Dos acusados del rapto de un menor portugués niegan maltrato y que lo tuvieran encerrado

"No cabe en cabeza humana hablar de secuestro cuando lo llevaron al peluquero, al bar y le compraron ropa", resalta la defensa - La víctima dice que se confió porque buscaba trabajo

15.05.2013 | 10:13
Paulo Rafael Da Silva, a la izquierda, y Francisco Javier González, a su lado, ayer, en el banquillo. // I. Osorio
Paulo Rafael Da Silva, a la izquierda, y Francisco Javier González, a su lado, ayer, en el banquillo. // I. Osorio

El supuesto rapto, de Oporto a Galicia, de un menor portugués en abril de 2010, un caso que la Policía lusa retrató como tráfico de esclavos, se juzgó ayer en Ourense como supuesto delito de detención ilegal. La fiscal reclama penas de tres a cuatro años y medio de cárcel y propone como alternativa, si la juez no ve pruebas, el delito de coacciones. Sostiene que el joven fue intimidado para que obedeciera y trabajara en lo que le ordenaran. El proceso iniciado con la detención de seis personas sentó finalmente en el banquillo a dos acusados, el compatriota Paulo Rafael Da Silva Freitas, preso por asesinato en una prisión lusa y Francisco Javier González Pereira. Los dos viajaron a Oporto y tras encontrarse al chico en la estación ferroviaria regresaron con él.

La vista que resolverá el caso pasó por alto los indicios barajados en la investigación, como que el menor, que desaparición cuando acudía a un centro de formación profesional, fue supuestamente captado mediante una cita afectiva por la red. Tampoco profundizó en las condiciones denigrantes de suciedad, inmundicia y cohabitación con animales en una cuadra de la vivienda unifamiliar del número 21 de Santa Mariña do Monte, una localidad de la periferia de la ciudad muy próxima al cuartel de la Guardia Civil. Tampoco ha abordado el juicio el supuesto plan sospechado por la Policía de que los implicados estudiaban vender al menor por 3.000 euros para trabajos forzados.

La Fiscalía acusa a los dos hombres de encerrar a la víctima -que justo el día antes del juicio cumplió la mayoría de edad- en un cobertizo durante una noche. La esposa de Paulo Rafael, detenida junto a él en un primer momento, dijo ayer como testigo que ocupaba aquel habitáculo porque el resto de habitaciones estaban ocupadas por los tres hijos del acusado. "Él no se quería marchar", completó.

Cuando la Policía irrumpió en la casa y lo rescató el joven, según uno de los agentes, corrió a abrazar a uno de ellos atemorizado y se echó a llorar. El ministerio público sí concede que el chico vino de Portugal con los acusados por voluntad propia para trabajar en tareas domésticas y de labranza.

Los hombres negaron en el juicio haberlo recluido, defienden que se le propuso un trabajo, con comida, sueldo y alojamiento en casa de Paulo -"en una habitación como la mía, dijo- porque "estaba en la calle" y sostienen que se comunicó con los vecinos de la aldea, que podía entrar y salir libremente y que comía junto a sus inquilinos a la mesa. "No cabe en cabeza humana hablar de secuestro cuando lo llevaron al peluquero, al bar y le compraron ropa", subrayó la defensa. "Él quería trabajar y tener un techo; nunca se quejó", manifestó en su interrogatorio Francisco Javier.

El letrado denuncia además que permanece abierta otra causa en Portugal, donde se formuló la denuncia. "Paulo sigue recibiendo notificaciones en prisión por este asunto", retrató. La fiscal, y también la juez, afirman que el proceso portugués fue archivado y refundido en la instrucción llevada a cabo en Ourense. La defensa también aludió a otra vertiente: "Era una menor que se dedicaba a la prostitución; llegó a declarar que se iba por dinero con hombres". El chico mencionó de soslayo, y por primera vez en la causa, que hubo una proposición sexual en el viaje de regreso de Portugal a Ourense.

El joven, miembro de una familia numerosa y humilde de San Joao de Vizela, en Guimaraes, declaró por videoconferencia. Asegura que le ofrecieron trabajo y por eso confió. "Nunca pensé que me habían engañado", testificó. También reconoce que vino libremente con los hombres y podía entrar y salir cuando quisiera. No imaginaba haber sido secuestrado. "Era mi patrón (por Paulo) y por eso no hablé con nadie". Los acusados sostienen que, si estuviera retenido, habría aprovechado cualquier contacto con otras personas o cualquiera salida de la casa para pedir ayuda o para huir. La víctima niega que lo golpearan aunque relata que fue amenazado en una ocasión con un machete para que trabajara.

El chico telefoneó en dos ocasiones a su madre, que había presentado denuncia en Portugal, usando el terminal de Francisco Javier. Le dijo que estaba con un amigo y se iba a quedar con él. En la segunda comunicación le manifestó que estaba en Oporto ya que, según el menor, Paulo lo obligó a dar esa versión.

Además del supuesto rapto, Paulo Rafael Da Silva se enfrenta a una pena de año y medio de cárcel porque se encontró en la casa un revólver sin licencia y munición, además de otra arma oxidada e inutilizada. Él alega que las tenía como antigüedad, una porque se dedicaba a la chatarra, y sin usar la otra.

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