Juan Tallón: "El bar es la casa a la que siempre puedes marcharte; los bares son nuestras biografías"

"La ventaja de la infelicidad es que con el tiempo se convierte en literatura" - "Escribo para una pared; el lector no existe"

19.06.2016 | 04:56
Juan Tallón apuraba ayer el vermú en el bar Cortés de la calle Lepanto, con la Catedral de Ourense al fondo. El dueño de la taberna, en el espejo. // Brais Lorenzo

El universo de Juan Tallón (Vilardevós, Ourense, 1975) cabe en un artículo que puede comenzar con una visita a tientas al baño y desembocar en cómo trataba Borges el sexo. O recrearse en las vistas al tendedero de la vecina, "que quizás determinasen más mi estilo que la lectura y la digestión de Faulkner". Un borbollón de libros y citas, anécdotas, escenas fascinantes de películas, sentencias personales y alusiones al alcohol, sobre todo literarias, adereza los artículos de "Mientras haya bares" (Círculo de Tiza), una recopilación de textos publicados en medios como El Progreso, Jot Down o su blog descartemoselrevolver.com. ¿Sus razones? "Escribo para no hacer cosas aún peores", despeja en la cubierta. Tallón, que también colabora con El País y la Cadena Ser y es autor de las novelas "Fin de Poema" (2013) y "El váter de Onetti" (2014), así como de los ensayos "Manual de Fútbol" y "Libros Peligrosos" (2014), se sienta en la terraza del Trampitán de Ourense y pide un vermú.

- "Mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza", sentencias. Parece más que suficiente para que los bares merezcan el título de un libro.

- Es la casa a la que siempre puedes marcharte y una parte de la biografía de casi todo el mundo. A partir de los bares pisados a lo largo de la vida se puede reconstruir una parte de la historia de cada uno. Nuestros bares son nuestras biografías.

- En España somos potencia: 280.000 locales hosteleros; el país con más bares por habitante de la Unión Europea, uno por cada 170.

-Tenemos una cultura de bar que casi ningún país tiene. Podemos pensar en Irlanda, con el concepto del pub, pero en ningún otro lugar se vive de una manera tan natural esa convivencia entre el bar y el hogar; sales de casa pero te vas al bar, pasas de una casa a la otra. Es absolutamente español.

- Relatas en uno de los artículos del libro cómo James Joyce, César Aira, Hemingway o el poeta José Hierro creaban en los locales. ¿Eres también de los que buscan inspiración entre el ruido de la mesa de al lado, la cafetera y la barra?

- Puedo tomar alguna nota, pero nunca he escrito en los bares con demasiado fortuna. Necesito más intimidad, a pesar de que el bar es perfectamente solitario aunque esté lleno de gente. Puedes estar solo, si quieres, en la mitad de un huracán. Yo escribo en casa o en las bibliotecas. En casa, preferentemente, porque puedo estar descalzo o en zapatillas.

- Escribes "para no hacer cosas aún peores". Y en tus textos lo que más florecen son las citas y las historias sobre literatura y autores.

- Siempre me interesaron los procesos creativos de la literatura, la obra y la vida de los escritores, porque al fin y al cabo son con quien más convivo, más incluso que con los camareros. Como resultado de esa convivencia extraigo un material narrativo que me sirve para escribir mis propias historias. Tienen mucha presencia porque creo que sirven para contar las cosas que yo, por mí mismo, no soy capaz de contar. Las vidas de esos otros escritores son útiles para expresar lo que quiero evocar.

- Temas menos ligados a la actualidad, con exponentes del nuevo columnismo como tú, Jabois, Manuel de Lorenzo, Antonio Lucas o algún otro, ¿han llegado para quedarse en la opinión de diario?

- Cada vez estamos más atosigados por la información. Tenemos muchos datos pero nos falta algo más. Toda esa lluvia constante de actualidad acaba provocando cierto hastío y uno procura un paraguas para aislarse de la tormenta. Algunos columnistas, o mejor dicho algunos columnistas algunos días, tratan temas que escapan de la actualidad pero que forman parte de la realidad. La actualidad caduca cada minuto y muere una vez que toca el suelo; la realidad es mucho más duradera.

- Has sentenciado en alguna entrevista que el lector para ti está muerto. ¿Para quién escribes?

- El lector no existe. Para mí el lector no está inventado en absoluto. Yo escribo para una pared, para mí mismo. Eso me ayuda a evitar lo que en literatura a veces es común: fingir. Creo que el texto será más honesto cuando piensas en el texto en sí y no en un texto para alguien. Después no hay un perfil de lector, hay muchos lectores distintos entre sí. El lector está muerto antes de publicar y después aparece.

- Como lector ávido que eres [en su anterior obra, Libros Peligrosos, hiló en un continuo las claves de 100 libros que lo marcaron], ¿qué es más importante: leer, subrayar, anotar...?

- Asimilar. Hay lecturas que te perturban y van directas a tu libreta para tenerlas siempre a mano. Yo siempre leo con bolígrafo y libreta. Cuando un libro me perturba o me provoca cierta relajación me gusta dejar constancia por escrito.

- Amante de la intertextualidad, ¿te gusta ver tus frases en textos ajenos?

- Todos robamos pero no todos consiguen ser robados. Es una buena señal que alguien subraye y copie un texto o una frase tuyos; no sé si se puede aspirar a mucho más.

- En varias de las columnas aparece casi como un personaje La Redacción, a veces como lugar desapacible. ¿Esa época de periodismo entre cuatro paredes qué supuso?

- Esa época es un fuego que nunca se apaga. Si bien en el momento me produjo una gran infelicidad, con el tiempo se está transformando en un instante gozoso que no termina. Me proveyó de un interesante material narrativo. Esa es la ventaja de la infelicidad, que con el tiempo se convierte en literatura. La felicidad es más efímera y breve, y no siempre eres consciente de que la experimentas, pero sí cuando estás delante de un momento infeliz.

- Por lo que leo, si en algún artículo se alude a las pajas, se dice.

- Lo políticamente correcto es la gran amenaza del columnismo. Si hay que hablar de pajas, se habla. Es un material narrativo como otro. El humor es una atmósfera, no es una opción, es un elemento más del oxígeno con el que trabajo, algo que inevitablemente se filtra. No hay que abusar de él, pero tampoco aguantar la respiración. Para que sea efectivo no puede ser una constante, sino muy puntual, que entere sin avisar para iluminar una habitación como un mechero encendido.

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