01 de noviembre de 2017
01.11.2017

Darle calabazas a los malos espíritus

Talleres, un desfile y una gran fiesta en la Praza Maior reunieron a cientos de niños y mayores en el casco viejo de Ourense para celebrar ayer la festividad de Samaín

01.11.2017 | 04:55
Catrina, bruja y vampiresa posan con las calabazas talladas en el taller. // Iñaki Osorio

Hace siglos, los celtas decían adiós al verano celebrando el festival de Samaín, una noche en la que el mundo de vivos y muertos convergía en un mismo espacio, la Tierra. Vestían disfraces para ahuyentar a los malos espíritus y colocaban en sus ventanas nabos y calabazas tallados con caras espeluznantes. Más tarde, las costumbres cristianas del día de Todos los Santos se mezclaron con las paganas, y en Galicia algunas llegaron a perderse. En los últimos años ha habido un renacer del Samaín, como pudo constatarse ayer en el hervidero de las calles del casco viejo ourensano.

En la cultura celta, hoy daba comienzo el año nuevo. La festividad del Samaín marcaba el final del buen tiempo -significa literalmente "fin del verano"- y también simbolizaba el término de la estación de la cosecha y el principio del oscuro invierno. Para los antepasados era también una noche mágica en la que los mundos de vivos y muertos coincidían durante unas horas.

De ahí los disfraces, específicamente con temática terrorífica. Los celtas los empleaban para espantar a los espíritus, a quienes temían, y que durante esa noche se creía que vagaban a sus anchas por el mundo. Precisamente, para protegerse de ellos también se tallaban inicialmente nabos y luego calabazas con caras monstruosas a las que se le ponían velas en el interior. Unas costumbres que, aunque popularizadas por la tradición anglosajona, y principalmente en su vertiente americana, también se seguían en Galicia hasta no hace tanto, como descubrió el profesor de Cedeira Rafael López Loureiro.

En la última década, la celebración del Samaín se ha ido haciendo un hueco en el calendario de los ourensanos y en la tarde de ayer, cientos de pequeños llenaban las calles del casco viejos en diversos talleres relacionados con esta fiesta y organizados por la Concellería de Cultura.

Para el primero de ellos, el Concello tenía preparadas un total de 800 calabazas que los niños tuvieron la oportunidad de vaciar y darle la forma que ellos quisieran. Se celebró desde las 17.00 horas en la Praza Saco e Arce. Una vez que estuvieron listas, cada cual más espeluznante, todos se reunieron en una terrorífica comitiva.

Minutos después de las 19.00 horas, el centro histórico se quedó a oscuras con el apagado del alumbrado público, y permaneció apenas iluminado por las luces de las calabazas. Justo en ese momento, y acompañados por la música de un conjunto tradicional y por Crassh Stage, un conjunto portugués de percusión que emplea instrumentos reciclados, los participantes marcharon en un desfile, tomando como punto de partida la Praza da Imprenta y avanzando por las calles Colón y Padilla hasta la Praza de San Marcial, para continuar después por las calles Primavera, Hernán Cortés, Praza do Trigo, Praza das Damas hasta llegar a una abarrotada Praza Maior.

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