontevedresas se muestran encantados con la iniciativa. Para Emilio ha sido algo "fantástico"; Elena y Cecilia, hablan de ella como algo "muy bueno", mientras que Sandra y Adrián afirman que es "inolvidable". En lo que todos coinciden es en sus ganas de repetir cada año.