J.FRAIZ - OURENSE
Nada mejor que la muerte para invertir a fondo perdido. El mercado funerario compartimenta las voluntades finales de los difuntos. Desde el último viaje más sobrio que, ni en catálogo low cost cae por debajo de los 2.200 euros, hasta quien se enfrenta al tránsito ineluctable aferrado a la efímera conservación de sus alhajas.
Los fastos son el reflejo de las opciones que el sector fúnebre ofrece a los difuntos de buen pecunio. Funergal, siguiendo esta lógica, da cabida también a las pequeñas excentricidades post mortem, como ataúdes revestidos de piel o terciopelo, y féretros climatizados con incrustaciones de cristal.
La distinción alcanza, además, al mercado de la moda y el automóvil, siempre complacientes con un cliente acaudalado. El difunto, en lugar de mortajas, puede vestirse por los pies con la firma de Antonio MIró o hacer el camino al camposanto en un Maserati de 300.000 euros.
La muerte agasaja, igualmente, a la tierra a la que da de comer. Los sedicentes "ecofunerales" ganan adeptos con ataúdes en bambú o urnas que se van al limbo en contacto con el agua.