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Reflexiones a bordo del autobús

 14:52  
Bar flotante de Oira (Foto Pacheco).
Bar flotante de Oira (Foto Pacheco). 
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FEDERICO MARTINÓN SÁNCHEZ Para el artículo de esta semana, el autor recurre hoy a la memoria, de donde extraeré algunos apuntes que para los de mi edad serán remembranza y para los más jóvenes, curiosidad. Estamos en Ourense, sobre el año noventa y pocos, en pleno invierno, a las 7.30 de la mañana.

Uno, después de tomar el consabido café con leche, frío y sin azúcar -que en estas condiciones poco o nada le gusta, pero sirve para evitar aftas y elevaciones de la glucemia-, se dirige a la parada para subir una mañana más al autobús urbano que le llevará a su trabajo médico en la Residencia Sanitaria. Lo hace provisto del correspondiente billete, indispensable salvoconducto que te libra de las iras de un potencial inspector mal encarado que de cuando en cuando te exige que lo muestres. ¡Ya podía a veces inspeccionar el autobús y su personal en lugar de a los viajeros! Uno, espera en solitario, con algo de tedio, encorvado por el frío y bajo la lluvia, a que llegue el vehículo público. Esa mañana lo hace con más tardanza de lo habitual, lo que le da tiempo a pensar sobre la necesidad de marquesinas en todas las paradas, algo que sin duda se resolverá el día en que los alcaldes y sus ediles utilicen este medio de transporte.

Uno, ya a bordo del bus y mientras busca asiento libre, sufre el tirón del arranque en seco y de golpe, que le precipita, de forma súbita y violenta, a un sitial libre. La verdad es que uno hubiese preferido ser lanzado al regazo de una atractiva usuaria, pero esto no suele ocurrir, al menos en mi caso, no sé si por mala suerte o, posiblemente, por buena suerte para evitar malas tentaciones. Tal forma de puesta en marcha era entonces la norma de determinados conductores -los menos, pues los más eran correctos profesionales-, por lo que se podía pensar que aquellos pocos tenían el propósito de lanzarte al suelo, lo que a veces conseguían y no precisamente con los más jóvenes y en mejor forma. Uno se instala sobre un asiento roído y húmedo, de forma bastante incómoda, si bien no acierta a saber si es por falta de asiento o exceso de culo. Por una parte, porque ya se sabe que eso de estar gordo o flaco depende de con quién te mires y cada cual busca los cómplices de su propio peso. Por otra parte, también estriba en quién se sienta al lado, pues no es lo mismo una señorita esbelta que una señora con culo de camilla. Uno, allí sentado, trata de aislarse de la música ratonera de fondo predilecta del piloto de arranques enérgicos, y se pone a meditar sobre el propio autobús y sus conductores, los encuentros, las compañías, las conversaciones y las anécdotas en el ómnibus público.

Uno lleva muchos años compartiendo el autobús con los compañeros de trabajo y los propios pacientes del hospital, en una alianza temporal y sin distingos, porque en el autobús se mezclan los buenos y humildes, con los intemperantes y endiosados, y los ineducados y groseros con los correctos y cumplidos. En principio, parece que deberían excluirse, pero no, conviven a la perfección en el vehículo urbano, que es para los usuarios un verdadero local social, que le permite entablar o ahondar amistades, ponerse al día sobre las noticias, discutir, emitir opiniones y críticas y al tiempo escuchar las interesantes apreciaciones e interpretaciones de los pacientes sobre sus dolencias, así como alabanzas y reproches sobre la asistencia que los sanitarios le damos. Aquí y antes de seguir, hago un inciso para reconocer el interés y la utilidad de lo escuchado, dado que en no pocos casos uno ya sabía con lo que se iba a encontrar esa mañana o lo que debía corregir sin falta.

Uno, mientras transcurre el corto viaje, reflexiona sobre cómo eran los autobuses en sus primeros años. Juzgados en su momento, comenzaron siendo aceptables. Sin embargo, al haber estirado su uso durante un tiempo excesivo, en un número elevado de casos han acabado en las condiciones del que ahora le transporta: verdaderas carracas, en los que la mierda y la mugre sobresalen, la humedad es intensa por la mañana debido al intento de lavado del día anterior, las tapicerías están rotas con hierros sobresaliendo a modo de armas hirientes, no tienen calefacción y las averías son frecuentes. Nada tienen que ver con los actuales, de los que pude disfrutar en los últimos años de mis subidas al hospital y ahora de cuando en cuando, y que son buenos y equiparables a los de cualquier ciudad desarrollada.

Uno, mientras el bus sigue su marcha, entre parada y parada, lleva su reflexión a los primeros autobuses que conoció a mediados de los cincuenta: pequeños, de aspecto compacto y pintados de rojo, a los que popularmente se llamaba "carritos", denominación que parece surgió de los carros manuales que utilizaban los maleteros de la estación del tren -a uno le hubiese gustado más que le llamasen "guaguas", por eso de que es hijo de un paisano canario-. Los "carritos" ourensanos coincidieron con el "desarrollismo" y la modernización del parque móvil español, pues los anteriores superaban los veinte años de circulación. Al recordarlos, me conmuevo, pues los utilizamos con asiduidad durante nuestra juventud, desde el año 1960, para desplazarnos a la llamada playa fluvial de Oira. Antes de ese año nos bañábamos en las orillas del Miño, en la orilla izquierda entre el "Puente viejo" y el "Puente nuevo", justo donde fluían gran parte de las aguas residuales de la ciudad, a través de una cuneta a cielo abierto por la que pululaban enormes ratas. La playa fluvial supuso acondicionar 50.000 metros cuadrados y construir un paseo, un mirador o los vestuarios, entre otras dotaciones, que supusieron una inversión de seis millones de pesetas de entonces. Según la propaganda oficial: "Se cumplía con ello no solo un fin deportivo, sino primordialmente, un fin social. Ourense, alejado de las playas naturales, posee una abundante población que solo de esta manera puede disfrutar verdaderamente de sus vacaciones veraniegas" (Alvarado Feijóo S. Orense. España en Paz. Madrid: Rivadeneyra; 1964). Cuando se inauguró la playa fluvial de Oira, también se construyó un bar flotante (barcaza de madera sobre unos bidones) en medio del río, al que se llegaba o bien por una pequeña pasarela o nadando. Los que sabíamos nadar pasábamos, una y otra vez, a las que "no sabían nadar", apoyadas en nuestros hombros varoniles, con gran, pero compensado esfuerzo. A la inauguración de las instalaciones fluviales acudió la mismísima Lola Flores, paralizada en mi memoria, caminando con garbo, sal y pimienta por la pasarela del bar flotante, en compañía de las primeras autoridades -una de ellas oscilante por los efluvios etílicos-. Ese mismo día por la tarde coincidí con ella en el cine Avenida, cariacontecido y emocionado, donde proyectaban una película de la que era intérprete. Después de este sonado acontecimiento, a las orillas del Miño y en su playa fluvial teníamos los ourensanos el mejor lugar de recreo donde los jóvenes de entonces "ligábamos" con las bellezas locales, de una manera general y si había suerte, con alguna en particular.

Sin embargo, nuestra playa sería efímera en el tiempo, pues como decía Eugenio Montes, en el prólogo del citado libro de Alvarado: "Orense tenía que nutrir de energía eléctrica industrias de toda España, y hasta más allá de España" y, entre otros muchos aprovechamientos hidroeléctricos, se construyó la presa de Velle, que abnegó la playa fluvial. La empresa responsable, en lógica compensación, donaría las primeras piscinas, esas que allí siguen y se inundan cada año, al igual que nuestras termas actuales a orillas del Miño, porque no se hacen las previsiones técnicas adecuadas. Una pena que nadie hace por remediar, y que las inutilizan temporalmente e imponen reparaciones muy costosas. Uno no olvida que cuando comenzó a acudir al trabajo en el bus, los pasajeros eran escasos, llegando a reducirse hasta el ridículo durante los meses de verano, en los que, en algunas ocasiones, fue el único usufructuario. Uno también ha de confesar que en mis regresos al mediodía, siguiendo mi habitual tendencia y pese a la suspensión avara del vehículo, me he quedado dormido más de una vez, hasta el punto de que, ocasionalmente, en vez de apearme en la parada de El Parque, llegaba hasta el Veintiuno o al límite del trayecto. Uno, en aquellos tiempos iniciales era, entre los compañeros del viaje en bus, de los más jóvenes y acabó siendo el más viejo, lo que no significa, a Dios gracias, que se sienta muy quebrantado, aunque sí con algún desconche o raspadura. Lo trágico es que algunos ya ni están porque se han muerto.

Viajar por el mundo es un privilegio que libra de la deformación de proximidad, de torcidos cubileteos locales y de grandiosidades aldeanas. Pero no siempre es posible viaje de evasión y, aunque comparto que el viaje en autobús urbano es de vuelo gallináceo, después de hacerlo tantas veces, tengo bastante que contarles y así lo haré. Les avanzo, pues, que es mi propósito hablarles en algunos de estos artículos de lo vivido y oído en el bus urbano de la Residencia, así como de los que lo utilizaban, entre los que están bastantes médicos: alguno que otro jubilado, otros ejercientes actuales y nuevas promesas; y por supuesto muchos pacientes, a alguno de los cuales ha habido que asistir durante el corto trayecto debido a algún que otro vahído cuya causa bien podría ser su achaque, el dichoso ayuno antes del análisis o el miedo al médico que le espera. Pero aún más, el autobús es una atalaya impertinente desde la que se observa a los transeúntes, desde la muchacha de paso airado al viejo de paso arrastrado, pero muchos repitiéndose cada día y por lo tanto pudiendo darnos cuenta hasta de su cambio de ropa y estado de ánimo. Sin embargo, que ninguno de ello se asuste, porque nada malo o doloroso voy a exponerles; lo desagradable, incluido lo mío, es patrimonio de cada cual y su conciencia. Además, créanme, ni se gestó ni se consumó ningún crimen en el autobús de la Residencia. Si así fuera, la identificación del ADN iba a ser más difícil que en la cama de un prostíbulo, si se considera que somos muchos los que recurrimos a tan útil medio de transporte.

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