"No soy un héroe; fui a Grecia a hacerle la vida más fácil a los refugiados"

Brais Menéndez es un joven ourensano que colaboró casi 20 días en una "squat" próxima a Atenas, un centro ocupado por residentes que huyen de los diferentes lugares en guerra

18.08.2017 | 16:49
Brais Menéndez Fírvida, en Ourense, tras volver de su experiencia con los refugiados en Grecia. // Jesús Regal

La obligación moral de sentirse útil para quien necesita de su ayuda. Ese fue el gancho emocional que llevó al joven ourensano Brais Menéndez Fírvida, estudiante de cuarto de Ingeniería Industrial en la Universidad de Vigo, a viajar a Grecia para servir de apoyo a un grupo de residentes sirios, iraquíes y afganos en su mayoría, que pasan su día a día en la escuela abandonada de Jasmine School. Esta se trata de una "squat" autogestionada -un centro desocupado y que se destina como hogar para los refugiados- donde viven cerca de 200 personas y que está situada a 15 minutos de la plaza Sintagma, el centro de Atenas.

Brais decidió emprender la aventura de forma independiente -pagó todo por su cuenta- junto a tres chicas más: Yaiza, Sabela y Carmen. Todos ellos estuvieron en el lugar casi 20 días, del 8 al 27 de julio. Tras unas semanas de descanso para estructurarlo todo bien, muestra el gran acopio fotográfico que se llevó de Grecia y es ahí cuando uno entiende la razón de su iniciativa. También a través de sus palabras, que, al contrario de querer demostrar pena, transparentan una realidad de primera mano que, aunque nos quede lejos hablando de distancia física, está más cerca de lo que creemos. Una realidad enmarañada por los intereses económicos y políticos de unos cuantos que buscan aprovecharse de la situación de vulnerabilidad de millones de personas.

El día a día

"Daba clases de inglés y estaba allí para lo que hiciese falta: hablar con los niños, llevarlos al parque, jugar con ellos, etc.", explica el joven, quien se había dejado clara una premisa a sí mismo para no caer en la más absoluta decepción: "No iba allí a salvar el mundo, no soy un héroe, iba a hacerle la vida más fácil a los refugiados, la labor de los voluntarios era la de acompañamiento".

Hasta las 17.00 o 18.00 horas de la tarde de cada día, Brais ayudaba en la "squat" llevando a cabo las labores necesarias, después se iba con los yazidíes -iraquíes todos-, a quienes conoció a partir de dos chicas salmantinas que llevaban más tiempo ayudando a este colectivo que antes vivía en un campo de refugiados y que se vieron obligados a marcharse a un piso en el centro de Atenas por las amenazas que recibían. Con ellos, jugaba partidos de fútbol y salía a tomar algo. Admite que se enamoró de este grupo porque todos "eran impresionantes, sobre todo por la manera de pensar que tenían en una sociedad en la que pueden llegar a asquear todo lo que viene del exterior, ya que son perseguidos, sin embargo no guardan rencor".

Estos iraquíes, cuenta el universitario, "vivían en una habitación que era de grande como el salón de nuestra casa, con colchones muy finos y un calor asfixiante". En cuanto a los habitantes de la Jasmine School, estos "residían en antiguas aulas y los espacios se dividían simplemente mediante cortinas". Para más inri, llegaban a montar unas camas encima de otras para poder colocar un campin gas, por ejemplo. La norma general era solicitar pisos al gobierno para evitar estas situaciones.

El ourensano hablaba con todos los refugiados habitualmente en inglés, aunque había algunos que no entendían el idioma, y tenía que emplear señas, un traductor de internet o, simplemente, tener la suerte de contar al lado con una persona que manejase bien el inglés y el árabe.

Lo parecidos que somos todos

El alojamiento del joven se situaba en la plaza de Exarchia, encallada en el barrio anarquista de Grecia, a 20 minutos de Jasmine y lugar vetado a la policía. "Cuando nos bajamos del taxi que nos llevó al sitio por primera vez, el conductor nos dijo: 'Very dangerous, very dangerous' ('Muy peligroso, muy peligroso'), y nosotros ya íbamos con algo de miedo", admite Menéndez. Sin embargo, la impresión inicial del enclave fue diferente a lo que se esperaba: "Veías muchas incongruencias, todo el mundo se sacaba selfis, jugaban a los juegos que yo mismo tenía en el móvil, usaban Facebook y WhatsApp, etc., son gente como nosotros a los que les pilló una guerra y se tuvieron que ir de su país, y el móvil es lo primero que coges cuando pasa esto", explica mientras enseña una autofoto de su amigo Maher en la que sale con una camiseta de un equipo de fútbol de Ourense. El lado negativo de todo esto, a pesar de que la comida, escasa, les era servida a través de asociaciones, es que muchos de los residentes "no tenían dinero y se prostituían para pagar los datos móviles y poder hablar con sus familiares".

En el plano emocional, el ourensano se dio cuenta de que los más pequeños del sitio "físicamente parecen mayores que cualquiera de nosotros, y mentalmente están a otro nivel", pues la gente del lugar hablaba de Rusia y de Estados Unidos en las conversaciones sobre los porqués de la guerra en sus países de origen. "Para los yazidíes, la religión no era nada y decían que solamente causaban conflictos y problemas; incluso los adolescentes con los que yo iba a tomar algo tenían la mente tan abierta que no entendían por qué una mujer no podía hacer lo que quisiese con su cuerpo", explica Brais, a pesar "del contexto de machismo y racismo que sí se vive entre algunos sectores".

Los días en Jasmine eran muy largos, ocurría de todo, cuenta Brais: "Un día en Grecia son 6 en España, porque pasaban cosas continuamente". "Yo soy un tío muy frío, pero hubo noches que no era capaz de dormir hasta las 4 de la mañana porque pensaba en toda la gente que estaba allí, que eran ya mis amigos: Maher, Hadi, Habib, Hatem, Ahmed, Samir, etc., ellos llevaban 3 años juntos, pero sabía que los iban a mandar a cada uno a una ciudad", admite resignado. Pero lo cierto es que "realmente ellos querían marcharse, para los refugiados, Grecia es un lugar de paso, ellos están sin papeles y sin trabajo, todos quieren irse a Alemania o a los países nórdicos, porque creen que allí van a tener de todo y van a formar una vida nueva. Lo afrontan con optimismo y se crean ilusiones falsas, pero ¿qué les vas a decir tú desde tu posición?", afirma.

"Había refugiados que no te contaban nada porque su historia era triste y no querían recordarla, pero por lo que pude saber, allí todo se mueve por dinero y por mafias". Lo más triste para él era ver a niños que desde hace 3 años no iban al colegio o al instituto. "La alternativa eran las escuelas donde los propios voluntarios hacían de profesores de inglés, griego, etc.". "Muchos no iban porque para ellos el tiempo estaba parado y creían que lo iban a recuperan en Alemania, pero yo siempre les decía que el tiempo no se para nadie y que iban a plantarse en otra región sin saber alemán y con un nivel 0 de estudios; su futuro no es muy bonito, ojalá tengan suerte, pero ¿quién es capaz de criticar eso?", comenta Brais.

Historias de primera mano

El caso de Kassem, un dibujante que sufría estrés postraumático desde que lo separaran de su familia, fue uno de los que más grabó en su mente el joven: "Había un hombre que hablaba árabe superalterado y que nos enseñaba en su móvil una foto de su mujer y de su hija en Alemania; ellas se habían ido cuando reunieron el dinero suficiente y estaban las fronteras abiertas, pero cuando consiguió Kassem el dinero para marcharse, las fronteras estaban cerradas y se quedó en Grecia". Después de conseguir ganarse su confianza, supo que "el hombre dibujaba para cómics en Siria, y Carmen -una de las compañeras de piso del ourensano que también pintaba-, se comunicó con él a través del arte: ambos recreaban sus pensamientos; ella le dio la vida a ese señor, lo revivió", explica el voluntario mientras enseña en su teléfono el rostro del protagonista y sus obras.

El joven ourensano piensa volver cuanto antes a la "squat" para reencontrarse con los que son ya sus colegas, pues ve difícil verlos por nuestro país: "Los españoles les caíamos genial y España les gustaba a todos, pero sabían que aquí no hay trabajo. Solo conocí a dos refugiados que se venían a Madrid porque querían hacer algo diferente". Además, en Jasmine School eran todos españoles: "El 95% del voluntariado en Grecia es español", sentencia Brais. Por el momento, sigue en contacto con los chicos del lugar a través de WhatsApp. En el centro de acogida claman ahora ayuda económica para poder mantener a los refugiados, que viven en la actualidad en una situación precaria por la falta de alimentos básicos para sobrevivir en su día a día.

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